Hugo Chumbita | Patria y RevoluciĆ³n: La Corriente Nacionalista de Izquierda





La corriente nacionalista de izquierda en la que nos centraremos aquĆ­, denominada tambiĆ©n izquierda nacional o marxismo nacional, surgiĆ³ en la Argentina a mediados del siglo XX. Sus fundadores replantearon la interpretaciĆ³n de la historia y la cultura nacional con una perspectiva revolucionaria, americanista y socialista, cuestionando la visiĆ³n liberal eurocĆ©ntrica predominante y su influencia en la izquierda tradicional. La inevitable dificultad que se presenta al circunscribir el corpus de estas ideas al Ć”mbito de nuestro paĆ­s, es que los orĆ­genes y las proyecciones de las mismas atraviesan el conjunto de la regiĆ³n, en tanto postulan un nacionalismo de dimensiĆ³n sudamericana [1].

Sus propuestas militantes -reflexiĆ³n para la acciĆ³n, ā€œpara transformar el mundoā€- reflejaron en general el espĆ­ritu revolucionario del siglo pasado, y en particular los cambios sociales que introdujeron en nuestras latitudes el peronismo y otros movimientos cercanos. Pese a su recepciĆ³n marginal en medios acadĆ©micos, en la dĆ©cada de 1960 alcanzaron predicaĀ­mento en sectores intelectuales y populares de la Argentina y continuaron incidiendo en los debates teĆ³ricos y polĆ­ticos posteriores.

Si bien puede considerarse que esta vertiente del nacionalismo de izquierda se inserta en el cauce mĆ”s amplio de una corriente nacional y popular, en nuestro trabajo la delimitamos ciƱƩndonos a los autores que se reconocĆ­an como marxistas, en el perĆ­odo -anterior a 1989- en que la gravitaciĆ³n del mito de la RevoluciĆ³n Rusa y la confrontaciĆ³n de posiciones acerca del ā€œsocialismo realā€ acentuaban el carĆ”cter definitorio de tal adscripciĆ³n.

Se trata entonces de la confluencia de dos tradiciones ideolĆ³gicas diferentes, el nacionalismo y el marxismo, que segĆŗn los patrones de la cultura polĆ­tica occidental resultaban antitĆ©ticos. Nuestra aproximaciĆ³n al asunto requiere precisar tales conceptos y esbozar al menos la trama de antecedentes histĆ³ricos en la que se inscribe esta lĆ­nea de pensamiento, antes de referirnos a sus exponentes y sus tesis principales.  

El nacionalismo

En general, nacionalismo es la doctrina de la autonomĆ­a de una colectividad que reivindica sus derechos, su integridad y sus valores culturales; que puede traducirse en proyectos y polĆ­ticas, y que por lo comĆŗn se manifiesta entrelazada con otros sistemas ideolĆ³gicos: precisamente, nos interesa tomar en cuenta esas asociaciones del nacionalismo con otras tendencias en el devenir de las luchas polĆ­ticas argentinas [2].     

La emancipaciĆ³n de las colonias hispanoamericanas estuvo signada por el liberalismo y un embrionario nacionalismo, en aquel momento histĆ³rico en el que ambas concepciones se entrelazaban. Los patriotas jacobinos y los grandes conductores militares de la revoluciĆ³n apelaron a una identidad criolla e indiana, intentaron liberar y elevar a las masas populares -las castas- y proyectaron construir una naciĆ³n en el continente sudamericano [3].

El federalismo de los caudillos que movilizaron a las masas rurales en el Ć”mbito del antiguo Virreynato del Plata fue la subsiguiente expresiĆ³n de un nacionalismo americanista, que tendrĆ­a sus expositores en la generaciĆ³n de JosĆ© y Rafael HernĆ”ndez, Carlos Guido Spano, Olegario V. Andrade y otros. A la vez, el liberalismo europeĆ­sta de Domingo F. Sarmiento y otros miembros de la generaciĆ³n de 1837, que cristalizĆ³ como proyecto en 1880, se divorciaba del nacionalismo independentista al subordinar la organizaciĆ³n del paĆ­s a su inserciĆ³n en el dinamismo del capitalismo mundial, repudiando la ā€œbarbarieā€ americana y propiciando el trasplante de instituciones y poblaciones europeas.

Posteriormente, en el populismo [4] de HipĆ³lito Yrigoyen confluyeron las supervivencias del nacionalismo de cuƱo federal y un programa democrĆ”tico que pugnĆ³ por rescatar del fraude oligĆ”rquico los contenidos republicanos de la ConstituciĆ³n liberal: su discurso re-unĆ­a asĆ­ el nacionalismo y el liberalismo en forma anĆ”loga a la de los tiempos de la emancipaciĆ³n.

Desde comienzos del siglo XX se fue perfilando otro nacionalismo, en el que predominĆ³ la tendencia conservadora y catĆ³lica, oponiendo las raĆ­ces hispanas y criollas al cosmopolitismo de la elite porteƱa y al aluviĆ³n de inmigrantes portadores de ideas anarquistas y marxistas. Su Ć­ndole autoritaria se manifestĆ³ en el golpe de estado de 1930, y cundiĆ³ entre los militares mezclado con las concepciones estatistas y corporativistas que propagaban los movimientos fascistas europeos. Los historiadores de este nacionalismo ā€œde derechaā€ revisaron la versiĆ³n de los vencedores de Caseros, exaltando a Rosas y a los caudillos federales, e impugnaron las bases econĆ³micas, polĆ­ticas y jurĆ­dicas del modelo liberal implantado en el paĆ­s.

Por otra parte, en la dĆ©cada del ā€˜30 se manifestĆ³ una variante nacionalista, cuyo centro visible fue F.O.R.J.A. (Fuerza de OrientaciĆ³n Radical de la Joven Argentina) con su plataforma democrĆ”tica, americana y antimperialista, denunciando la corrupciĆ³n del coloniaje econĆ³mico y reclamando el ejercicio de la soberanĆ­a popular. Marcando diferencias con los nacionalistas de derecha, Arturo Jauretche optaba por la autodenominaciĆ³n de ā€œnacionalesā€. Los forjistas recorrieron un trayecto paradigmĆ”tico desde la intransigencia yrigoyenista hasta la disoluciĆ³n del grupo para incorporarse, casi todos, al peronismo [5].

Estas distintas expresiones nacionalistas -entre las cuales hubo importantes intercambios, oposiĀ­ciones y continuidades- antecedieron al nacionalismo populista del peronismo, cuyo arraigo en el movimiento obrero atrajo a ciertos sectores de la izquierda.

La izquierda

La nociĆ³n de izĀ­quierda, en sentido amplio, remite a un conjunto de ideas de cambio social que impugnan el statu quo; y en sentido mĆ”s estricĀ­to, como la empleamos en el presente trabajo, se refiere a las de inspiraciĆ³n marxista.

La concepciĆ³n del progreso histĆ³rico y las ā€œetapas necesarias de desarrolloā€, conforme al modelo de la evoluciĆ³n europea trazado por Marx, veĆ­a en el pleno desarrollo del capitalismo una condiciĆ³n inexcusable para llegar al socialismo. La causa socialista y su sujeto, la clase obrera, tenĆ­an que ser internacionalistas, pues la superaciĆ³n del rĆ©gimen capitalista sĆ³lo podĆ­a realizarse a escala mundial, trascendiendo las fronteras. La construcciĆ³n del Estado nacional era ā€œtarea de la burguesĆ­aā€, y los proletarios ā€œno tenĆ­an patriaā€.

Desde esta Ć³ptica, en los paĆ­ses mĆ”s atrasados resultaba prioritario erradicar los rĆ©moras feudales o precapitalistas para que prosperara el capitalismo. En la Argentina, los primeros ideĆ³logos del socialismo marxista, y luego los comunistas, se guiaron por una interpretaciĆ³n histĆ³rica no muy diferente a la del liberalismo positivista, que despreciaba a las masas autĆ³ctonas y postulaba la europeizaciĆ³n del paĆ­s. JosĆ© Ingenieros reformulĆ³ la dicotomĆ­a ā€œcivilizaciĆ³n y barbarieā€ de Sarmiento en tĆ©rminos de ā€œcapitalismo versus feudalismoā€, un esquema segĆŗn el cual los caudillos federales encarnaban el atraso feudal, mientras que el unitarismo rivadaviano, los liberales de la ā€œorganizaciĆ³n nacionalā€ y la generaciĆ³n del 80 habĆ­an sido los impulsores del progreso capitalista [6].

El marxismo reformista del Partido Socialista orientado por Juan B. Justo defendĆ­a el librecambio y veĆ­a como un factor de avance la penetraciĆ³n del capital extranjero. La base social de los socialistas y comunistas estaba compuesta en gran nĆŗmero por obreros inmigrantes, y su dependencia del liberalismo y el progresismo europeo les condujo a juzgar el nacionalismo populista de Yrigoyen como una perversiĆ³n de la ā€œpolĆ­tica criollaā€ o a tacharlo de ā€œfascistizanteā€.

Ahora bien, a partir de la teorĆ­a del imperialismo y la experiencia revolucionaria en Rusia, Lenin introdujo la distinciĆ³n entre paĆ­ses capitalistas avanzados y paĆ­ses dominados, propugnando para Ć©stos -en sus tesis de la III Internacional- un frente antimperialista con los sectores burgueses democrĆ”ticos, en el cual los comunistas debĆ­an disputar el liderazgo preservando su independencia ideolĆ³gica y organizativa. Desarrollando las ideas de Marx en un nuevo sentido, Lenin y Trotsky justificaban las luchas por la liberaciĆ³n y la identidad estatal-nacional de los pueblos sometidos [7].

Tales principios fueron mantenidos en tiempos de Stalin, que planteĆ³ ademĆ”s ā€œel socialismo en un solo paĆ­sā€ e instrumentĆ³ el ā€œinternacionalismo proletarioā€ en funciĆ³n de la polĆ­tica exterior soviĆ©tica. No obstante pues la tradiciĆ³n internacionalista, las posiciones antimperialistas del comunismo constituĆ­an una zona de coincidencia con el nacionalismo.

La izquierda nacionalista argentina, sin embargo, sĆ³lo se definiĆ³ como tal en 1945, cuando el grueso de la nueva clase obrera adhiriĆ³ a las apelaciones nacionales y las reformas sociales del peronismo, mientras los partiĀ­dos comuĀ­nista y sociaĀ­lista persistĆ­an en oponerse a aquel movimiento que veĆ­an como un engendro nazi-fascista.  

Los ideĆ³logos

Entre los antecedentes o fuentes teĆ³ricas del nacionalismo de izquierda hay que tener en cuenta los aportes de JosĆ© VasconĀ­ceĀ­los y otros intelectuales ligados a la RevoluciĆ³n Mexicana, asĆ­ como los de JosĆ© Carlos MariĆ”teĀ­gui y el fundador del aprismo, VĆ­ctor RaĆŗl Haya de la Torre, quienes plantearon desde el PerĆŗ, con distintos enfoques, un enraizamiento del marxismo en la historia americana. AdemĆ”s, el exilio de Trotsky lo acercĆ³ al proceso revolucionario de MĆ©xico, y su propuesta de los ā€œEstados Unidos Socialistas de AmĆ©rica Latinaā€ movilizĆ³ a sus seguidores en varios paĆ­ses de la regiĆ³n.

En el nacionalismo de izquierda argentino confluyeron intelectuales y grupos de diversa procedencia, que se situaron dentro o ā€œal ladoā€ del movimiento peronista. Por otra parte, varios exponentes del pensaĀ­mienĀ­to nacional y popular compartieron importantes aspectos del mismo programa sin comulgar con su base u horizonte marxista [8].

Un precursor fue Manuel Ugarte (1878-1951), polĆ­tico, escritor y brillante publicista, expulsaĀ­do del partido de Juan B. Justo, que sembrĆ³ los fundamentos de un nacionalismo socialista iberoamericano para enfrentar al imperialismo norteamericano. Vinculado en un primer momento con JosĆ© Ingenieros y Leopoldo Lugones -que siguieron derroteros diferentes-, Ugarte dirigiĆ³ el periĆ³dico La Patria (1915), difundiĆ³ sus ideas viajando por los paĆ­ses del continenĀ­te y editĆ³ sus principales libros en EspaƱa. AdhiriĆ³ al peronismo en 1945 y fue embajador en MĆ©xico, Nicaragua y Cuba, si bien luego se apartĆ³ de esas funciones oficiales.

Carlos Astrada (1895-1970), aunque siempre rehusĆ³ coyundas partidarias, asumiĆ³ crĆ­ticamente el marxismo y en su obra filosĆ³fica elaborĆ³ una reflexiĆ³n sobre la cultura argentina que permite ubicarlo como referente de un pensamiento nacional de izquierda. Tras abandonar la carrera de Derecho, su autoformaciĆ³n y sus eminentes estudios en Alemania le fueron reconocidos en el Ć”mbito acadĆ©mico. Adherente a la Reforma Universitaria de 1918 en CĆ³rdoba -aunque no al yrigoyenismo-, profesor en las universidades de La Plata y Buenos Aires, se acercĆ³ al gobierno de PerĆ³n y fue uno de los organizadores del Congreso de FilosofĆ­a de Mendoza en 1949. Ɓcido anticlerical, expulsado de sus cargos universitarios en 1956 y distanciado tambiĆ©n del peronismo, en la dĆ©cada siguiente se identificĆ³ con el maoĆ­smo.

Rodolfo PuiggrĆ³s (1906ā€“1980), periodista y estudioso autodidacta, publicĆ³ sus primeros trabajos historiogrĆ”ficos cuando militaba en el Partido Comunista. Expulsado del mismo en 1946, dirigiĆ³ el periĆ³dico Clase Obrera y la fracciĆ³n Movimiento Obrero Comunista (MOC), que apuntaba a rectificar la lĆ­nea de la conducciĆ³n del partido y reconocer la ā€œRevoluciĆ³n Nacionalā€ peronista. DespuĆ©s de 1955 postulĆ³ generar una fuerza proletaria dentro del peronismo. ProfundizĆ³ sus investigaciones histĆ³ricas y colaborĆ³ con PerĆ³n en las relaciones con otros movimientos latinoamericanos. Vinculado a la ā€œtendencia revolucionariaā€, fue rector-interventor de la Universidad de Buenos Aires en 1973, cargo al que debiĆ³ renunciar cuando estallaron las contradicciones internas del peronismo gobernante, y tuvo que exiliarse en MĆ©xico.

Eduardo B. Astesano (1913-1991), afiliado al Partido Comunista, se graduĆ³ de abogado en 1946 en la Universidad del Litoral de Santa Fe, y siguiĆ³ un camino similar al de PuiggrĆ³s. Miembro del grupo ā€œautocrĆ­ticoā€ de Rosario, que fue expulsado del partido en 1946, integrĆ³ luego el MOC. RealizĆ³ una profusa labor periodĆ­stica, dirigiĆ³ el periĆ³dico Relevo en los aƱos Ā“60, y en sus numerosos libros de revisiĆ³n histĆ³rica contribuyĆ³ a abonar las tesis del nacionalismo de izquierda, con un especial acento indigenista en su Ćŗltima etapa. 

John William Cooke (1920-1968), militante juvenil radical, abogado, fue diputado nacional por el peronismo en 1946. Descollante orador, profesor de EconomĆ­a PolĆ­tica, allegado al revisionismo rosista, dirigiĆ³ la revista De Frente y fue interventor reorganizador del Partido Peronista de la Capital Federal en 1955. Proscripto el movimiento, estuvo preso, fue delegado de PerĆ³n y dirigente de la resistencia en la clandestinidad, secundado por su sobresaliente compaƱera Alicia Eguren. SolidarizĆ”ndose con la RevoluciĆ³n Cubana, residiĆ³ en La Habana y en 1964 volviĆ³ a la Argentina para promover el ā€œala revolucionariaā€ del movimiento. En sus notables textos de este perĆ­odo tendĆ­a a compatibilizar las propuestas del nacionalismo marxista con la ā€œortodoxiaā€ comunista en funciĆ³n de un frente antimperialista continental.

Jorge Abelardo Ramos (1921-1994), activista del trotskismo, manifestĆ³ su apoyo crĆ­tico al peronismo desde 1945. PublicĆ³ el periĆ³dico Octubre, participĆ³ del grupo Frente Obrero, fue columnista del diario Democracia y en 1953 ingresĆ³ al Partido Socialista de la RevoluciĆ³n Nacional (PSRN) que dirigĆ­a Enrique Dickmann. Gran polemista, escribiĆ³ sus filosos ensayos y editĆ³, con los sellos IndoamĆ©rica y CoyoacĆ”n, a una amplia gama de autores de la ā€œlĆ­nea nacionalā€. FundĆ³ en 1962 el Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN) y en 1971 el Frente de Izquierda Popular (FIP). Tras la dictadura del Proceso estrechĆ³ lazos con el peronismo, formĆ³ el Movimiento PatriĆ³tico de LiberaciĆ³n y, en su Ćŗltima actuaciĆ³n polĆ­tica, traicionando sus propias ideas, acompaĆ±Ć³ al gobierno neoliberal de Menem como embajador en MĆ©xico.

Rodolfo Walsh (1927-1976), autor de una excepcional obra literaria y periodĆ­stica, aunque no dejĆ³ ensayos doctrinarios, realizĆ³ singulares aportes intelectuales desde posiciones nacionalistas de izquierda. Simpatizante del nacionalismo tradicional en su juventud, cuentista y dramaturgo, investigĆ³ y denunciĆ³ los fusilamientos de 1956 y otros crĆ­menes polĆ­ticos. Comprometido luego con la RevoluciĆ³n Cubana, contribuyĆ³ a organizar la agencia de noticias Prensa Latina. DirigiĆ³ el semanario de la central sindical CGT de los Argentinos, y se incorporĆ³ en tareas de difusiĆ³n e inteligencia a las formaciones armadas del peronismo revolucionario.

Jorge Enea SpilimberĀ­go (1928-2004), abogado y escritor de vasta cultura, siendo estudiante habĆ­a adherido a la FederaciĆ³n Juvenil Comunista. Colaborando con Ramos, integrĆ³ el PSRN, el PSIN y el FIP. EjerciĆ³ el periodismo militante, publicĆ³ diversos ensayos y fue profesor de EconomĆ­a PolĆ­tica en la Facultad de Ciencias EconĆ³micas de la UBA entre 1973 y 1976. Alejado luego de Ramos, fundĆ³ el Partido de la Izquierda Nacional, que mantenĆ­a su independencia orgĆ”nica sin perjuicio de reconocer la identidad popular peronista.  

Juan JosĆ© HernanĀ­dez ArreĀ­gui (1929-1974), que habĆ­a iniciado estudios de Derecho en Buenos Aires, se doctorĆ³ en filosofĆ­a en la Universidad de CĆ³rdoba en 1944. Enrolado en la intransigencia del sabattinismo cordobĆ©s, colaborĆ³ en la prensa partidaria y tuvo contacto con los forjistas. En 1947 renunciĆ³ a la afiliaciĆ³n radical para incorporarse al peronismo. DesempeĆ±Ć³ funciones en el gobierno de la provincia de Buenos Aires y se dedicĆ³ principalmente a sus cĆ”tedras universitarias. ExcluĆ­do de la Universidad en 1955, publicĆ³ sus libros, que alcanzaron extensa repercusiĆ³n, y participĆ³ en la agitaciĆ³n de la resistencia peronista. Ɖl reivindicaba haber ideado la denominaciĆ³n ā€œIzquierda Nacionalā€ para esta tendencia, que concebĆ­a ligada al peronismo revolucionario. 

Otros trabajos seƱalables en esta corriente son los ensayos de Enrique Rivera y Esteban Rey, los estudios historiogrĆ”ficos de Norberto Dā€™Atri, Alfredo Terzaga, Rodolfo Ortega PeƱa y Eduardo Luis Duhalde, las aproximaciones polĆ­tico-estĆ©ticas de Ricardo Carpani y el grupo Espartaco, reflexiones de cuadros sindicales como el ex anarquista Alberto Belloni y el ex socialista Ɓngel Perelman, textos de intelectuales de origen catĆ³lico como Emilio FermĆ­n Mignone y Conrado Eggers Lan y, llegando a un perĆ­odo mĆ”s reciente, las investigaciones histĆ³ricas de continuadores de esta orientaciĆ³n como Norberto Galasso y Emilio J. CorbiĆØre. 

En Uruguay, Vivian TrĆ­as (1922-1980), talentoso periodista, profesor, diputado e historiador, fundamentĆ³ la lĆ­nea polĆ­tica del Partido SociaĀ­lista abordando la problemĆ”tica rioplatense y sudamericana con un enfoque marxista nacional. En una visiĆ³n coincidente se enmarcan los ensayos latinoamericanistas del escritor y periodista Eduardo Galeano, los trabajos del historiador Carlos Machado y los de otros autores relacionados con la revista Marcha.

Existen asimismo notorias concomitancias en la producciĆ³n de algunos marxistas heterodoxos vinculados al trabalĀ­hismo brasileƱo, como Darcy Ribeiro, que elaborĆ³ una ambiciosa teorizaciĆ³n del proceso civiliĀ­zatoĀ­rio universal y ameriĀ­cano, Theotonio Dos Santos y otros economistas de la "teorĆ­a de la dependencia".

Tesis bƔsicas

Las obras de los autores que conformaron la corriente nacionalista de izquierda articulan un conjunto de proposiciones que -sin pretender agotar el listado ni el anƔlisis de los temas, y a riesgo de allanar importantes matices, deslizamientos o excepciones- resumiremos aquƭ en los siguientes puntos:

1- una aplicaciĆ³n de la filosofĆ­a y la metodologĆ­a marxista, basada en la dialĆ©ctica de la lucha de clases y los fenĆ³menos econĆ³micos para interpretar la realidad social, asumiendo como presupuesto la misiĆ³n universal emancipadora del proletariado e incorporando la concepciĆ³n leninista sobre la liberaciĆ³n nacional de los pueblos oprimidos.

2- la recuperaciĆ³n de la tradiciĆ³n y las formas de conciencia nacionales y populares como fundamentos de una revoluciĆ³n nacionaĀ­l, dirigida a superar la dependencia econĆ³mica, polĆ­tica y cultural del imperiaĀ­lismo capitalista y cuyo desarrollo debĆ­a orientarse hacia el socialismo, rechazando la sumisiĆ³n al satelismo comunista.

3- un punto de vista americano, seƱalando la inversiĆ³n del sentido de ideologĆ­as trasplantadas a nuestros paĆ­ses e impugnando la visiĆ³n eurocĆ©ntrica y el ā€œcolonialismo mentalā€ en la cultura de elite, en el sistema educativo y universitario y en los partidos de izquierda, con la intenciĆ³n de abrir cauces a un ā€œnuevo pensamientoā€. 

4- una renovaciĆ³n de la revisiĆ³n histĆ³rica, centrada en los intereses y la lucha de las masas trabajadoras, oponiendo a la historiografĆ­a liberal la interpretaciĆ³n de la continuidad de la revoluciĆ³n incumplida de la independencia y los levantamientos federales del siglo XIX con las causas democrĆ”ticas y populares del siglo XX.

5- la postulaciĆ³n de una naciĆ³n sudamericana, concibiendo la integraciĆ³n de las repĆŗblicas del continente como imperativo histĆ³rico, objetivo estratĆ©gico y dimensiĆ³n necesaria para su plena emancipaciĆ³n.

6- la caracterizaciĆ³n del radicalismo yrigoyenista como continuador o heredero de las rebeldĆ­as histĆ³ricas del federalismo y, no obstante sus limitaciones, precursor de la polĆ­tica nacionalista y las reformas sociales del peronismo.

7- la caracterizaciĆ³n del peronismo como un movimiento nacional y popular de potencialidad revolucionaria, que expresaba los intereses de la clase obrera a pesar de las distorsiones de la capa burocrĆ”tica dirigente.

8- la reconsideraciĆ³n crĆ­tica de la participaciĆ³n polĆ­tica de los militares, rescatando los antecedentes y las posibilidades de una conjunĀ­ciĆ³n pueblo-ejĆ©rcito.

9- la reivindicaciĆ³n de la cultura criolla mestiza y el sustrato indĆ­gena de los pueblos americanos, rebatiendo la descalificaciĆ³n de las etnias autĆ³ctonas por las proyecciones racistas del pensamiento ā€œoccidentalā€.

Una interpretaciĆ³n marxista

El marxismo, ā€œun humanismo cuyo centro es el proletariado y su circunferencia, el gĆ©nero humanoā€ segĆŗn tĆ©rminos de HernĆ”ndez Arregui, era a la par ā€œun mĆ©todo para la investigaciĆ³n de la historia y la culturaā€, que debĆ­a aplicarse sin incurrir en traslados mecĆ”nicos, como habĆ­an hecho en Argentina ā€œlas izquierdas europeĆ­stasā€. Por sobre las ā€œdeformaciones stalinistasā€, el marxismo tenĆ­a que ā€œrecrearseā€ desde el mundo colonial [9].

PuiggrĆ³s defendĆ­a el mĆ©todo marxista de sus reductores y detractores, explicando que las ā€œcondiciones de vida materialā€ constituĆ­an las raĆ­ces de las formas culturales, jurĆ­dicas y polĆ­ticas, en un nexo de carĆ”cter dialĆ©ctico: el materialismo histĆ³rico, lejos de ser un determinismo econĆ³mico, ā€œabarca el conjunto de los fenĆ³menos en sus conexiones recĆ­procas y en su mutuo condicionamientoā€, estableciendo una graduaciĆ³n o jerarquĆ­a entre las causas del proceso histĆ³rico.

Relativizando el internacionalismo de Marx, PuiggrĆ³s subrayaba la constataciĆ³n del Manifiesto Comunista de que ā€œla campaƱa del proletariado contra la burguesĆ­a empieza siendo nacionalā€; aunque reciĆ©n medio siglo despuĆ©s Lenin, al caracterizar el paso del capitalismo a la etapa imperialista, habĆ­a sacado a luz el problema nacional en los paĆ­ses dependientes, segĆŗn ā€œla ley del desarrollo desigualā€, propiciando -como tambiĆ©n Stalin y Mao- el frente revolucionario con la burguesĆ­a dentro del cual debĆ­an dirimirse las contradicciones internas [10].

HernĆ”ndez Arregui citaba asimismo opiniones de Marx ā€”por ejemplo su apoyo a la lucha de los irlandeses contra Inglaterra y de los polacos contra Rusiaā€” congruentes con la lĆ­nea leninista sobre la alianza de todas las tendencias interesadas en la liberaciĆ³n nacional. Por su parte, Ramos, Rivera y otros ponĆ­an Ć©nfasis en los aportes teĆ³ricos de Trotsky [11] -a quien HernĆ”ndez Arregui, sin suscribir ā€œel trotskismoā€, reconocĆ­a haber aplicado con coherencia el marxismo a la situaciĆ³n de los paĆ­ses dependientes, y PuiggrĆ³s sĆ³lo citarĆ­a ocasionalmente para desdeƱar su ā€œsoberbiaā€ intelectual y la de sus epĆ­gonos. 

Spilimbergo advertĆ­a que Marx y Engels, pagando tributo a su condiciĆ³n de europeos, enunciaron en el Manifiesto de 1848 ciertas conclusiones ā€œsimplistasā€ (como que ā€œla burguesĆ­a... lleva la civilizaciĆ³n hasta a las naciones mĆ”s salvajesā€), escollo ideolĆ³gico frente al cual se imponĆ­a una distinciĆ³n que la izquierda europeĆ­sta habĆ­a sido incapaz de efectuar:

ā€œ...Siempre hay un conflicto entre el dogma y el mĆ©todo, entre la construcciĆ³n teĆ³rica elaborada para un tiempo y un lugar histĆ³ricos, y los procedimientos y fines del anĆ”lisis. Cambiadas las circunstancias, se establece la discordia entre construcciĆ³n doctrinaria y mĆ©todo animador, entre la armazĆ³n lĆ³gica y el elemento dinĆ”mico, intencional, actuante de la doctrina. Optar por el dogma, como se hizo, fue traicionar la esencia revolucionaria del marxismo...ā€

No obstante tales prevenciones, Spilimbergo dedicĆ³ un ensayo a rescatar en Marx los elementos de una visiĆ³n de la cuestiĆ³n nacional diferente a la del cosmopolitismo ā€œcivilizadorā€ que le adjudicaba la lectura de su obra por los ā€œsocialistas cipayosā€. En la dĆ©cada de 1860, observaba, Marx y Engels revisaron su concepciĆ³n internacionalista y apoyaron algunos movimientos nacionales de los paĆ­ses oprimidos [12]. 

Cooke tomaba de Marx, en particular de los Manuscritos EconĆ³mico-FilosĆ³ficos de 1844, las herramientas de anĆ”lisis aplicables a una situaciĆ³n histĆ³rico-social concreta: la alienaciĆ³n cultural argentina como paĆ­s dependiente, y encontraba asimismo allĆ­ las bases de una concepciĆ³n humanista revolucionaria, la lucha por la desalienaciĆ³n ā€œmaterial y moralā€, en el mismo sentido que las propuestas de Ernesto Guevara sobre el ā€œhombre nuevoā€ [13].

Agreguemos que el manifiesto de C.O.N.D.O.R., agrupaciĆ³n que HernĆ”ndez Arregui fundĆ³ en 1964 pensando reeditar la experiencia de F.O.R.J.A., adoptaba explĆ­citamente ā€œla metodologĆ­a del marxismoā€ para la investigaciĆ³n de la realidad histĆ³rica y ā€œcomo guĆ­a de la acciĆ³n polĆ­tica de las masasā€, aunque ā€œsin dejarse dominarā€ por el mĆ©todo, conforme a la advertencia del propio Marx. Instaba ademĆ”s a otras tendencias embarcadas en la causa nacional a despojarse de prejuicios y ā€œcomprender, de una vez por todas, la poderosa validez de un sistema de ideas que influye en todo el pensamiento contemporĆ”neoā€ [14].

Un nacionalismo revolucionario

El eje de esta lĆ­nea ideolĆ³gica era el carĆ”cter nacional de la RevoluciĆ³n, entendida como culminaciĆ³n de las luchas histĆ³ricas contra la dominaciĆ³n colonial y semicolonial. Frente a los socialistas y comunistas que predicaban una reforma o revoluciĆ³n democrĆ”tico-burguesa para superar el atraso feudal, la izquierda nacionalista concebĆ­a una revoluciĆ³n antimperialista, dirigida ante todo a romper las ataduras externas. En ella podĆ­an concurrir sectores burgueses y del ejĆ©rcito, pero debĆ­a basarse primordialmente en las masas trabajadoras, a las que era necesario infundir una perspectiva socialista. ā€œEl nacionalismo toma las Ćŗnicas formas que puede tomar hoy en dĆ­a: formas socialistasā€ escribĆ­a Cooke a PerĆ³n a propĆ³sito del caso de Argelia [15].

Ramos invocaba ā€œla tradiciĆ³n de un nacionalismo democrĆ”tico revolucionarioā€ en la cual se insertaba su partido levantando las banderas del socialismo, lo cual suponĆ­a un salto cualitativo respecto al nacionalismo meramente defensista. No obstante esas ostensibles diferencias, un periĆ³dico nacionalista conservador acusĆ³ de plagio a la izquierda nacional, afirmando que su bagaje, desde el revisionismo histĆ³rico hasta el examen de los hechos econĆ³Ā­micos, estaba "calcado del nacionalismo" en una "laborioĀ­sa adaptaĀ­ciĆ³n" [16].

RecĆ­procamente, al comentar RevoluciĆ³n y contrarrevoluciĆ³n de Ramos, HernĆ”ndez Arregui saludaba su lograda aplicaciĆ³n del mĆ©todo marxista y, anticipĆ”ndose al reclamo de lo que el autor ā€œles debĆ­aā€ a los historiadores rosistas, enrostraba a Ć©stos cuĆ”nto habĆ­a en sus trabajos de ā€œaplicaciĆ³n subrepticia y parcial de los supuestos metodolĆ³gicos del materialismo histĆ³ricoā€.

HernĆ”ndez Arregui sostenĆ­a que ā€œhay un nacionalismo reaccionario y un nacionalismo revolucionarioā€, entre los cuales marcaba diferencias tajantes, citando por analogĆ­a el aserto de un dirigente negro norteamericano de que ā€œel nacionalismo blanco es lo contrario del nacionalismo negroā€. El autoritarismo del nacionalismo de derecha, observaba, lo llevĆ³ a identificarse con el fascismo. Aunque ponderaba la labor de los historiadores revisionistas y la exaltaciĆ³n de la cultura nacional a partir de la saga del gaucho en Lugones, denunciaba los prejuicios racistas y clericales en esta tendencia y su paradĆ³jica inspiraciĆ³n en teorĆ­as extranjeras como las de Charles Maurras y Thierry Maulnier.

El nacionalismo de las grandes potencias y de los ideĆ³logos europeos, alegaba, era de Ć­ndole diferente al de los paĆ­ses coloniales. AquĆ©l pretendĆ­a conservar naciones segregadas, en tanto el nacionalismo iberoamericano requerĆ­a trascender los aislamientos regionales. Autores como Fichte se dirigĆ­an al pueblo alemĆ”n a travĆ©s de las clases altas; pero en IberoamĆ©rica era inĆŗtil interpelar a las oligarquĆ­as, que veĆ­an en el pueblo a su enemigo. 

ā€œLa etapa nacionalista es inevitable. Pero este tramo, en los paĆ­ses coloniales que reciĆ©n entran en Ć©l, es distinto al que han recorrido en el siglo XIX naciones como Alemania o Italia. Y por tanto, tal distingo en nuestra realidad americana pide una interpretaciĆ³n distintaā€.

El nacionalismo de masas, propio de los pueblos dependientes, segĆŗn los tĆ©rminos de HernĆ”ndez Arregui, luchaba para liberar ā€œuna patria interminadaā€. HabĆ­a que arrancar la capa superficial de ā€œla cultura aparenteā€, fruto de la colonizaciĆ³n educativa, para exhibir la cultura del pueblo -ā€œlas entraƱables tradiciones del paĆ­s, sus costumbres heredadas, que son creaciones colectivas, la fidelidad al sueloā€, ā€œsus hĆ”bitos de pensamiento y sus modos de sentirā€- como un momento necesario, premonitorio, en el ā€œtrĆ”nsito racional hacia la liberaciĆ³n del coloniajeā€ [17].

Astrada -a quien HernĆ”ndez Arregui reprochaba incursionar de manera ā€œcasiā€ abusiva en las brumas metafĆ­sicas para llegar al meollo de lo real- habĆ­a expresado los mismos ideales, clamando por preservar ā€œel carĆ”cter de un puebloā€, su idiosincracia y autonomĆ­a, conquistar ā€œuna progresiva conciencia nacionalā€ en la fidelidad al propio destino de los argentinos, ā€œrealzarlo en las creaciones del arte y la poesĆ­a, esclarecerlo en el pensamiento filosĆ³fico, abrirle cauce en la ciencia y en las instrumentaciones de la tĆ©cnica, dentro de las estructuras sociales de una comunidad justa y libreā€ para promover ā€œla continuidad de nuestra estirpeā€ [18].

PuiggrĆ³s descalificaba al nacionalismo reaccionario inspirado por ā€œel miedo y el odioā€ al movimiento obrero, confiando en la fuerza de un nacionalismo popular, ā€œproletarioā€, que no era antagĆ³nico al internacionalismo, pues su realizaciĆ³n completa desembocarĆ­a en el mismo, al conducir a ā€œla unidad de la especie humanaā€ [19].

Es sugestivo acotar que Astesano, en su trayecto hacia una cada vez mĆ”s acentuada heterodoxia, llegĆ³ a afirmar que el materialismo histĆ³rico, centrado en la lucha de clases, no concedĆ­a un lugar suficiente a la lucha de comunidades como los pueblos y las naciones, por lo que proponĆ­a otro mĆ©todo: el ā€œnacionalismo histĆ³ricoā€, dado que el nacionalismo era la cuestiĆ³n principal a la que debĆ­an subordinarse las contradicciones de clases [20].  

Los expositores de esta corriente coincidĆ­an en condenar el seguidismo pro soviĆ©tico y las manipulaciones del internacionalismo proletario, si bien existĆ­an disonancias entre Ramos, Rivera y los que, en la lĆ­nea trotskista, repudiaban la desvirtuaciĆ³n de la RevoluciĆ³n Rusa por la ā€œburocracia soviĆ©ticaā€, y quienes, como Cooke, HernĆ”ndez Arregui y PuiggrĆ³s, veĆ­an con mayor benevolencia la polĆ­tica de la URSS y valoraban su apoyo a las revoluciones del Tercer Mundo. En general todos aprobaron el giro ā€œterceristaā€ de China, donde Mao amalgamaba su propia versiĆ³n marxista con la milenaria cultura oriental.

Hacia un pensamiento americano

La izquierda nacionalista denunciaba un fenĆ³meno de trastocamiento de las ideas que cruzaban el AtlĆ”ntico, por el cual a menudo lo que era progresivo para Europa se tornaba regresivo en AmĆ©rica, y viceversa. Frente a los equĆ­vocos irremediables de esas ideologĆ­as de importaciĆ³n, lo que hacĆ­a falta era fundar nuestra propia visiĆ³n del mundo.

Manuel Ugarte fincaba en la doble raĆ­z hispĆ”nica e indĆ­gena la originalidad americana y la posibilidad de otra cultura: ā€œla promesa de una nueva modalidad humana, de un pensamiento distinto dentro de los valores universalesā€ [21].

Astrada rechazĆ³ de plano las ideas de Sarmiento, asĆ­ como la ā€œartificiosa aclimataciĆ³n de las formas externas de una civilizaciĆ³n de trasplanteā€ que achacaba a la oligarquĆ­a imitadora, servil al capitalismo extranjero. Encontraba un prospecto de pensamiento emancipador en Moreno, Belgrano, San MartĆ­n y Monteagudo, en Juan MarĆ­a GutiĆ©rrez, en los atisbos de EcheverrĆ­a y Alberdi donde se advertĆ­a la influencia de Herder, y sobre todo en las claves poĆ©ticas del MartĆ­n Fierro de HernĆ”ndez. El camino no era la copia, sino ā€œla adaptaciĆ³n y aplicaciĆ³n de las ideas y concepciones europeas en funciĆ³n de las necesiĀ­dades de la sociedad latinoamericana". Contra la afirmaciĆ³n de Hegel de que las antiguas culturas de este continente "tenĆ­an que sucumbir" ante el ā€œEspĆ­ritu" universal, argumentaba que esta Ćŗltima abstracciĆ³n

"no ha sido ni podĆ­a ser un principio determinante de la cultura que se viene gestando en LatinoamĆ©riĀ­ca, cuyo paideuma estĆ” penetrado por lo telĆŗrico y por el aliento imponĀ­derable del milenario pasado cultural amerindio. Del encuentro y conjugaĀ­ciĆ³n de estos factores condicionantes y los valores sociales de la cultura universal surgirĆ”, con una organizaciĆ³n social basada quizĆ” en una inteĀ­gral democraĀ­cia de bienes, una Weltanschaung (cosmovisiĆ³n) propia, como expresiĆ³n de una forma de vida diferenĀ­te de la occidental" [22].

PuiggrĆ³s cuestionĆ³ el tratamiento habitual de la realidad americana como resultado de relaciones puramente externas, punto de vista que colocaba a las grandes potencias como transmisoras activas de civilizaciĆ³n y a los pueblos atrasados como receptores pasivos, subestimando la funciĆ³n determinante de las causas internas.

ā€œNo es que las causas externas dejen de tener influencia, a veces primordial... El error consiste en colocarlas en el lugar correspondiente a las causas internas, en diluir Ć©stas al no presentar mĆ”s que aquĆ©llas, en no ver que las causas externas actĆŗan sobre un fondo o base ya creado por las causas internas. Las causas externas intervienen en los cambios sociales por intermedio de las causas internas en la medida que estas Ćŗltimas se lo permitenā€.

PuiggrĆ³s criticaba los estragos que habĆ­a hecho entre los marxistas el diletantismo de JosĆ© Ingenieros, en cuya sociologĆ­a ā€œlos altibajos de la historia argentina vendrĆ­an a ser el reflejo empequeƱecido y tardĆ­o, casi una caricatura, de la lucha entre reacciĆ³n y revoluciĆ³n en Europaā€. En cambio rescataba de Ricardo Rojas, pese a su historicismo idealista, las sugerencias de ā€œno vestir prestadas formas de Europaā€, sino asimilar la cultura universal ā€œbuscando en la propia vida americana las normas que convienen a nuestra capacidad creadoraā€. 

La explicaciĆ³n de la realidad por las causas externas, el culto a la ā€œuniversalidadā€ y la incapacidad de ver ā€œlo singularā€ habĆ­a llevado a los ā€œcomunistas fideĆ­stasā€ a creer en ā€œla revoluciĆ³n exportadaā€, y tambiĆ©n a la teorĆ­a de la ā€œreacciĆ³n exportadaā€: la URSS exportaba revoluciĆ³n proletaria, Alemania exportaba nazifascismo, y nuestro paĆ­s quedaba ā€œlibrado a la suerte de la importaciĆ³nā€. AsĆ­ era cĆ³mo, ignorando la cuestiĆ³n nacional, socialistas y comunistas, igual que los liberales, no habĆ­an podido entender al peronismo. Para PuiggrĆ³s, la emancipaciĆ³n en Argentina era parte de la liberaciĆ³n de la humanidad, pero en concreto sĆ³lo podĆ­a inteligirse su sentido atendiendo al proceso de las causas internas [23].

La tarea que HernĆ”ndez Arregui emprendiĆ³ fue, ateniĆ©ndonos a sus palabras, ā€œla construcciĆ³n de una imagen del paĆ­s opuesta a la visiĆ³n europeĆ­sta de la culturaā€. Este propĆ³sito racional se cimentaba en un sentimiento de amor e identificaciĆ³n con el interior, con el arte popular, con la realidad profunda del continente en la que germinaba ā€œla autoconciencia de la naciĆ³nā€. Frente al ā€œengendro espiritualā€ del paĆ­s enajenado, sostenĆ­a que ā€œsĆ³lo una filosofĆ­a independiente de Europa puede interrogar y traducir la realidad nacional en gestaciĆ³nā€. Lo planteaba en futuro, pues los pueblos colonizados sĆ³lo podĆ­an dar ā€œuna filosofĆ­a bastarda, superflua, marginalā€. Pero el espĆ­ritu nacional vivĆ­a en las masas, y los intelectuales debĆ­an beber de esas fuentes para producir ā€œun pensamiento originalā€ [24].  

Con intenciĆ³n semejante, Astesano se empeƱarĆ­a en elaborar una sĆ­ntesis comprensiva de la historia de AmĆ©rica, retomando la preocupaciĆ³n de Darcy Ribeiro por centrar en esta realidad el enfoque de la evoluciĆ³n social universal.

La revisiĆ³n histĆ³rica

Otro aporte perdurable de estos autores fue la reinterpretaciĆ³n de la historia argentina en el contexto sudamericano, refutando ante todo la historiografĆ­a liberal mitrista y sus versiones de izquierda, pero discrepando tambiĆ©n con el revisionismo rosista.

Siendo diputado, Cooke habĆ­a impugnado el falseamiento oligĆ”rquico del pasado como cobertura de ā€œla tremenda entrega econĆ³mica del paĆ­sā€, resaltando el sentido de la batalla ideolĆ³gica para establecer la verdad y reivindicar las luchas y los caudillos de las masas populares contra los dogmas histĆ³ricos y econĆ³micos que servĆ­an al imperialismo [25]. 

Ramos arguĆ­a la filiaciĆ³n hispĆ”nica del liberalismo de la revoluciĆ³n de Mayo, fruto de la escisiĆ³n de ā€œlas dos EspaƱasā€ y -citando a PuiggrĆ³s y JosĆ© MarĆ­a Rosa- reivindicaba el Plan de Operaciones de Moreno, expresiĆ³n del ā€œjacobinismo sin burguesĆ­aā€ que resultĆ³ derrotado en el reflujo contrarrevolucionario. ExponĆ­a la centralidad del conflicto entre el interior mediterrĆ”neo y los intereses mercantiles porteƱos, dilema ante el cual el litoral ganadero vacilarĆ­a pactando con la ciudad-puerto. Justificaba la rebeliĆ³n de Artigas, asĆ­ como a las montoneras y los caudillos gauchos, enfrentando a los unitarios rivadavianos; denunciaba la creaciĆ³n del Estado-tapĆ³n del Uruguay como parte de las agresiones neo-colonialistas, y juzgaba con cierto equilibrio el rol de Rosas: aunque ā€œrechazĆ³ las exigencias del comercio importador y del capital extranjeroā€, no logrĆ³ ā€œuna nueva base de sustentaciĆ³n acorde con el desarrollo mundial del capitalismoā€, pues su nacionalismo estaba condicionado por la clase saladerista en cuyos lĆ­mites se movĆ­a [26]. 

Vivian TrĆ­as, comparando la polĆ­tica agraria y las ideas econĆ³micas de Rosas con las de Artigas, coincidĆ­a en marcar esa limitaciĆ³n del rosismo que, no obstante jaquear y combatir con eficacia la ā€œsatelizaciĆ³n colonialā€, no logrĆ³ romper la dependencia de los estancieros respecto a los intereses britĆ”nicos, incubando asĆ­ su propia derrota [27].  

Astesano, menos reticente, desarrollĆ³ la nociĆ³n de Ramos de que Rosas ā€œfue la primera expresiĆ³n capitalista en la Argentinaā€ y lo caracterizĆ³ como pionero de una burguesĆ­a nacional, propulsor de un capitalismo basado en la organizaciĆ³n productiva de la estancia, el trabajo asalariado, el desarrollo del transporte fluvial y la protecciĆ³n de las economĆ­as regionales [28].

Astrada, aunque se refiriĆ³ con desdĆ©n a los caudillos federales y censuraba sin ambages a Rosas, hacĆ­a una importante salvedad:

ā€œCaseros, en la petit histoire argentine, es la Troya -por lo del caballo- de la frustraciĆ³n argentina, pues es necesario disociar entre la caĆ­da inevitable y necesaria de Rosas, y la instrumentaciĆ³n de ella, digitada por el extranjero y en beneficio de los intereses forĆ”neosā€ [29].

El relato de Ramos sobre la etapa de la ā€œorganizaciĆ³n nacionalā€ exhibĆ­a las defecciones de Urquiza y las agresiones de Mitre contra el interior y el Paraguay, apoyĆ”ndose en Alberdi. Matizaba el retrato del ā€œlocoā€ Sarmiento reconociendo su ā€œamor por la culturaā€, aunque este sanjuanino ā€œtransigiĆ³ sistemĆ”ticamente con la oligarquĆ­a porteƱa para poder vivir y expre-sarseā€. Era benevolente con Avellaneda por su simpatĆ­a con las posturas industrialistas, y sobre todo con Julio A. Roca, a quien describĆ­a como lĆ­der de una reacciĆ³n de los grupos burgueses provincianos, que hizo un gobierno laicista y progresista, si bien terminarĆ­a ā€œincrustadoā€ en el sistema oligĆ”rquico [30]. 

Spilimbergo compartĆ­a la visiĆ³n de Ramos, y Alfredo Terzaga fue aĆŗn mĆ”s entusiasta en su biografĆ­a de Roca. Sin embargo, esta interpretaciĆ³n era rechazada por otros autores. HernĆ”ndez Arregui coincidĆ­a con Ramos acerca del influjo del liberalismo espaƱol en la emancipaciĆ³n y el juicio sobre Rosas, pero discrepĆ³ con su versiĆ³n del roquismo: ā€œRoca, en Ćŗltima instancia, fue absorbido por la oligarquĆ­a y nunca dejĆ³ de ser su representanteā€ [31]. 

PuiggrĆ³s ahondĆ³ en una amplia revisiĆ³n de la historia argentina y de la regiĆ³n del Plata, incluyendo la conquista y la colonizaciĆ³n espaƱola. Su caracterizaciĆ³n del sistema econĆ³mico de la colonia como ā€œfeudalā€ lo involucrĆ³ en una resonante polĆ©mica con AndrĆ© Gunder Frank y otros historiadores de izquierda, que si contribuyĆ³ a elucidar los modos de producciĆ³n en la formaciĆ³n americana, tambiĆ©n mostraba las dificultades de las categorĆ­as clĆ”sicas marxianas para explicar la dualidad colonial.

El cuadro que trazĆ³ PuiggrĆ³s de la revoluciĆ³n de 1810 hacĆ­a hincapiĆ© en el Plan de Moreno y la lucha federal de Artigas. Su anĆ”lisis de la contradicciĆ³n del interior con el puerto y de las guerras civiles no se apartaba demasiado del revisionismo nacionalista, pero sus apreciaciones sobre Rosas establecĆ­an sensibles distancias: el federalismo rosista, decĆ­a, no fue mĆ”s allĆ” de la defensa de la autonomĆ­a de la provincia que poseĆ­a el puerto Ćŗnico, instrumento del avasallamiento de las demĆ”s; el dictador tiranizĆ³ al pueblo, reduciendo el presupuesto de la educaciĆ³n para aumentar el de la policĆ­a; ā€œla patria de Rosas no era la naciĆ³n sino la estanciaā€. En cuanto al ā€œroqui-juarismoā€, juzgaba que su liberalismo anticlerical no podĆ­a disimular que ā€œpracticĆ³ la polĆ­tica de los grandes terratenientes y del capital extranjeroā€ [32].

La unidad sudamericana

Una idea medular en esta corriente es la uniĆ³n de toda la AmĆ©rica al sur del rĆ­o Bravo. La proposiciĆ³n de Ugarte era refundar la naciĆ³n -que Ć©l preferĆ­a llamar iberoamericana- mediante la unificaciĆ³n y la liberaciĆ³n de nuestros pueblos:  

"Ha llegado la hora de realizar la segunda independencia. Nuestra AmƩrica debe cesar de ser rica para los demƔs y pobre para sƭ misma. IberoamƩrica pertenece a los iberoamericanos" [33].

Recuperando el discurso de Ugarte, Ramos planteaba la reintegraciĆ³n de la patria sudamericana, por sobre las nacionalidades ā€œprovincialesā€ en que se dividiĆ³:

"La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazĆ³ un dĆ­a la mitad de AmĆ©rica del Surā€. ā€œSomos un paĆ­s porque no pudimos integrar una naciĆ³n y fuimos argentinos porque fracasaĀ­mos en ser americaĀ­nos". "La NaciĆ³n, que hasta 1810 era el conjunto de AmĆ©rica hispana, y en cierto sentido, tambiĆ©n EspaƱa, se disgrega en una polvareda difusa de pequeƱos estadosā€. ā€œEn el siglo que presenĀ­cia el movimiento de las nacionaĀ­lidades, la AmĆ©rica indo-ibĆ©rica pierde su unidad nacional. (...) un acto de reposesiĆ³n de nuestro pasado histĆ³rico, serĆ” el primer paso de nuestra revoluciĆ³n. El proletaĀ­riado latinoamericano del siglo XX se ha convertido en el heredero de todas las tareas nacionales que la historia dejĆ³ sin resolver" [34].

HernĆ”ndez Arreguiinvocaba la definiciĆ³n de BolĆ­var: ā€œnuestra AmĆ©rica es la patria de todosā€, y afirmaba que "la unidad hispanoaĀ­mericaĀ­na no es un ideal, sino una comprobaĀ­ciĆ³n histĆ³rica". El Ćŗnico nacionalismo legĆ­timo era el nacionalismo latinoamericano. Consecuente con la visiĆ³n de ā€œla 'patria grande', desĀ­cuartizada pero no disuelta", intentĆ³ un estudio abarcador de la misma, aunque confesaba haber tenido que limitar su ambiciĆ³n: ā€œel tema de la AmĆ©rica hispĆ”nica desborda a un sĆ³lo escritor, y debe ser, dadas las actuales condiciones del continente, tarea de equipos universitarios coordinados de los diversos paĆ­ses latinoamericanosā€.

Ante los dilemas termiĀ­nolĆ³gicos, HernĆ”ndez Arregui aplicaba la denominaciĆ³n AmĆ©riĀ­ca latina -aĆŗn criticando su origen ā€œafrancesadoā€ y desechando una irreal ā€œlatinidadā€- a la realidad econĆ³Ā­mica y polĆ­tica presente, y AmĆ©rica hispĆ”nica para designar la historia y cultura de estos pueblos (con la aclaraciĆ³n de que el adjetivo hispĆ”nica, al referirse a toda la antigua Hispania romana, comprende tambiĆ©n a Brasil por su herenĀ­cia lusitana) [35].

PuiggrĆ³s, no obstante disentir con el concepto de una naciĆ³n latinoamericana preexistente tal como la definĆ­a Ramos, concordaba en la necesidad de la uniĆ³n, y volcĆ³ su interĆ©s por la problemĆ”tica comĆŗn de los paĆ­ses del Ć”rea en numerosos artĆ­culos periodĆ­sticos. Atacando el sesgo economicista y liberal de los planes formulados por los burĆ³cratas de los organismos internacionales, sostenĆ­a que nuestra AmĆ©rica, ā€œuna y mĆŗltipleā€, debĆ­a integrarse por la lucha de sus pueblos para lograr una sĆ­ntesis revolucionaria superior.

ā€œEn AmĆ©rica Latina germina el Nuevo Mundo que fue hasta ahora profecĆ­a. Durante cuatro siglos pasĆ³ de un coloniaje a otro y se edificĆ³ como conglomerado desunido de campos de abastecimiento de Europa o de los Estados Unidos que recibĆ­an a cambio manufacturas, tĆ©cnicas, ciencia, filosofĆ­a y prototipos polĆ­ticos. Hoy, brotes que se multiplican anuncian el fin de esos cuatro siglos de trasplantes...ā€ [36]

Vivian TrĆ­as evocaba el proyecto visionario bolivariano, deduciendo que ya era hora de que ā€œnos desprendamos de la balcanizaciĆ³n que el imperialismo nos impuso y pensemos a nuestro continente como una unidad desde todos los Ć”ngulosā€. AtribuĆ­a al capitalismo inglĆ©s la fragmentaciĆ³n sudamericana y la creaciĆ³n de la repĆŗblica del Uruguay ā€œdesarraigĆ”ndola de las Provincias Unidasā€. Si ā€œla liberaciĆ³n econĆ³mica de nuestros paĆ­ses no puede separarse de su asociaciĆ³n polĆ­tica, o sea, de su unidad nacionalā€, advertĆ­a que la integraciĆ³n tambiĆ©n podrĆ­a intrumentarse ā€œpara afianzar el subdesarrollo y la dependenciaā€ [37].

Cooke vaticinaba la ā€œrevoluciĆ³n latinoamericana, integralā€, relacionĆ”ndola con la tradiciĆ³n histĆ³rica de las luchas por la independencia:

ā€œUna de las cosas que perdimos en Caseros fue la costumbre de escribir y pensar como latinoamericanos. BolĆ­var, San MartĆ­n, Artigas, Moreno, Monteagudo, Rosas, etc., todos escribĆ­an y opinaban como ā€˜americanosā€™. DespuĆ©s de la caĆ­da de Rosas, eso terminĆ³: como semicolonias, los paĆ­ses perdieron ese sentido americano. ReciĆ©n reapareciĆ³ con Yrigoyen, aunque sin poder pasar de su contenido romĆ”ntico y verbal a una acciĆ³n prĆ”cticaā€.

Luego, recordaba, el gobierno de PerĆ³n ā€œretomĆ³ el sentido de la AmĆ©rica Latina como unidad, y lo llevĆ³ a la prĆ”ctica en la medida que fue posibleā€; mĆ”s que los resultados, importaba el concepto de aquella orientaciĆ³n precursora, que en los aƱos Ā“60 habĆ­a madurado en los movimientos de liberaciĆ³n y se proyectaba en la experiencia de Cuba [38].

Los nacionalistas de izquierda apoyaron la RevoluciĆ³n Cubana y su llamado a la uniĆ³n continental contra el imperialismo, en un espectro de posiciones que iban desde la plena identificaciĆ³n de Cooke o de Walsh hasta las objeciones de Ramos, quien criticĆ³ algunas concepciones del Che Guevara y sobre todo el foquismo que pretendĆ­a trasladar la experiencia guerrillera a otros paĆ­ses [39].

El Yrigoyenismo

ApoyĆ”ndose en los textos testimoniales de Ricardo Caballero sobre la composiciĆ³n social de los alzamientos revolucionarios radicales, Ramos recalcĆ³ los orĆ­genes federales del movimiento, al que algunos de sus protagonistas veĆ­an como ā€œuna cruzada... que es el reverso de Caseros y de PavĆ³nā€. Retrataba a HipĆ³lito Yrigoyen, nieto de mazorquero, ā€œde estampa aindiadaā€, perseverante antimitrista, rodeado por hombres de prosapia federal provinciana como Elpidio GonzĆ”lez, conduciendo un torrente de ā€œoscuros hijos del paĆ­sā€: ā€œlas tendencias mĆ”s plebeyas de la sociedad argentina y tambiĆ©n mĆ”s criollasā€, que convergĆ­an con ā€œlos hijos de la primera generaciĆ³n inmigratoriaā€. El austero desinterĆ©s de aquel caudillo habrĆ­a sido un arquetipo para ā€œel moralismo pequeƱo burguĆ©s de las nuevas clases mediasā€, a la vez que personificaba ante los criollos sus virtudes tradicionales [40].

Spilimbergo sintetizĆ³ la definiciĆ³n del yrigoyenismo como una alianza de ā€œclases medias y viejo criollaje federalā€ contra el poder oligĆ”rquico, al que obligaron a garantir el sufragio popular; fue asĆ­ ā€œel primer partido orgĆ”nico y principistaā€ de masas, con un programa centrado en hacer cumplir la ConstituciĆ³n [41].

Ramos (que en 1951 habĆ­a escrito bajo seudĆ³nimo una biografĆ­a laudatoria de Leandro Alem) explicaba el enfrentamiento de HipĆ³lito con su tĆ­o ā€œpor la irresistible propensiĆ³n de Leandro a combatir a Roca aliĆ”ndose con Mitreā€ y forzaba los argumentos para mostrar episĆ³dicas coincidencias entre Yrigoyen y Roca. Respecto a la estrategia de intransigencia y abstenciĆ³n, alternando con la revuelta armada, constataba su eficacia -y su carĆ”cter de escuela para seleccionar los cuadros- que mostraba a Yrigoyen como un habilĆ­simo polĆ­tico.

ā€œNo ofrece ā€˜programitasā€™: ofrece un programa que para su Ć©poca es un programa revolucionario: se trata del derecho a votar y ser elegido en un paĆ­s donde un puƱado de Ā“notablesĀ“ habĆ­a terminado por imponer su voluntad exclusivaā€. 

Como la generalidad de sus colegas de la izquierda nacional, Ramos reconocĆ­a a Yrigoyen haber impulsado la Reforma Universitaria de 1918, aunque este movimiento renovador habĆ­a sido frenado por Alvear y mĆ”s adelante desvirtuado por las propias dirigencias estudiantiles. Pero seƱalaba los tropiezos del gobierno yrigoyenista ante la agitaciĆ³n obrera y, en definitiva, los lĆ­mites de su ā€œnacionalismo agrario y popularā€, que no cuestionĆ³ el modelo exportador oligĆ”rquico: a pesar de sus intenciones de reforma social y los avances en la polĆ­tica petrolera y ferroviaria, mantenĆ­a reticencias a emprender el desarrollo industrial; y a pesar de su polĆ­tica exterior autĆ³noma, neutralista y pacifista, de los gestos hacia los paĆ­ses hermanos agredidos y su desconfiaza ante los Estados Unidos, en las relaciones con Gran BretaƱa el presidente Yrigoyen ā€œno enfrentaba al Imperioā€. Esta era su ambigĆ¼edad ante la oligarquĆ­a.

ā€œSĆ³lo un nuevo movimiento nacional democrĆ”tico, cuyo protagonista fuera el proletariado argentino, podĆ­a llevar mĆ”s adelante la bandera de la revoluciĆ³n nacional...ā€ [42] 

En tĆ©rminos concordantes, HernĆ”ndez Arregui reconocĆ­a en el nacionalismo -ā€œaunque vacilanteā€- de Yrigoyen, el antecedente inmediato de la causa que corporizĆ³ el  peronismo.

PuiggrĆ³s analizĆ³ en el liderazgo de Yrigoyen la influencia formal del krausismo y su impronta moralista. En cuanto al gobierno, interpretaba que, a pesar de sus debilidades, el yrigoyenismo fue una expresiĆ³n antitĆ©tica a la colonizaciĆ³n capitalista del paĆ­s:

ā€œYrigoyen demostrĆ³ en la polĆ­tica exterior la firmeza que le faltĆ³ en la conducciĆ³n interna. En aquĆ©lla contĆ³ con el apoyo de un movimiento policlasista de oposiciĆ³n al imperialismo; en Ć©sta tuvo que optar en la lucha de clases y eligiĆ³ el camino del liberalismo burguĆ©sā€.

AsĆ­, la Semana TrĆ”gica lo alejĆ³ del movimiento obrero, y las matanzas de la Patagonia y del Chaco santafesino ā€œlo enajenaron aĆŗn mĆ”s a la polĆ­tica de la oligarquĆ­a conservadoraā€. En cuanto al rumbo del partido tras la muerte del caudillo, denunciaba la traiciĆ³n de sus herederos, acotando que, como era frecuente en la historia, ā€œla continuidad aparece por caminos imprevistos y de otro origenā€ [43]. 

El Peronismo

Ramos explicĆ³ al peronismo con la categorĆ­a de bonapartismo, basada en el anĆ”lisis de Marx sobre el rĆ©gimen de Luis Bonaparte: PerĆ³n, apoyado en el ejĆ©rcito, representaba los intereses histĆ³ricos de la burguesĆ­a industrial, aunque esta clase, ā€œcobarde y caĆ³tica, inconsciente y semi-extranjeraā€, le fuera en su mayorĆ­a hostil. SegĆŗn una cita de Engels que traĆ­a a colaciĆ³n, tal modelo dictatorial sirve el interĆ©s de la burguesĆ­a, en contra de su voluntad y aĆŗn en oposiciĆ³n a ella, sin dejarle controlar los negocios.

Spilimbergo, Rivera y otros siguieron esta calificaciĆ³n, aunque el mismo Ramos le restĆ³ Ć©nfasis en la Ćŗltima versiĆ³n de su libro sobre la era peronista, quitando del tĆ­tulo el tĆ©rmino bonapartismo. No obstante, insistĆ­a en que el peronismo tuvo que subrogar a la burguesĆ­a nacional debido a la alineaciĆ³n oligĆ”rquica y colonial de la UIA (UniĆ³n Industrial Argentina) y la fragilidad del empresariado nucleado por la CGE (ConfederaciĆ³n General EconĆ³mica). La centralizaciĆ³n del poder y la verticalizaciĆ³n del aparato burocrĆ”tico, decĆ­a, fue necesaria para enfrentar las poderosas redes del sistema imperialista, pero al elevarse por encima de la sociedad e ā€œindependizarse de las fuerzas que le dieron origenā€, PerĆ³n impidiĆ³ la organizaciĆ³n de su propio movimiento y no pudo contar con un frente de partidos nacionales que apoyaran su programa, frustrando la posibilidad de crear una ā€œdemocracia revolucionariaā€ [44].

HernĆ”ndez Arregui admitiĆ³ con reservas la utilidad de la categorĆ­a de bonapartismo. En el primer gobierno peronista veĆ­a la realizaciĆ³n de la RevoluciĆ³n Nacional, ā€œbajo la forma de una democracia autoritaria de masasā€, que no era sino la combinaciĆ³n que Mao describĆ­a como ā€œdemocracia dentro del puebloā€ y ā€œdictadura sobre la reacciĆ³nā€. Una revoluciĆ³n sostenida por el ā€œproletariado nacionalā€, que habĆ­a participado del poder polĆ­tico por primera vez en la historia argentina. El peronismo era ā€œel partido nacional de la clase obreraā€, aunque su sobrevivencia dependĆ­a de que pudiera resolver la contradicciĆ³n entre ā€œla conducciĆ³n polĆ­tica no obrera y la base de masas proletariaā€ [45].

PuiggrĆ³s ā€”dejando de lado la definiciĆ³n de bonapartismo, en razĆ³n de su ā€œdudosa exactitud histĆ³ricaā€ā€” explicĆ³ al peronismo como resultado del crecimiento de las fuerzas productivas en la Argentina, en contradicciĆ³n con el carĆ”cter dependiente de la economĆ­a, y en particular por la necesidad del desarrollo industrial, a la par de la maduraciĆ³n de la experiencia obrera y ā€œel despertar de una conciencia nacional antimperialista entre los intelectuales y en las filas del EjĆ©rcitoā€. Las nacionalizaciones habĆ­an impulsado el ā€œcapitalismo de Estadoā€, que sin ser la socializaciĆ³n ā€œtrae en sus entraƱas elementos de socialismoā€. El contenido de clase del Estado se modificĆ³, a pesar de que faltĆ³ consumar la reforma agraria. El Estado justicialista estableciĆ³ ā€œun equilibrio inestable y provisorio entre la burguesĆ­a y el proletariadoā€, como una etapa de transiciĆ³n. La conjunciĆ³n de clases distintas era, a la vez, la fuerza y la debilidad del peronismo. PerĆ³n habĆ­a errado al dar por implantada ā€œla economĆ­a socialā€ y declarar cumplida la revoluciĆ³n, cuando mĆ”s necesitaba del apoyo combativo de las masas para que no fracasara [46].

Astrada exaltĆ³ el 17 de octubre como la irrupciĆ³n del pueblo, ā€los hijos de Fierroā€, en la plaza pĆŗblica, en un contexto que relegĆ³ a la oligarquĆ­a por una dĆ©cada; pero el proletariado, ā€œcarente de conciencia de claseā€, ā€œhabĆ­a sido vĆ­ctima de un ominoso paternalismoā€ y los dirigentes convirtieron al movimiento peronista en ā€œuna verdadera olla de grillosā€ [47].

Cooke consideraba que el peronismo era ā€œen esenciaā€ nacionalista y socialmente revolucionario -el ā€œhecho maldito de la polĆ­tica del paĆ­s burguĆ©sā€ que, jugando con las propias reglas del sistema, desnudaba la falsedad demoliberal-, y apuntaba su penetrante ā€œcrĆ­tica de la razĆ³n burocrĆ”ticaā€ contra la dirigencia polĆ­tica y sindical que lo entorpecĆ­a y desviaba de sus objetivos [48]. Claro que la apuesta de Cooke chocaba con el propio PerĆ³n y el grueso del movimiento, a los que no iba a lograr convencer de que su destino era la revoluciĆ³n socialista.

En Walsh podemos leer una precisa caracterizaciĆ³n del gobierno del peronismo como una ā€œtentativa de rupturaā€ con la sujeciĆ³n imperialista: un Estado popular que defendĆ­a a la clase trabajadora, en el cual se desarrollĆ³ un ā€œala burguesaā€, la ā€œnueva burguesĆ­a en asensoā€, a la par de ā€œesa enfermedad parasitaria del Movimiento peronista, la burocraciaā€, que luego, bajo el Estado reaccionario, terminarĆ­a convirtiĆ©ndose -particularmente los jerarcas sindicales- en otra expresiĆ³n del imperialismo [49].       

El papel del ejƩrcito

En la secuencia de las luchas nacionales que reivindicaban los nacionalistas de izquierda, la participaciĆ³n militar habĆ­a sido decisiva. Libertadores, caudillos federales, revolucionarios radicales y primeras figuras del peronismo fueron hombres de armas. A la luz de esa historia, era esperable que la RevoluciĆ³n Nacional contara con respaldos en las instituciones armadas.   

HernĆ”ndez Arregui afirmaba que en los paĆ­ses dependientes el ejĆ©rcito podĆ­a cumplir una funciĆ³n anticolonialista, como fue el caso del peronismo, el nasserismo y otros procesos del Tercer Mundo. El nacionalismo del ejĆ©rcito era consustancial a su funciĆ³n profesional y geopolĆ­tica, y por eso salieron de Ć©l decididos industrialistas como Manuel Savio, Enrique Mosconi y Alonso Baldrich. Aunque el temor al comunismo fue introducido en sus filas para ā€œdesbaratar el entendimiento histĆ³ricoā€ entre el poder militar y los trabajadores, habĆ­a una ā€œtradiciĆ³n popular hispanoamericana de nuestros ejĆ©rcitos emancipadoresā€ y en la Argentina se daban las condiciones para ā€œun reencuentro entre el ejĆ©rcito y el proletariadoā€ [50].

Al tratar diversos momentos de la historia militar, Ramos enaltecĆ­a una tradiciĆ³n nacional y popular en el seno de la instituciĆ³n, sin dejar de contraponerla a las infamias, la imbecilidad o la venalidad de los generales de la oligarquĆ­a. Relataba tambiĆ©n que, dentro del Estado peronista, el ejĆ©rcito jugĆ³ como actor directo en los planes para desarrollar una industria pesada, aunque despuĆ©s de 1955 fue ā€œdiezmadoā€ para ponerlo al servicio del sistema oligĆ”rquico [51].

En la dĆ©cada de los ā€˜60, Cooke llegĆ³ a la conclusiĆ³n de que era inĆŗtil esperar una rectificaciĆ³n de los militares argentinos:

ā€œDesde 1955, el ejĆ©rcito es un partido mĆ”s, el partido continuo del rĆ©gimen, el partido con la mĆ”xima capacidad de violencia en una fase histĆ³rica en que la institucionalidad democrĆ”tica-representativa no funciona y todo es acciĆ³n directaā€.

Desalentando el seguidismo pero tambiĆ©n el anti-militarismo de ciertos sectores, Cooke aƱadĆ­a que ā€œnadie podrĆ” convencerme de que el ejĆ©rcito de San MartĆ­n y de Dorrego es tambiĆ©n el ejĆ©rcito del Conintes y las torturas o la represiĆ³n, o que la gloria que nuestros antepasados conquistaron con la lanza cubra ahora el manejo de la picana o se empaƱe por la actividad represiva de ahoraā€ [52].

Walsh, cuya obra literaria y denuncialista panteĆ³ los dilemas que atravesaba la profesiĆ³n militar al enfrentarse con el pueblo, optĆ³ al fin, igual que Cooke, por el proyecto de construir otro ejĆ©rcito, una fuerza armada popular para emprender la revoluciĆ³n.  

Como un eco tardĆ­o, las expectativas sobre un reencuentro de los militares con el pueblo resurgieron confusamente en 1982, en la agonĆ­a del Proceso, con motivo de la recuperaciĆ³n de las Malvinas. Ramos, Siplimbergo y Astesano expresaron su apoyo a esa ā€œgestaā€, justificando la distinciĆ³n entre el rĆ©gimen dictatorial y los intereses histĆ³ricos del paĆ­s [53].

Las raĆ­ces criollas e indĆ­genas

Astrada contestĆ³ las ā€œdeformacionesā€ de la visiĆ³n oligĆ”rquica acerca de los pueblos indios, atribuyĆ©ndolas al designio de justificar ā€œla campaƱa de exterminioā€ que culminĆ³ con la ā€œconquista del desiertoā€. El programa que avizoraba, para adaptar y aplicar los frutos de la cultura europea a la sociedad latinoamericana, requerĆ­a considerar          

ā€œque este aporte viene a sedimentarse sobre los restos de las culturas aborĆ­genes y su aĆŗn perviviente soporte humano; culturas y formas sociales desinteĀ­gradas, pero no del todo extinguidas. Su aliento telĆŗrico y sugestiĆ³n aĆŗn persisten e influyen, directa o indirectamente, en la vida, usos, costumĀ­bres y hasta en la orientaciĆ³n cultural de nuestras actuales comunidades".

En la filosofĆ­a de Astrada, la identidad y el destino argentinos estaban cifrados en el gaucho, que fue ā€œuna clase social, vinculada por la mezcla de sangre con las razas aborĆ­genesā€, eslabĆ³n entre el indio y el criollo -es decir, el hombre culturalmente mestizo-, metamorfoseado hoy en el sector mayoritario del pueblo. Su profecĆ­a era que ā€œel gaucho vengarĆ”, a la corta o a la larga, al aborigen destruĆ­do, ya que lleva tambiĆ©n su sangreā€, contribuyendo a integrar a los sobrevivientes de esos pueblos [54].

Las disquisiciones de HernĆ”ndez Arregui sobre el ser nacional hablaban de ā€œcalar en las culturas indĆ­genasā€ y ā€œreivindicar a las poblaciones nativasā€. Los ejemplos de ā€œsuperior espĆ­ritu revolucionarioā€ en ā€œpaĆ­ses de fuerte ascendencia aborigen y mestizaā€ como MĆ©xico, Paraguay, Bolivia, Cuba, rebatĆ­an ā€œla fementida inferioridad de las masas indĆ­genasā€. ConcluĆ­a en que el problema Ć©tnico derivado de la existencia de distintas razas era real, pero la soluciĆ³n era social, en la medida en que madurara la conciencia del ā€œproletariado latinoamericanoā€ [55].

Descartando la visiĆ³n liberal de la ā€œexcepcionalidad argentinaā€ en AmĆ©rica, PuiggrĆ³s partĆ­a del estudio de las sociedades indĆ­genas en las que se asentĆ³ la estructura colonial, explicaba la matriz de nuestra sociedad en torno al mestizaje racial y cultural, analizaba el origen de los gauchos, y destacaba las insurrecciones indias y la participaciĆ³n de las castas en armas como factores de las contradicciones de clases que condujeron a la revoluciĆ³n independentista [56].

Tal como otros nacionalistas, estos autores observaban que la inmigraciĆ³n europea masiva, que en Argentina se concentrĆ³ en el litoral dominante, habĆ­a interrumpido la transmisiĆ³n oral de las tradiciones autĆ³ctonas en las familias, favoreciendo la operaciĆ³n pedagĆ³gica racista y ā€œdesnacionalizadoraā€ del positivismo oligĆ”rquico sobre las clases medias.

Astesano asumĆ­a que, tras ā€œmedio milenio de avasallamiento europeoā€ en el cual la historia americana fue escrita por intelectuales que tenĆ­an ā€œsus pies en nuestra tierra y su cabeza en Europaā€œ, ā€œno contamos todavĆ­a con un pensar ni un lenguaje propio, que nos permita encarar el problema indĆ­gena en toda su profundidadā€. Su intento por llenar ese vacĆ­o lo llevĆ³ a explorar el pasado remoto de la naciĆ³n indoamericana, sus hilos de continuidad en el mestizaje de la colonia y la significaciĆ³n de los proyectos de los patriotas de la independencia, en particular el de la monarquĆ­a incaica propuesta por Belgrano, sugiriendo que en esta direcciĆ³n se abrĆ­a la posibilidad de profundizar la conciencia de una nueva nacionalidad americana [57].

Trascendencias y balance

Las formulaciones de los fundadores del nacionalismo de izquierda tenĆ­an las virtudes y defectos propios de su carĆ”cter comprometido. Si ofrecĆ­an ciertos flancos dĆ©biles por su esquematismo, poseĆ­an el vigor de la utopĆ­a y ejercĆ­an un eficaz sentido crĆ­tico. Sus tesis incidieron en las rupturas que sufrieron los socialistas y comunistas, y no fueron ajenas al surgimiento de las llamadas ā€œnuevas izquierdasā€ [58]. Influyeron en importantes sectores del peronismo y en el lĆ­der del movimiento, que apreciĆ³ la contribuciĆ³n de algunos de sus exponentes. TambiĆ©n nutrieron los planteos ideolĆ³gicos de las organizaciones armadas que aparecieron a lo largo de la dĆ©cada de 1960 -incluso las que no se vinculaban con el peronismo-, aunque pocos de ellos habĆ­an propiciado la guerra revolucionaria.

Los nacionalistas de izquierda concebĆ­an la revoluciĆ³n ante todo como insurrecciĆ³n popular. HernĆ”ndez Arregui, que habĆ­a confiado en que una fracciĆ³n del ejĆ©rcito cumpliera el papel de vanguardia del levantamiento del pueblo, apoyĆ³ la lucha armada contra la dictadura militar, no asĆ­ contra el gobierno de 1973. PuiggrĆ³s veĆ­a las acciones de la guerrilla como parte de un proceso de eclosiones sociales que debĆ­a converger hacia un ā€œpoder revolucionario popular centralizadoā€. Ramos, en cambio, se pronunciĆ³ enfĆ”ticamente contra la ā€œactividad terroristaā€ de los ā€œgrupos pequeƱo-burgueses armadosā€ [59].

Tras los virajes histĆ³ricos de la Ćŗltima dĆ©cada del siglo XX, algunas aristas del nacionalismo de izquierda perdieron actualidad. La fe en el avance inexorable del socialismo ha sido sustituĆ­da en gran parte por una nueva confianza en la profundizaciĆ³n de la democracia. Con la reducciĆ³n y dispersiĆ³n de las clases obreras, decayĆ³ su papel de vanguardia del cambio social. La opciĆ³n revolucionaria del peronismo fue aplastada por la reacciĆ³n interna y externa al mismo. La revoluciĆ³n violenta no es considerada ya como Ćŗnica vĆ­a por las izquierdas y los movimientos populares, y las expectativas en cualquier soluciĆ³n dictatorial o militar resultan inadmisibles.

Sin embargo, la conquista de la autonomĆ­a nacional en el marco de la integraciĆ³n sudamericana ha llegado a ser un axioma de los discursos polĆ­ticos, en Ć©ste y en los demĆ”s paĆ­ses del continente. La renovaciĆ³n del revisionismo histĆ³rico y la crĆ­tica de las corrientes ideolĆ³gicas argentinas, que mostraron por un lado las causas del desarraigo y los fracasos del progresismo liberal y las izquierdas tradicionales, y por otro lado el encadenamiento de los movimientos nacionales de masas que caracterizan nuestra historia, siguen teniendo vigencia polĆ©mica. La reivindicaciĆ³n de las huellas de los pueblos originarios en la cultura que vivimos, asĆ­ como la postulaciĆ³n de un pensamiento propio, orientador de las mayorĆ­as populares, son desafĆ­os alrededor de los cuales todavĆ­a podemos leer con interĆ©s lo que estos hombres escribieron.

La recapitulaciĆ³n de las obras citadas nos deja la impresiĆ³n de que partes sustantivas de sus afirmaciones -pese al revival global del liberalismo y las evoluciones e involuciones en las nuevas izquierdas- se han incorporado al sentido comĆŗn de la cultura polĆ­tica mayoritaria, o al menos de un sector significativo de la misma, y contienen incitantes sugerencias para proseguir reflexionando. Como provisoria concluĀ­siĆ³n, nuestra hipĆ³tesis es que la trascenĀ­denĀ­cia del nacionalismo de izquierda ha sido mayor que el menguado reconociĀ­miento que reciĀ­bieron hasta ahora sus ideĆ³logos.
Publicado en Hugo Biagini y Arturo AndrĆ©s Roig (Comp.), El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX, tomo II , Buenos Aires, Biblos, 2006. 


NOTAS
1 Entendemos que el concepto de SudamĆ©rica es mĆ”s apropiado ?y mĆ”s congruente con el sentido del nacionalismo de izquierda? que el de ā€œAmĆ©rica latinaā€, aunque los autores que consideramos utilizaban con frecuencia este Ćŗltimo.  
2 L. Incisa, ā€œNacionalismoā€ en N. Bobbio y N. Matteucci, Diccionario de polĆ­tica, 1986. E. J. Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1870, 1991.
3 Ver H. Chumbita, ā€œEl americanismo de los revolucionarios de 1810ā€ en Ciudadanos NĀ°  5, Buenos Aires, OtoƱo de 2002.   
4 Empleamos el tĆ©rmino populismo con un significado prĆ³ximo al de Ernesto Laclau en PolĆ­tica e ideologĆ­a en la teorĆ­a marxista, 1978, como un modo de apelaciĆ³n a movilizar al conjunto del pueblo, por sobre las clases, para enfrentar al poder establecido. 
5 A. Jauretche, F.O.R.J.A. y la dƩcada infame, 1962.
6 J. Ingenieros, SociologĆ­a argentina [1913-18]. 
7 N. Galasso, La izquierda nacional y el FIP, 1983.
8 Nos referimos a los forjistas Jauretche y Scalabrini Ortiz, el historiador JosĆ© MarĆ­a Rosa, el constitucionalista Arturo Sampay, el filĆ³sofo Rodolfo Kusch, e incluso a Leopoldo Marechal, Rogelio GarcĆ­a Lupo, Alberto Methol FerrĆ© (proveniente del nacionalismo ā€œblancoā€ de Luis Alberto de Herrera), el sociĆ³logo brasileƱo Helio Jaguaribe, et al. 
9 J. J. HernĆ”ndez Arregui, Nacionalismo y liberaciĆ³n, 1969, p. 68-71, 31 y ss.
10 R. PuiggrĆ³s, Historia crĆ­tica de los partidos polĆ­ticos argentinos, 1986, p. 30-31; El proletariado en la revoluciĆ³n nacional, 1958, p. 41 y ss. 
11 J. A. Ramos, La lucha por un partido revolucionario, 1964, p. 109 y ss.
12 J. E. Spilimbergo, Juan B. Justo y el socialismo cipayo, s/d, p. 45, 15, 46-47; La revoluciĆ³n nacional en Marx, s/d.
13 Citas de Cooke en N. S. Redondo, El compromiso polĆ­tico y la literatura, 2001, p. 133 y ss.
14 HernĆ”ndez Arregui, Nacionalismo y liberaciĆ³n, 1969, apĆ©ndice. 
15 PerĆ³n/Cooke, Correspondencia, 1984, p. 219.
16 PeriĆ³dico Azul y Blanco, en A. Methol FerrĆ©, La izquierda nacional en la Argentina, s/d, p. 39-42. 
17 HernĆ”ndez Arregui, La formaciĆ³n de la conciencia nacional, 1973, p. 484-485; Nacionalismo y liberaciĆ³n, 1969, p. 97-100 y 189-198.
18 HernĆ”ndez Arregui, La formaciĆ³n de la conciencia nacional, 1973, p. 215. C. Astrada, El mito gaucho, 1972, p. 151.
19 PuiggrĆ³s, El proletariado en la revoluciĆ³n nacional, 1958, p. 35-48.
20 E. B. Astesano, Nacionalismo histĆ³rico o materialismo histĆ³rico, 1972, p. 202-206.
21 M. Ugarte, La reconstrucciĆ³n de HispanoamĆ©rica, 1961, p. 9.
22 Astrada, El mito gaucho, 1972, p. 1, 25, 75, 139 y ss, 85 y ss, 137.
23 PuiggrĆ³s, Historia crĆ­tica de los partidos polĆ­ticos argentinos, 1986, p. 11, 16 y ss, 32 y ss.
24 HernĆ”ndez Arregui, La formaciĆ³n de la conciencia nacional, 1973, p. 50; QuĆ© es el ser nacional?, 1963, p. 260 y ss.
25 Homenaje a Adolfo SaldĆ­as (1949), en R. Gillespie, J. W. Cooke. El peronismo alternativo, 1989, p. 104-109.
26 Ramos, Las masas y las lanzas. 1810-1862 (vol. 1 de RevoluciĆ³n y contrarrevoluciĆ³n en la Argentina), 1973, p 19 y ss, 31 y ss, 75 y ss, 160 y ss.
27 V. TrĆ­as, Juan Manuel de Rosas, 1974, p. 99.
28 Ramos, Las masas y las lanzas, p. 149. Astesano, Rosas. Bases del nacionalismo popular, 1960.
29 Astrada, El mito gaucho, 1972, p. 148.
30 Ramos, Del patriciado a la oligarquĆ­a. 1862-1904 (vol. 2 de RevoluciĆ³n y contrarrevoluciĆ³n en la Argentina), 1973, p. 171 y ss. 
31 HernĆ”ndez Arregui, La formaciĆ³n de la conciencia nacional, 1973, p. 480-481.
32 PuiggrĆ³s, Rosas, el pequeƱo, 1944; Historia crĆ­tica de los partidos polĆ­ticos argentinos, 1986, p. 137.
33 Ugarte, La reconstrucciĆ³n de HispanoamĆ©rica, 1961, p. 17.
34 Ramos, Las masas y las lanzas, 1973, p. 17-18.
35 Hernandez Arregui, ĀæQuĆ© es el ser nacional?, 1963, p. 23, 9, 33-34.
36 PuiggrĆ³s, AmĆ©rica Latina en transiciĆ³n, 1970; IntegraciĆ³n de AmĆ©rica Latina. Factores ideolĆ³gicos y polĆ­ticos, 1965.
37 Trƭas, Juan Manuel de Rosas, 1974, p. 11; El imperialismo en el Rƭo de la Plata, s/d, p. 11-12; Imperialismo y geopolƭtica en AmƩrica Latina, 1989, p. 273 y ss.
38 PerĆ³n/Cooke, Correspondencia, 1984, p. 220.
39 Ramos, La lucha por un partido revolucionario, p. 93 y ss; La era del peronismo, s/d, p. 244-246, 251 y ss.
40 Ramos, La bella Ć©poca. 1904-1922 (vol. 3 de RevoluciĆ³n y contrarrevoluciĆ³n en la Argentina) 1973, p. 64 y ss, 116 y ss, 222 y ss.
41 Spilimbergo, Historia crĆ­tica del radicalismo, 1974; Juan B. Justo o el socialismo cipayo, s/d, p. 90-91.
42 Ramos, La bella Ć©poca, 1973, p. 118, 258 y ss, 272 y ss; El sexto dominio. 1922-1943 (vol.4 de RevoluciĆ³n y contrarrevoluciĆ³n en la Argentina), 1973, p. 75-113.
43 PuiggrĆ³s, El yrigoyenismo, 1974, p. 73 y ss, 69, 211, 78. 
44 Ramos, La era del bonapartismo. 1943-1972 (vol. 5 de RevoluciĆ³n y contrarrevoluciĆ³n en la Argentina), 1973, p. 182; La lucha por un partido revolucionario, 1964, p. 15-17; La era del peronismo, s/d, p. 101 y ss, p. 136-137.
45 HernĆ”ndez Arregui, La formaciĆ³n de la conciencia nacional, 1973, p. 397 y ss, Nacionalismo y liberaciĆ³n, 1969, p. 297 y ss; ĀæQuĆ© es el ser nacional?, 1963, p. 267.
46 PuiggrĆ³s, El proletariado en la revoluciĆ³n nacional, 1958, p. 51-77.
47 Astrada, El mito gaucho, 1972, p. 118-119.
48 Cooke, Peronismo y revoluciĆ³n, 1971.     
49 R. Walsh, Caso Satanowsky, 1973, p. 169 y ss.
50 HernĆ”ndez Arregui, La formaciĆ³n de la conciencia nacional, 1973, p. 487-490, 39, 
51 Ramos, La lucha por un partido revolucionario, 1964, p. 60-67; La era del peronismo, s/d, p. 109-111, 177.
52 Conferencia del 4 de diciembre de 1964, en R. Baschetti, Documentos de la Resistencia Peronista 1955-1970, 1988, p. 187.     
53 Ramos, La era del peronismo, s/d, p. 297 y ss. Astesano, La naciĆ³n indoamericana, 1985, p. 4. 
54 Astrada, El mito gaucho, 1948, p. 12 y ss, 137, 39-40.    
55 HernĆ”ndez Arregui, ĀæQuĆ© es el ser nacional?, 1963 , p. 23 y ss, 244 y ss.
56 PuiggrĆ³s, De la colonia a la revoluciĆ³n, 1957, p. 65 y ss, 154 y ss, 256 y ss. 
57 Astesano, La naciĆ³n indoamericana, 1985, p. 3; Juan Bautista de AmĆ©rica, 1979.
58 Ver O. TerĆ”n, Nuestros aƱos sesentas, 1993, aunque su anĆ”lisis no distingue a la izquierda nacionalista como corriente y la engloba en la ā€œnueva izquierda intelectualā€.   
59 Ver Galasso, J. J. HernĆ”ndez Arregui: del peronismo al socialismo, 1986, p. 199 y ss. PuiggrĆ³s, AdĆ³nde vamos, argentinos, 1972, p. 209-210. Ramos, La era del peronismo, s/d, p. 251-254.


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