Elvio Romero Poesía Escogida [1949-2007] | Selección, Transcripción de Textos y Nota Biobibliográfica de Luis Alberto Vittor






De: Días Roturados (1949)


LAS PALABRAS NO CUENTAN...

Cantar, cantar evocando sucesos
Que están oliendo a sangre, a agobio, a escombro;
Dar un retrato vivo de jirones terrestres,
De angustia prolongada o árbol
Desgranando su verde entre estampidos;
Tener tantas palabras y no tener ninguna
Entre el amor y el odio de los hombres.

¡Tanta edad, tanto tema de exterminio
Llegan y forman libros, estantes, librerías;
Tanto tema de llanto, de perforada atmósfera,
De agujeros amargos...!

Cuando hablamos de muertos,
De esas madres endebles, sabias de sufrimiento;
Cuando hablamos de rápidos sucesos,
Sucesos diseñados sobre un mapa de vértigos,
Las sílabas nos duelen, las palabras retumban
Mutiladas, cortadas de quebranto,
Se resisten las letras, los acentos gotean
Y el hombre es una máscara deforme,
Una sombra entre escombros y escombreras.

¿Qué son estas estampas,
Las líneas contraídas, las imágenes tristes
De las hondas goteras de la lágrima,
Del beso prisionero sobre redes de llanto?
¿por qué retratos rotos, y no vida?
Todo se va en papeles, estantes, librerías,
Láminas en desuso, tinta gastada y seca.
En nada, en nada más que en papeles,
Pilones de papeles,
En palabras gastadas que no cuentan...

¡Cómo se olvida al hombre y sus verdades!
¿Por qué la noche y no la transparencia?
¿Dónde el preciso móvil que lo lleva a la lucha,
Con urgencia de vida?
Dentro de este desorden y estos vertiginosos
Bautismos de metales:
¡Cuántas palabras, sílabas raídas,
Y al fin saber que no hay una palabra, mil
Palabras
Que retraten exactas estas ruinas, enseñándole al
Hombre
La luz, las claridades!

Tanto ver la pobreza...;
Tanto morir por dentro con los muertos,
Y luego ver que existen noches largas, secas,
Tensas, vacías, de fiestas o festejos
-por otros meridianos y otras patrias sin
Que nadie recuerde estas tremendas
Hondonadas de sangre...

¡Cuántas palabras sobran!
¡Qué urgencia de seguras vocaciones y brújulas
Para cruzar la niebla de este tiempo en desvelo!

Recordar a los muertos, su madera
De crucifijos rotos;
Y no ver condolerse más que a aquellos
Que en el vértigo estaban;
A nadie más estas vasijas llenas
De humareda y sangrías, este drama de pueblo,
A nadie, a nadie, ¡a nadie!

... Caminar sobre asfaltos de cadáveres,
Encajes afligidos y frentes desgarradas;
Rememorar las ruinas, la camilla, la venda,
Las venas como sogas resecadas,
El asombro, la sangre...


ESTAMPA


De duras manos toscas
Y torso duro, primero fue yuntero,
Creciendo entre clavados morichales
-hijo de labradores macilentos-,
Con la pobreza que dejó en su rostro
Visibles hondonadas con el tiempo.

Después, cuando los años
Fueron trazando pliegues en su cuerpo,
Como la lluvia que se da a la tierra,
Fue dejando su ardor por los esteros,
Con un grito moreno que saltaba
Como madera sólida de pecho.

Va atravesando roncas intemperies
Con olor a sudor, a viejos cueros,
Haciéndose profundo como el ámbito
De la extensión desierta y del desierto.
Harapiento y lacónico, no tiene
Más que el ardor del viento carretero.

La amenaza nocturna, el filo que golpea,
La venganza resuelta en el acecho,
La mañana embarrada en los pantanos,
La enredadera, el sobresalto, el miedo,
Lo encuentran sumergido
Dentro del musgo que claro el silencio.

Todos lo divisamos,  aquí mismo,
Erguido entre cañados indefensos,
Con los ojos despiertos y febriles
Por un vivo desprecio
Tenso como su sangre, maduro y torrencial,
Desbordado y tremendo.

El es como nosotros.
Sobresaltado, claro, verdadero.
Ama y odia, profundo
Como una hoguera que batalla ardiendo.

Y mirando las ruinas y las ruinas
Y el camino deshecho,
Herido, con el brazo ensangrentado y ensangrentado el cuerpo,
Trajina esta vorágine.

Lo llamamos Juan Pueblo.




PRESENTO A TACAXI

I

Yo puedo presentaros:
Tacaxí, manchado en lodo,
cincelado con duras herramientas boreales
en la cruda materia del desierto,
retazo de follaje endurecido,
contextura gomosa que ha tallado la selva
con buril de vegetales.

Tacaxí,
de ásperas proporcionales, indio de arcilla,
mojado con aceite primitivo
de frutas y de charcas,
mensajero de rosas ancestrales,
turbulencia estelar,
sorbo de tierra.

Una violencia antigua
le cruza todo el cuerpo de mandioca,
la persiana entreabierta de los párpados
donde pesa un letargo con cerrajes
de cobre milenario.

Poblado por el viento,
-con ese taciturno sigilo de tigres,
de las bestias nocturnas-,
varón de los senderos aborígenes,
sale de un laberinto complejo de cortezas,
de pesado desorden, de veranos,
de atávicos rituales
o de secos tunares ya longevos.

Tacaxí:
sensual, enérgico y severo;
Tacaxí:
sorbo de tierra.

II


¿De dónde vino el indio?.¿De dónde su pesado
carbón mordido y negro?
¿De qué maraña amarga su pecho de combate,
su nocturno pedazo de forestal diadema,
su olor a arcilla, a barro,
su reliquia de pobre soledad desgarrada,
su calor cotidiano de quebranto y desvelo?.

¿Por qué su mano antigua descubre los secretos
de aquella carretera de sonidos
trazada sobre el mapa del círculo y del cuerpo?
¿Por qué rueda en sus manos con tan vivida
  urgencia
la exactitud raída de la flecha?


Tambor nocturno,
cuero de tambores nocturnos:
el Paraguay le enseñaba sus sensibles
lastimaduras de paloma herida,
su agredida intemperie y transparencia,
su asediado ramaje de lapachos
con sombras violentadas,
sus trituradas ramas.

No sólo por el aire,
no sólo por las plantas y raíces
llegaron muertes, crímenes,
sino por todo el ancho calor de los caminos
bordeando el aguerrido terraplén de los toldos.

III

Testimonio del tiempo,
vínculo inmemorial, cuero extendido:
moreno Tacaxí,
centinela de edades apagadas,
retazo de oquedad,
greda callada.

Juntó flecha y fusil, tambor y dianas,
superando aquel mito de la sangre
fructiferando engaños,
mayorales, látigos,
y negra pulpa de dolor indígena.

Tocó la fibra popular el indio
cuando llegó a la dura gravedad
combatiente.

Y fue un soldado más por estos campos,
un cuerpo con furor secreto y ávido.

Yo hoy puedo presentaros:
Tacaxí, sorbo de nuestro suelo.


DE REGRESO


Volveré con el vuelo de los pájaros.
Sumergido en la fiesta del sol en el camino
Retornare cantando.

Diré que he visto bravos varones en bañados,
Con pupilas de espuma mirando las llanuras
Sobre recios caballos.

Sensitivas imágenes, como viñedos o astros,
Esculpían sus nombres en troncos y palmeras
Con imborrables rastros.

Soberbios, implacables; así los he mirado,
Pues parecían lumbres u hoyos de minerías
O manantiales claros.

Quiero beber el agua cristalina del campo
Y ver a la cautiva semilla del durazno,
Besada por un pájaro.

Volverán las mujeres a amar a sus soldados,
Varones cincelados en fogosos destellos,
Vigorosos y honrados.

Quiero ver la ceniza del fogón apagado,
Y a través de sus ciegas galerías tiznadas
Remozar dedos, manos.

Resurgirá el decoro con su fulgor ganado,
Y el hijo -desprendido de posibles naufragios-
Verbo simple, a mi lado.

Cantarán los herreros sobre yunques quemados,
Y aquel ciego con arpa que abandono la aldea,
Volveré con su báculo.

Con un sueño de amor entre las manos
-sin dudas, sin temores ni pesadumbre alguna-,
Retornare cantando.
¡VOLVEREMOS! RECUERDA...

No desesperes, madre...
Aquí llegamos,
Con un fervor de fuego y vegetales,
Con una sangre indígena gastada
Por el hosco quebranto de los años.

Todo fue en vano;
En vano fue que hirieron el capullo
Un largo atardecer de sobresaltos, de sangre,
De otoño quebrantado:
En vano acrecentaron el desprecio
Y un odio descarnado
Y ese báculo roto de la muerte bajando
Al raído estelaje de los huesos.

No desesperes, madre:
Retornaré de súbito; iremos por las hondas
Palideces
De las cosas que en ira se deshacen,
Por ese llanto tuyo de aluminio
Que alteró el asentado paisaje de to rostro.

Te he mirado entre ruinas
—Metal de minerías—, y eras una solemne
Cicatriz arrugada, con pliegues y agujeros
Trazados sobre un mapa de quebranto;
Y he visto al pescador abriendo el agua
Por hallarte,
Y eras una bandera con jirones, con luto,
Madre de todos,
Paraguaya del tiempo del dolor, del rudo tiempo
De las restituciones.

¡Volveremos! Recuerda:
El pan sale del trigo; la simiente resurge
Con la lluvia; el clavel arrasado
En años de dolor estalla en balas!

No desesperes, madre…




De: Resoles Áridos (1950)


VÉRTIGO


No toquéis esta tierra sino tenéis la sangre
Dispuesta a ser después antorcha viva,
Quemazón de parte a parte.

Mapa descolorido (sol, paisaje),
Entre golpes, arado por terribles
Y secas soledades.

De Norte a Sur, resolanas que salen
Por la epidermis, como un tufo denso
Que al viento se deshace.

El Sur, callado, una corola que abre
Como una mano antigua su silencio,
Su dolor, por el aire.

Un hedor calcinado de yerbales.
Un verano que acecha entre las ramas
Y en el sudor se expande.

El Norte, duro, un combatiente sable
De abierto cortezón y de tanino;
Furor de quebrachales.

Lúbricos mediodías que se esparcen
Por las grietas escuálidas, sedientas,
Que encandilan la sangre.

Y el Centro, un corazón quemante,
Latido potencial, alforja verde,
Crisol de mandiocales.

Encendidos terraplenes, hondos valles,
Paren niños con ojos dilatados
Y estómagos con hambre.

Desde antiguo esta tierra tiene arranques
De furor, que le arañan los raigones
Como rayos brutales.

A martillazos forja este linaje
De hombres que tienen la corteza dura,
Que en las cortezas laten.

Bordado a lento fuego, su ropaje
Nos cubre con su seca virulencia
De calor sofocante.

No la toquéis sino queréis que os claven
Su espina roja, su ademán terroso,
Su vértigo implacable.

Callada es esta tierra. ¡No la toquéis!
Sus polvaredas arden.


PAISAJE

Además, todo es sencillo.
Lomadas rojas, lomadas enjutas, secas.
Sedienta res bordeando tajamares.
Silencio y sed en el solar desierto
Y protesta apretada en los bolsillos.

Todo es sencillo.

Además,
Niños —tubérculos desnudos, amarillos—.
Sin nada y nadie el mandiocal cercano.
Hambre a puñado, a puño enardecido.
Bocas rabiosas de dormir hambrientas.
A lo lejos, pequeños vientres caídos.
La muerte en el camino.

Todo es sencillo.


CANTO EN EL SUR


Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.

Soy como tú,
de piel morena, oscura, oscura,
con estrellas heridas por adentro
y por fuera sudor, cáscara ruda.

Tengo la sangre hirviendo
como un sinuoso trueno derramado;
tengo las manos ásperas
como herramientas duras y soleadas;
tengo los ojos lúbricos
como lúbricas raíces.

Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.

Te vi ayer en el Norte;
vi en el Norte lo mismo, el mismo
y primario dolor sobre los cuerpos,
el aguardiente galopando a sorbos
y lo demás lo mismo: el mismo
brazo sudando a contraluz sangrienta,
el mayoral que brama entre los árboles,
los mismos ojos sin calor, la misma
temblorosa epilepsia del sudor,
los mismos exprimidos, los mismos coronados!

Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.

Soy como tú,
la misma turbulencia contra el mismo espejismo,
idéntico remanso bajo la misma noche.

Conservo el sortilegio
de estas zonas arbóreas que me cercan.
Tengo la risa ronca
y estas anchas tristezas.

De piel morena, oscura,
pisando en el calor exasperado.




De: Despiertan Las Fogatas (1953)


CASTIGO


A esta pobre comarca
Le han cruzado la piel a latigazos,
Le inflamaron los pozos
Negros del llanto,
La cicatriz de la ira,
Le abrieron los muñones a golpazos,
A insoportables ramalazos secos.

Le han rajado la cara
Con estampidos de odio.

Y ayer, ¡qué bien sonaba! ¡Qué bien
Su mandiocal sonoro,
Sus caballos que andaban enloqueciendo el belfo
Por el nivel lluvioso del paisaje,
Su juvenil coraje de muchacho,
Su música de troncos,
Su quebracho!

Aquí,
Aquí han puesto la mano,
Aquí desbarataron las centellas,
Aquí las iniciales de los jóvenes muertos
Van del bucle del aire a los claveles,
Aquí el puñal del odio,
Aquí mataron.

Severa era la vida, como el ceño
Ilustre del anciano que con barba de maíces
Trajinaba sus pies por la comarca;
Severa la intemperie, severo el infalible
Recuento de los astros. ¡Y que bien alumbraba
La lumbre sobre el leño!

Pero aquí han puesto fuego
Hambre,
Polvo desaliñado,
Cenizas y mortajas;
Le han sorbido los huesos, le han labrado
La cara con hachazos.

Aquí han puesto la mano.

Y además, golpes,
Golpes rabiosos,
Golpes en la cara,
¡Feroces puñetazos extranjeros!


CARTA A JULIO CORREA


Julio: vuelvo a escribirte ahora, madurado
En este oficio amargo de recordar mi tierra,
Llena de estragos hondos y un sino desolado,
La que dejo vida tendida en su costado
Izando hasta su cielo las sombras de la guerra.

Te recuerdo plantado como un árbol frondoso
Ante el nivel caliente de un crepúsculo abierto,
Árbol antiguo, agreste; ramaje poderoso
De empurpurada tierra, de polvo fragoroso
Resumiendo el silencio del paisaje desierto.

Cuando imagino, Julio, que allí la vida tiene
Un telón de sombrío derrumbe oscurecido,
Que es una rosa ardiente la pasión y sostiene
El corazón su rama de espinos, se me viene
La voz en honda llama de tizón encendido.

Te alcanzo en el sendero la vida más amarga,
Y su sabor amargo lo llevaste prendido,
Como algo que en la densa soledad nos descarga
Una dura tristeza, una tristeza larga,
Arándonos el pulso y el puño decidido.

Has conocido al hombre cuando enseño el severo
Reverso de su sangre poderosa y bravía,
Que luego se hizo fuego vibrante y sol señero,
Torrentera boreal, remanso verdadero,
Abriendo por los montes tajos de valentía.

Todo fue un tiempo clara severidad, tranquilo
Beso del esplendor en la luz mañanera,
De roja claridad acostada en el filo
De la tarde, de limpio albor llevando en vilo
El amor, la mies clara, el sol, la primavera.
Después... ¡lo que sabemos! Viejo dolor ceñido
Al bulbo terrenal que la vida sustenta;
Viejo dolor de pueblo castigado y caído,
De pueblo que levanta su ardor amanecido
En la humillada noche, como dura tormenta!

Después... ¡lo que sabemos! La libertad vendida,
Vendido el cielo claro, vendidas las amigas
Albas que demoraban su ramazón florida,
Vendido el aire suave, la brisa atardecida,
Vendido el corazón, vendidas las espigas!

La libertad, fogosa, reclama nuestra mano,
Dulce como los sueños, roja como la brasa
Radiante que resalta hacia un confín lejano;
La libertad, tan simple como el trigo lozano,
Cual la mesa raída y el vino de to casa.

¿Escucharás también la nueva melodía?
¿No has aguardado acaso que la vida recobre
La fabulosa gracia de vivir la alegría,
De vivirla en las cosas más tiernas cada día,
En el bucle de un niño o en to mantel de pobre?

Cuando regrese, Julio, habrá flores dichosas
Acogiendo el anuncio de las nuevas semillas.
Todo tendrá el aroma de las cosas sencillas.
La tierra, el alba pura se abrirán generosas.
Nosotros, como siempre... ¡cantando maravillas!


CON ESTAS MISMAS MANOS...


Con estas mismas manos, tenaces herramientas
Que aguzan tenazmente sus fabulosas llamas,
Que con sus diez calientes martillos constelados
Yerguen antorchas frescas de semilla labrada,
Hemos de abrir caminos a las constelaciones
Para que un día bajen a besar las escarchas,
A inaugurar un sitio de sencilla hermosura
Donde edificaremos con luz las nuevas casas.

Con estas mismas manos que no siempre pudieron
Detener su torrente de soledad amarga,
El turbulento rio de las venas purpureas
Que en un telar perenne de vida se crispaban
Cuando el dolor tendía sus mantones sangrientos,
Cuando la noche oscura colmaba las mañanas,
¿Cómo no abrir un hito de dulzura y laureles
Para el suspiro tenue de las nuevas muchachas?

Con su férrea materia de incorruptible liquen
Una profunda tierra labraremos mañana,
Donde apetezca el rayo puntas de fortaleza
Y apaciguadamente repose en las guitarras,
Donde el claror sidéreo de las Siete Cabrillas
Arroje polvaredas de luz en las comarcas,
Hasta que el aire ciego, clavel de maravillas,
Tenga voz de cristales donde un niño descansa.

Estas dos talladuras de quebrachos fluviales,
De ingente piedra y monte y opulencia clara,
Que anhelan el linaje secreto de los hombres
Proclamando el austero señorío del alba,
Habrán de ser pacientes custodios del sagrado
Y minucioso germen que inaugura su magia
Sobre el troquel radiante de los hechos futuros,
Sobre el crisol humilde de la nueva esperanza.

No tendrán para entonces sus poderosos cauces
Menesterosas sombras ni surgentes de lágrimas,
Viejo rencor nocturno congelándole el hilo
Del fervor calcinado que irá hasta sus espadas;
No han de tener raíces de temblor compungido,
No han de tener rumores de sangre castigada,
No han de tener recuerdos de linaje ultrajado,
¡No han de tener ramajes de vida triturada!

Con estos dos metales fundidos que las hondas
Noches carbonizadas y el mediodía abrasan,
Con estos dos tizones de fuego saludable
Con implacables chispas de herrería golpeada,
Grávidos de energía como cantaros hechos
En vieja alfarería de tierras hacinadas,
Habrán de abrirse rutas jóvenes de aventuras
—con el honor a cuestas—, ¡ganada la batalla!





De: El Sol Bajo Las Raíces (1956)


EL HIJO DE LA TIERRA


Si me toca volver, si me tocara
volver a lo hondo, al haz de los rastrojos,
a lo hondo triste que encendió mis ojos,
a lo hondo cruento que labró mi cara;

si a mi propio nacer volviera para
remodelar mis raíces y despojos,
y tocando ese erial de fuegos rojos
mi propio origen, fuerte, me tallara:

volvería a cumplir el mismo rito,
volvería a cantar del mismo modo,
volvería a esplender el mismo nombre.

Pues arbolando siempre el mismo grito,
la misma luz transformaría todo,
¡la misma luz coronaría a un hombre!


AGUAFUERTE


Sujeto a palos en cruz,
Un hombre, quieto,
Sobre dos palos en cruz,
Con sogas entre los huesos.

Y abajo el viento.

Acaso atada mi tierra
Como un tamborón de cuero
Sobre dos palos en cruz.
Y enfrente el viento.


¡Toda la patria en el suelo
Sobre dos palos en cruz!

¡Y encima el viento!



LAS RAÍCES


De abajo,
Desde abajo,
¡De allá abajo venimos!

De allá,
De las praderas,
De la más honda piedra, de la lluvia,
Del revés de la lluvia;
Del viento disparado en leguas tórridas,
Del aire aquerenciado en leña y humos,
Desde el punto inicial
De una raíz gloriosa,
De allá,
¡De allá adentro venimos!

Aquí hay hombres que salen
De una dura corteza
(y son madera),
De aguas e inundaciones
(y son de agua),
De agricultura y riego
(y son semillas),
Y hay hombres que son tierra,
Que arrastran en la piel tierra adherida,
Que tienen piel de tierra,
Que tienen tierra en el costado, tierra
Que les hornea el pecho,
. Que son tierra
¡Que tierra son para encender la tierra!

¡Venimos desde abajo!
¿De muy abajo? ¿Acaso
Desde el filón caliente de la sangre,
Desde el fondo ardoroso de las lágrimas
O desde el mismo origen del sudor?
¿Desde el sudor venimos?
¿Venimos ya desde el sudor acaso?

¡Mirad nuestras banderas!,
Mirad que vienen de la agricultura,
De muy adentro estas raíces
Que deliran aquí, que trepan por nosotros,
Que a nosotros adhieren savia y lluvias,
Que aprietan nuestras venas,
Que amarran nuestras manos,
Que nos devuelven siempre
Al tirón ancestral de nuestra sangre,
Que nos hablan,
Que nos recuerdan que de allá venimos.

Venimos desde abajo.
¿De muy abajo? ¿Acaso
Como el enigma puro de una flor luminosa
Besada desde el fondo por labios milagrosos
Cada vez más de abajo,
De a lo largo del polvo de las hojas?
— ¿somos raíces? —
Cada vez más atados a la tierra,
¿Cada vez más atados a las raíces?

¡Mirad nuestras banderas,
Mirad que vienen de la agricultura,
Desde la inmensa noche,
Desde el día!,
¡Desde el punto inicial
De una raíz gloriosa!
¡Temed que puedan encender la tierra,
Mirad que vienen desde muy abajo!


EL SANTERO


Lacú, cara de miel, cabello cano,
Temblándole, jadeante, la camisa,
Fabrica santos, leve la sonrisa,
Barcino guante de sudor la mano.

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto,
Con calor de melcocha por la frente,
Lo llama por allí la buena gente:
"Lacú, cara de miel, cara de santo".

Modela efigies rojas de madera,
Pálidos santos de color de luna,
Y le suenan los dedos como en una
Llanura fatigante y forastera.

Cuando está airado, talla entre avalares,
Y cuando alegre, hasta el taller se alegra,
Se le envuelve la sangre en noche negra
Si se le llena el alma de pesares.

Tales son sus desvelos; son tan fijos
Sus labores, sus vértigos, sus sueños,
Y es tanta la pasión de sus empeños
Que tiene el rostro de sus propios hijos.

Lacú mira el vivir, sigue a la gente,
Ante las vidas simples se emociona,
Siente latir un gesto y lo aprisiona,
Lo fija todo en su labor paciente.

De allí que cuando miran los vecinos
Las figuras de palo en sus altares,
Se ven, tal como son en sus hogares,
Tal como son, jirones de caminos.

Para probar mejor lo que origina
Dentro del puño como fuelle ardiendo,
Se amarra al brazo enérgico un estruendo
De escopeta o cuchillo o carabina.

Si labra un santo, firme y despiadado
Baña el cincel de fuego y agavilla
La gubia con cendal de maravilla,
Fragor de tierra, semillar y arado.

Y si es santa, despierto en nuevo brío,
Le da un soplo final mágico y sabio:

Con flor de pacholí le pinta el labio,
Las lágrimas, con gotas de rocío.

Y tanto se parece a sus criaturas
Que él mismo es ya raíz, árbol, madera,
Palpitación terrestre y verdadera
De cortezas con sol por vestiduras.

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto
Con calor de melcocha por la frente,
Lo llama por allí la buena gente:
"Lacú, cara de miel, cara de santo".




De: De Cara Al Corazón (1961) 


TUS PASEOS

Hoy bajas por la carretera
Y yo to escucho como cantas;
Vuelan pájaros de tus hombros,
Vuelan gramillas de tus faldas;
En las colinas de tus senos
Se aventan las oscuras gramas,
Y se ve en el trasluz del horizonte
Que se disipa ya la madrugada.

Tú sales a mirar la noche,
A trajinar por las llanadas,
Desprendes el cabello al aire
Y la humedad se to rezaga
Bajo los pies, entre las piedras,
Elemental y sofocada,
Y yo to aguardo porque se que traes
Los ojos limpios de esperar el alba.

Necesitas la noche. Sube
Su penumbra por tus espaldas,
Tomas olor a los tomillos,
Desnuda entre las hierbas agrias,
Verdes se quedan tus hoyuelos,
Florecen verdes tus pestanas,
Y vuelves como un árbol caminante,
Como raíz nutrida y fecundada.

Por las colinas de tus senos
Se aventan las oscuras gramas.
Tú necesitas de la noche,
De los montes y las bajadas.
Pones la mano entre la tierra,
Quedas de pronto ensimismada,
Y luego vegetal, verde y sereno,
Tu rostro se ilumina en la mañana.


POR QUÉ


Por qué no habremos de querer nosotros
Lo que nunca quisimos; por ejemplo, una casa
Sobre el remanso de un rio,
Con camalotes en sus costados,
Con sus ventanas en regocijo.

Por qué no habremos de escuchar nosotros
Lo que la noche escucha; por ejemplo, una sombra
Que le sirva de abrigo,
Que allí muera misteriosamente
Asumiendo el color de sus dominios.

Por qué no habremos de pisar nosotros
Lo que jamás pisamos; por ejemplo, un sendero
Con olorosos racimos,
Con una hoguera que allí se encienda,
Con grandes lluvias que nunca vimos.

Por qué no habremos de sonar nosotros
Con un eco que suene; por ejemplo, un murmullo
Que tiemble en el sonido,
El que responda a las preguntas
Que junto al fuego recogimos.

Y por qué no buscar siempre
Lo que es parada en un camino,
Lo que hay de otoño en un verano,
Lo que hay de ardiente en lo más frio,
Lo que es sonrojo en unos labios,
Lo que es Recuerdo en el Olvido,
Lo que es pregunta en la respuesta,
Lo que es jadeo en un suspiro,
Lo que es vital de esa alegría
De esa tristeza en que vivimos.


FUEGO PRIMARIO


Mirarte es ver colinas,
Mirarte así tendida, detenida y desnuda,
Situando planicies de arena en las axilas,
Desnuda y dividiendo la blancura caliente de las sabanas,
Mirarte es ver que oscuros orígenes te pueblan,
Que el aire te enajena por urnas inasibles,
Si te miro desnuda...

Hay cuestas y hay declives,
Hay en tu piel suaves territorios de nubes sensitivas,
Hay humos y adherencias de ardorosa madera,
Hay una sombra ilesa que escapa del asedio,
Si te miro desnuda.

Se ve que en tu cintura
Se doblan valles que arden con vientos incesantes;
Se ve, rosado y táctil, nimbado por rumores,
El hoyo de agua nívea que tu vientre arremansa
Como un rosado tiesto de palpitantes flores,
Si te miro desnuda.

Mirarte es ver colinas,
Lluvias que se diluyen respirando en tus pechos,
Es embestir un campo de tierras onduladas,
Es llegar al origen de la sangre,
Es imantarse al golpe
Que oscuramente sube de tu boca y tus trenzas,
Y es imposible entonces no acosarte y vencerte
Con sedientas hogueras.

Si te miro desnuda.


ASÍ NOS COMPLETAMOS


Al comienzo el amor, buena muchacha,
Al comienzo el amor, las soledades
Y las noches doradas.

Al comienzo el amor. Y adivinabas
Que el pecho que nutria tus anhelos
Te invitaba a su marcha.

Te trajo aquí el amor. Y nuestras ramas
Buscaron conseguir pronto la altura,
Pronto una tierra honrada.

Basto mirar alrededor. Y el alba
Entro resuelta a gobernar el fuego
Tibio de nuestras ansias.

Te trajo aquí el amor. Y ya la casa
Del amor se inundaba con los sueños
De libertad, amada.

Levantaste los ojos. Te surcaba
La misma chispa con que yo encendía
La mecha de mis lámparas.

Ya no hubo entonces soledad; ya nada
Pudo turbar esa quietud profunda
Que vive en tus palabras.

Y hallaste lo que es hoy tu nueva patria:
El sueño justo, el pretender sin tregua
Una firme esperanza.

Así emprendemos ya, juntos, la marcha.
Y nada es duro entre los dos,
Por dura que sea la batalla.

Por triste y dura, pues la vida traza
Para los dos una fragante ruta
Radiante y fecundada.

Así nos completamos. Somos altas
Simientes injertando otras simientes,
Otro sol, otras caras.

Al comienzo el amor, buena muchacha,
Para lograr después, palpando el día,
La libertad mañana!


EL BESO


Germina un beso puro en nuestro pecho,
Un beso que es un poco pan de tierra,
Un poco arena y vuelo.

El beso es una ráfaga, un sereno,
Fulgor que se arremansa en la morada,
Un masculino, aliento.

La única perla que en mi alforja llevo,
La única luz que arrebate a mi sombra,
Su único alumbramiento.

Es una oscura exhalación, deseo,
Un aire tibio que la sangre orea,
Un luminoso fuego.

Es un activo, manantial, un suelto
Clavel sonoro entre los labios, agua
De cántaro opulento.

Es una alondra enloquecida, en celo,
Delirante y nupcial entre las nubes,
Levísimo gorjeo.

Mujer: hoy dejo este profundo beso,
Que ensancha la creación, entre tus faldas,
Temblor del firmamento.

Por el su peso alivian mis maderos,
Por el subo a los árboles, te busco,
Por el te pertenezco.

Por el la ruta es breve, por el peso
El péndulo de sol que te corona,
Pulso un afán de sueño.
Por el nacerá el hijo, por el veo
Que habrán de prolongarse mis raíces,
Mis primarios silencios.

Por el mi propia rectitud defiendo,
Por el mi descendencia irá sembrando
Sus verdes alimentos.

Por el bajo a la tierra y la poseo,
Por el barajo el alma, un poco arena,
Un poco arena y vuelo!


MAGIA


Siempre quisimos que el mundo
Se viese como hoy to vimos.
Como lo supimos ver,
Como, en horas de amor lo presentimos,
Siendo lo que anhelaba ese deseo
De ver de otra manera, ver que el rio
Sale a jugarse en brazos de la noche
Y a la noche escuchar rumor de ríos.

Quien diría que no vi
Tu imagen sobre el rocío,
Que no vi tu inicial bordada arriba,
Que no te vi en el iris de su abrigo,
Que no mire tu cabellera negra
Como enramada en vértigo a su arrimo,
Miraje del albor, encantamiento
Del encendido sol que va contigo.

Te vi temblar.
Al verte temblé yo mismo.
Solo a un sortilegio puro
Y mágico pudimos ver lo que vimos,
El camino subiendo hasta los bosques,
Los bosques descendiendo hasta el camino,
Una amorosa espiga alando el viento,
El viento hablando de secretos íntimos.
Siempre quisimos que el mundo
Se viese como hoy lo vimos.

Como se debiera ver,
Con esa desnudez del amor tibio,
Escuchando en sosiego ese susurro
De tu cálido labio junto al mío,
Del corazón furioso como al soplo
Confuso del aprieto de un gemido.

Todo de repente mágico,
Tembloroso, conmovido.

Y de cara al corazón
Y al reino juvenil de estar dormidos
O estar despiertos, viéndonos el fondo,
Cambiando el fuego cándido y la vida
Y la muerte en idéntico delirio!




De: Esta Guitarra Dura [1961]


CON LA MANO TENDIDA

Ahora es tender la mano
como los ciegos, como quienes cantan
por los pueblos:
abierta para todos la palma.

Y es ir echando en ella
luceros, cosas de la casa,
lo que pudo tener en nuestros días
sabor de yerba amarga,
de lluvias tristes de fragor sombrío
o de espurio rencor de una palabra.

Es ir echando en ella
lo que hubo de maleza y viejas lágrimas,
lo que fue grito al caminar, lo que fue sangre
sucia y acorralada,
lo que hubo de impaciencia escarnecida,
lo que de tierra y heredad manchada.

Es ir echando cuentas
como un bolsón sobre la espalda,
lo mejor y peor, lo que tuvimos
de sangre buena y mala,
de desazón nocturna o de semilla
caliente y saneada.

Es ir echando cuentas
de cuanto nos tocó de muerte y de esperanza.

¡Y de esa vocación de ver la vida
Sobre su palma desollada!




De: Un Relámpago Herido  (1967)



UN RELAMPAGO HERIDO

Fue un relámpago herido, fue un serrano
Relámpago en la piel esa corriente
De rumor imantado y sonriente
Fertilizada al roce de la mano.

Fuera un error desatenderlo, un vano
Tesón no asir esa atadura ardiente,
Como si fuese a rechazar de frente
Su propio ardor la tierra en el verano.

Fuera en vano evitarlo; quedaría
Sobre toda la piel la tostadura
De una llaga solar jamás curada.

Ni tuviese la mano esa alegría
De germen y de afán de sembradura
Con que la tuya la dejó quemada.


ASI ES ELLA, ME DIJE       

Así es ella, me dije: es la alegría
Remota y honda que de pronto llega
A despejar el nudo que se debe
Desanudar en la penumbra inquieta.

Noche y albor, me dije,
Todo llegó a mi coraz6n por ella,
Llegó el sabor oculto del deseo,
El presagio de ardor que en mi resuena.

Es mi cuerpo, me dije,
Reconociendo su esplendor en ella,
El bosque entero de mi sangre, el pulso
Y el latido secreto de su fuerza.

La imagen que conservo
De las verdes raíces de mi tierra;
Ella es el tiempo mío, el del verano
En el regazo inmóvil de la siesta.

Así mismo, me dije,
En su fulgor herido en la belleza,
Ella es el largo trecho recorrido
Surtiéndose de entraña y sementera.

Así mismo, me dije,
Callado abrigo que abrigó mis huellas,
El justo sumo que escogí en la lucha,
¡La libertad por la que canto es ella!


CABELLOS

Nocturno enmadejado en los destellos
De sueltas ondas y esquivez ligera;
Casi fluvial, dormida enredadera,
La espuma boreal de tus cabellos.

Bosques de ríos conservando en ellos
Frescor de amaneceres bosque afuera,
Ramaje desmembrado en la ribera
De luna llena de tus hombros bellos.

Región undosa que la luz levanta,
Borrasca desceñida en tu garganta
Color mazorca virgen de maíz.

Nubladas hebras, sombra en movimiento,
Rumor sobrecogido que en el viento
Fuera a buscar de pronto otro país.


HIMNO

Todo es himno: esa risa
Que susurra en tus labios, el mutismo
Que guardas para verse en tus nostalgias,
Esa alfombra en penumbras de tu pisada triste
Cada vez que to marchas, la alegría
Callada que te envuelve si regresas,
Esos paisajes dulces
Que se ven por tus ojos, ese gesto
Tan tuyo del temor a las palabras,
De acariciar las hojas,
Ese reclino suave de tu frente en mis hombros,
Esa tu cabellera en los ocasos...!


LABIOS

Este es el aire, el universo venturoso
En viaje hacia el rumor y la espesura
De esa fuerza de imán y de hermosura
Que orla tus labios con to más dichoso.

Es el viaje del aire al silencioso
País donde tu boca y su frescura
Encienden ascuas de honda quemadura
Y de claveles de punzo fragoso.

Este es el viaje, hacia la luz dormida,
Del aire en apetencia sin sosiego
Que en un remanso de pasión se vierte.

Y el de tus labios, que a1 henchir su vida
Con el aire asediante y con su fuego,
Sellaron en un beso azar y suerte.


OREJAS

Claro cuenco de línea interrogante
Donde un rubor en plenitud resuena,
Corales de encerrar jubilo y pena
Y agua confidencial y delirante.

Bese esos caracoles al instante
De estar lo mismo que la luna llena,
Ahítos de misterio y de una plena
Exhalación de palidez menguante.
Sorbí sus mieles con rumor de enjambre,
Conchas de recibir las claridades
De la insistencia, el vértigo, el quebranto.

Mordí esos frutos de evasivo estambre,
Vasos de reiterar complicidades,
Pétalos de acoger suspiro y llanto.


SIESTA

Pradera inmóvil
Y árbol viejo, la siesta. Fluye el sueño
Bajo esa sombra. Tú y yo con el respiro
Quieto, callado, para no despertar
La sombra vieja. Acaso
Haya dormido el día y no se escuche
Esa respiración que habla al silencio
De los dos, de quienes no sosiegan su respiro
En la pradera, en el tiempo callado
Que ha tejido la sombra,
La sosegada sombra de la siesta.


AL AMOR UN NOMBRE

Quizá porque en ti se asombran
Las cosas, voy reinventando
Un nuevo nombre a las cosas.

Quizá por eso buscamos
Signarle un color distinto
A todo cuanto abrazamos.

Al amor un nombre. Al árbol
Que nos cobija. Al silencio
Que se reduce en tus brazos.

Quizá empezaran contigo
A renovarse las hojas
Con que me abrigo y te abrigo.

Y a reinventarse el lucero
Ese brillo enamorado
Del bosque de tus cabellos.

¿Todo es hoy? ¿Hubo pasado?
¿Alguna huella de un beso
Que su sello haya dejado?

¿Acaso no haya memoria
De aquel rostro, aquellos ojos,
De otros nombres y otras sombras?

¿Contigo el futuro empieza?
¿Contigo el pasado muere?
¿Contigo el presente sueña?

Quizá porque todo ahora
Contigo canta, debiera
Reinventarme cada cosa.

O porque viejos recuerdos
De los ojos se me borran.


 NUESTRO PAÍS

         Nuestro país (el mío,
El que puedo ofrecerte), aquella
Dulce tierra violenta, con la frente
Segada y abolida por un aire quemado,
Donde ochocientos ríos le dan curso a sus ojos
Y cordilleras verdes le apoyan la andadura,
Desgajo de protesta vegetal y verano,
Mi país que se instruye sobre un nivel
De lluvias,
Oh mi país hermoso,
Despiadado y profundo,
Fiel a sí mismo, puro, solitario, implacable,
Nos reserva un asiento
De hierbas y azahares, desenvuelve
—Mi amor— sus recelosos,
Sus imperiosos meses, su silencio,
Por esto, por nosotros,
Por asir esa luna de carbón desdichado
Que se nos sube a veces por la noche a los ojos...



HUÉSPED

Había entrado.

La que más sabe, la que puso el oído
Y escucho atentamente la negación, el pacto,
Lo dicho y desdicho; la que vio el cambio
De color de tus labios, precipitarse
Lo inesperado, la puesta en pie, la aventura
Y el alba, el beso,
La alegría.

La noche había entrado.

La que más sabe.




De: Los Innombrables (1970)


CAMINOS


Hay caminos que suben
o que bajan, según disponga el viento,
según el caminante mire el bosque o la sierra,
según el tiempo cambie los ojos del viajero.

Hay caminos que cambian
de colores, se asombran o enrojecen,
según les cubra el ala del verano,
según la luna embruje sus vertientes.

Hay caminos que beben
agua o noche, según hablen los meses,
según crezcan los hondos tajamares,
según muevan las sombras el poniente.

Hay caminos que siguen
o detienen, según las hondonadas,
según me traiga a ti, según me lleve,
según nos aproxime a otras comarcas.

Hay caminos que llevan
o que traen, según las tierras andan,
según se vaya al Sur, según al Norte,
según crucen colinas o bajadas.

Hay caminos que dicen
"mañana", "ayer", "entonces", "antes",
como heridos de sombra en tiempos grises.

Según se vaya andando por las tardes...


LA PATRIA

Calientes clavos le clavaron.
Siguen clavándole esos clavos en los ojos
Ardientes,
Aunque sigue mirando
Morena, mutilada, revoltosa y sangrante
Velando por los hijos (esas sombras anónimas
Que la siguen llevando); por los hijos,
A quienes por llevarla les clavaron,
Con esos mismos clavos
Calientes con que fueron a clavarle los ojos
Revoltosos y ardientes con que sigue mirando.


REVUELTA

Algo se arrancó gritando
De la tierra. Semilla de grito oscuro
Descuajado de la tierra. Sangre
De azada arrancando un grito
A la semilla. Y en el vértigo un amargo
Grito de azada y semilla
Por la tierra descuajada.

Revuelta: clamor de sangre
Gritando en la tierra amarga.



De: Destierro y Atardecer (1975)



SINO


         Nada es lo mismo ya, ni lo será mañana;
Apenas la constancia dará el signo que guie
El día por venir. Y el ahínco de la memoria fiel
Que reconstruya y clasifique lo que ya es 
                                                           quemadura
Y senda pedregosa desde ahora, desde el instante
En que una lluvia oscura
Soplo con un sonido bárbaro en nuestra vida.

       Y to sabemos todos. 
Nada será ya igual ni semejante al rostro del 
                                                                  pasado;
Ni nuestro amor, vacío de sostén, ni la mano
De los amigos. No habrá ese ruido
De persianas que bajen impidiendo al verano
Su intromisión inevitable. Habrá cambiado
El ritmo de la sangre; otras palabras
Pondrán sobre el oído su distinta eufonía.

        No, no; ya no será la misma
La manera de andar, la introspección al modo
De la quietud ceñida de las horas. Se notará por 
                                                                         siempre
En nuestro rostro un visaje
Y un aire retraído de mascara olvidada.
Y al no tener el mismo amor, la misma mano de 
                                                                   los amigos,
El ser de aquí o de allá se borrara sin pausa.



CONTRASENTIDO


           Y que contrasentido: yo
(Que debería estar en otros sitios) caminando
Por estos sitios, por estas calles que desconozco;
Que andaría por huertos
Familiares, desbrozando estos huertos retirados y
                                                                        extraños:
Precisamente yo que vagaría sin duda
Por entre naranjales y violines, ahora
Aprisionado por cerrazones y por noches lejanas
Como un error de mi camino,
Con un horror hacia mi propia
Palabra, hacia esa que ya ni entiende
Por qué el contrasentido, el revés de la trama, el
                                                                   desaliento
De no explicar por qué es aquí y no allá donde se
                                                                         extiende
La línea justa de mis pasos.



SIEMPRE QUE ME VISITAN


        Siempre que alguien me visita
(Viniendo de allá) miro sus huellas
Por si todavía chisporrotean, por si algún resto del 
                                                                               verano
Atravieso las fronteras, o de verja deteriorada
Por la inmovilidad; miro sus ojos
Vidriados por la atmosfera seca, indago en ellos
Si hay miedo o solamente las frescuras del alba;
Cuando alguien me visita (de allá)
Trato de penetrar en cada gesto, abarco
Cada gesto, averiguo
—Mirando de soslayo— si todavía se estrecha
Fuertemente una mano, si todavía
Se canta una serenata pobrísima en mi pueblo,
Si el zanjón crece para el raudal
O para los muertos, y de repente olvido
Que averiguan también si yo averiguo, si todavía
Me abrasa el sopor hondo
De esa atmosfera seca, si estoy entre los vivos o los 
                                                                              muertos.


VACÍO


           Doblé lo que era nuestro. Ciertamente
Te amé como a ninguna. Destruí cuanto
Amaba. Un sueño malo
—De rencores antiguos— oscureció mis frondas.
Titiritero falso, solté todos los hilos que me unían
Al eco fiel de tu alma, a tu secreto encanto;
Mal leñador, tale ramajes vanos con inútiles golpes;
Tire abajo la casa con la antigua violencia de mi gente
Y la perdí, torcí el sendero y lo deje en 
                                                     la arena
Como una carta triste que se arroja en un cesto.

          Como a ninguna, digo. Un alevoso
Viento amargo ha soplado. Esto es el fin
De un largo viaje al esplendor de un beso.

       Doblé lo que era nuestro.


ALLÁ

         Debe, allá, estar lloviendo;
Sin pausa estar lloviendo, lloviznando
En los bosques,
Sobre las casas pobres, abotonándose
La noche y mesándose la barba envejecida
En los obrajes, allá lejos, lloviendo,
Lloviznando en la noche.

          Y habrá ya anochecido.
Siempre se me ha hecho tarde entre los tilos
Serranos, a la hora de volver, anochecido,
Allá lejos, cuando aún no sabía
Que no fuera a volver, que se ha hecho tarde
Lloviendo, anocheciendo.

         En la noche, allá lejos, lloviznando.



De: El viejo fuego [1977]


CON UN SILBIDO

Con un silbido 
derribaré esa puerta, esa ventana;
penetraré en tu corazón con un silbido.

Viene, lo reconoces,
de una ancestral maraña, de un primario
temblor reiterativo convocando a las aves,
por eso te habla así, te indica derroteros,
reconoce tus aires, respira si respiras,
se liga a una costumbre de dominio secreto,
ocupa el sitio airoso donde los dos vivimos.

Se me ocurre
que cuando silbo piensas y recuerdas
Los naranjales que nos dieron sombra,
el aroma quemado de un horno de ladrillos
donde la harina blanca de una raíz gemía
o el maíz ofrendaba su maravilla de oro,
se me hace que te pierdes en lejanas praderas
donde ya el caminante callado te aguardaba.

No ha de cejar su resonancia,
invadirá el tapial y los jardines del fondo,
silbido agudo y único en la siesta,
melodía insistente por donde caminemos,
siempre a tu lado en celo y vigilando,
señal de mi presencia sobre tus huellas siempre.
Y si yo no estuviera,
perdido y esparcido en una umbrosa brizna,
entre los eucaliptos, solo,
lo escucharas todavía, lo sentirás saliendo
de los recodos últimos, de los cuartos vacíos
                                                      sobresaltándote,
recordándote al hombre que a tu penumbra uniera 
                                                                    su penumbra.


AQUÍ, ENTRE TODOS


Crecido entre los hombres. Y movido
por los bosques, por el viento soplando
allí, en el aire. Amor con movimiento
de vientos y de bosques. Y que he puesto
en su pecho, quemado por mi pecho.

Amor de varón solo. No solitario
amor. Es de hombre compartiendo
la vida con los demás. Amor de vida
y de mujer; de varón a mujer
compartido entre todos en la vida.

Impregnado de fuegos y deseo. De
apetencias. Huele a penumbra y hembra. Huele
a verano y montes, a madera quemada
y a rocío. Si así no fuera,
no tendría este aroma de montes su deseo.

Lo llevaría en la mano si
no lo llevara en la frente o en la sangre,
porque como una mano que toca
plenamente una piel o una fruta, así lo siento
en mi sangre. Así lo doy como una mano plena.

Quisiera a veces descansar bajo un árbol
de sombra, como viajero cansado.
Es amor de viajero, ni más ni menos.
Brioso y fatigado, y que requiere un árbol
donde echarse a la sombra que lo espera.

Y todavía más. Ligeramente
toca el suelo. Y si no vuela tanto
es porque piedra y tierra lo imantaron
abajo, al quehacer entre todos, al estar
diariamente pisando tierra y piedra.

Ama la libertad, las cosas
amadas por los hombres. Su señorío
es ser entre los hombres. Ama la luz
a la intemperie. Es de varón a mujer
este amor que ha gestado la intemperie!


BAJO UNA LUNA GRANDE


Mi amada es de mi tierra, de lo mío,
de la materna arcilla que originó mi nombre;
la estrella de su frente subió de las praderas
verdes, donde los ríos brotan de antiguos bosques.

Su atuendo es de azahares. Perfumada,
tiene la voz de seda. Y sus canciones hondas
son de su pueblo ardiente, de mi pueblo profundo,
cantar de carreteros en luz madrugadora.

Medianoche de hogueras vivas como sus ojos
llevo por ella al pecho. Mi frente es un abierto
horizonte al guardarla. Y mi querer, un raudo
látigo de jazmines restallando en el viento.

Tiene aprestos airosos. El cántaro con agua
zozobra en su cintura con latido de pájaros;
niño azoté aromado derramado, en la ventana
donde diré a su oído cosas de enamorados.

Que mi cantar la nombre; resuene mi guitarra
de noche, adonde duerma; que la celebre el riente
brillo de mis espuelas; que la alumbren los astros
con que alhajo su cuello de paloma silvestre.

Mil leguas la he llevado bajo una luna grande,
clavando por el cielo mi puñal hasta el mango.
¡Ahora, venga a mí!
                          ¡Que se ampare a mi sombra!

Brioso está en la senda mi caballo.


SEÑALES


Mis señales: la cáscara
arrojada en el naranjal; una baraja
aparecida en la ventana, un cigarrillo en el umbral
y al filo del amanecer; el relincho de un potro
al borde del maizal; algo que se presienta en el aire
como la avecinación de la lluvia
o el paso de un felino aproximándose.

Serán así mis señales.

Y mi mensaje: una hoguera
en el descampado, en la quietud de la noche,
una llama ardorosa permanentemente prendida
en esas lomas, con sus costumbres de atraerte
centelleando a tu lado, besándote los pies, el muslo 
                                                                              inquieto,
hoguera terrible con la muerte y la vida en sus 
                                                                              fulgores.

Por donde mires
la señal será tuya; por donde vayas
tendrás la huella del hombre, el halo de su poncho 
                                                                       de estrellas,
el olor que ha dejado a su paso, el beso
que abrió el portón yendo a tus fondos; por donde 
                                                                       busques
hallarás mi presencia, mi sobrero mojado en el sereno,
porque te habré dejado mitad de mi fragancia,
mitad de mi aflicción y mi aventura, mitad del alborozo y del recato
de ese instante en que juntos arrojamos un eco en 
                                                                        el silencio,
carbón al horno ardiente.


PALABRAS


Acaso esto no fuera sino largas palabras
y mi real deseo, entonces, partir una naranja
nuestra, hecha con labios de greda paraguaya
y ardiente, o cubrirte con el naranjal, con la 
                                   redonda luna que nos besa
eternamente, ciegamente en la patria
del naranjal y del naranjo, y entonces mi amor no 
                                                                sería sino eso,
el eco y el gemido de un follaje que te cubra y
                                                                         abrace
con mano vegetal, con labio vegetal, con la
caricia suave de una fruta que te ofrezca su
espuma y sus aromas, y mi afán adentrarte en el
diamante de su semilla, al borde de su caliente
cáliz, de su pulpa aromática, y todo esto que es
palabra se haga tierra, raíz donde caminar, canto
de una guitarra para siempre envolviéndote,
para siempre cantándote, dichosa.


  
INTERMEDIO
 (Paraguay, 1965)

         Nada de amor ahora, mi amor;
nada que no sea escuchar ese aullido
en la noche, el terror increíble
de ese aullido.
                     Los perros
se han soltado de nuevo como ayer, como siempre,
y un tiro de fusil rompe las sombras.
        Nada de amor, mi amor, por esta noche.

        La pared otra vez se ha teñido de sangre.


SON ELLOS

Amor: este es mi padre, Pablo,
paraguayo del Norte. Las nervaduras de su mano
son de tanino rojo. Lo siento avanzar como 
                                                                        antaño,
callado y alto. Conoce el río y la madera.
Podría echar a vuelo las campanas del pueblo.
La estrella de la tarde lo saluda en verano.

Y ésta es mi madre, Carmen,
fuerte y dulce. Tiñó los ojos de un color de cielo.
La veo venir por una senda de flores
cobijando a los hijos. Ella es del sur.
Vuela una mariposa por donde pasa. Una luz verde
la circunda. Trae un jardín en el pecho.

Habrá que abrir la casa
para acomodar estos ímpetus. Se me hace que la 
                                                                                    lluvia
llega con ellos (lluvia envuelta en resol y 
                                                                      polvareda).
Acaso haya un recuerdo que los vuelva a otros años.
¡Vengan me digo a mí mismo; asiento,
para estos hondos visitantes! Ya están aquí,
padre y madre. De algún modo
será de ellos también este viaje a la lumbre
que emprenderemos, esta canción de luceros
que irrumpirá siguiendo la claridad del día. 



De: Los Valles Imaginarios [1984]


ÉXODO


En los valles imaginarios
Salen volando los pañuelos,
Vuelan las nubes en la tarde,
Al aire vuelan los sombreros;
En los patios de arena roja,
Los niños ensayan un juego
Donde se cambian de lugares,
Con encuentros y desencuentros.

En los valles imaginarios
Los ríos pasan sonriendo,
Llevando lejos las jangadas
Desamarradas por los vientos;
Las flores de la serranía
Se inclinan, ofreciendo un beso,
Como diciendo "¡adiós, adiós!"
A las abejas en su vuelo.

En los valles imaginarios
Todos los pájaros se fueron,
Quedan vacíos de sus trinos
Los profundos aserraderos;
Los trenes, en la lejanía,
Son lentas sombras del recuerdo,
Y hasta los jóvenes del baile
De pronto desaparecieron.

En los valles imaginarios,
El hombre sigue prisionero
De su deseo de alejarse
De su querencia y sus anhelos;
Nadie dice "Me quedaré
A ser un árbol de este suelo",
Da tres vueltas y dice «¡adiós, adiós!»
Como llevándose el sendero.

En los valles imaginarios,
Todos los seres se movieron.
¿Qué ha sucedido en esta tierra,
Que signa a sus hijos con miedo
De estar atados a su sombra,
De asumir todos sus silencios;
Que nadie cumple su destino
Y andan errantes por el cielo?

En los valles imaginarios,
La luna se inclinó partiendo
Hacia un rincón desconocido
De naranjales sin consuelo;
Se cantaron las serenatas
Últimas, en callado deseo,
Y murmurando "¡adiós, adiós!"
Las rejas mismas se perdieron.

En los valles imaginarios,
Por donde vuelan los pañuelos.


SOBRE AQUEL CAMINO REAL


Sobre aquel camino real
Una fogata se encendía,
Como una lámpara de luz
En una loma desteñida,
Y cambiando de sitio siempre
Asombraba las noches tibias,
Sobrecogiendo a los viajeros
De rumbo aciago y despedida.

El fuego fatuo, en el camino,
Con su ala blanca y movediza,
Guardaba el alma de un guerrero
Desfallecido en sus orillas,
O de otras almas encerradas
En el temblor de una guarida,
De otra gente, de otros viandantes,
Con su jornada no cumplida.

Habían desapariciones
Y extrañas cosas sucedidas,
Que la penumbra se poblaba
Con inquietudes de agüería,
Y el viento jadeaba sin pausa
Sobre casas emblanquecidas,
Como si el cielo estremeciera
El paso de las Siete Cabrillas.

Sobre aquel camino real
Se desgajaba nuestra vida,
Nuestro destino de troperos
De nubes y de maravillas,
De ilusiones que se esfumaban
Y a cada instante renacían,
Como esa chispa solitaria,
Color luciérnaga perdida.

Algo tendríamos, al fin,
De aquella hoguera y sus pupilas,
Que estábamos y que no estábamos
Con el alma en su exacta cita,
Sino, más bien, como la llama
Que parpadea en su vigilia,
Llamaradas en senda inquieta,
Heridos de una tierra herida.

Sobre aquel camino real,
Los hombres de una lumbre viva.


RELATO SOBRE CHIRÓ, EL HECHICERO, QUE ACOMPAÑO A GARAY A FUNDAR BUENOS AIRES Y REGRESO VOLANDO AL PARAGUAY


Cuentan que Chiró, el hechicero,
El hacedor de cosas mágicas,
Acompañando a los Mancebos
De la Tierra, a zonas lejanas
(En donde luego fundarían
Su lar, junto a un río de plata),
Marcó su huella entre las huellas,
Por si algún tiempo regresaba.

Allá, ya junto al Lago Grande,
Cercado por la empalizada,
Abrió caminos en la tierra,
Sembró el maíz, tendió su hamaca,
Leyó en las manos el destino,
Midió el alcance de su hazaña,
Vertió el sudor entre los surcos,
Musitó el canto que guardaba.

Un día, resonó en su oído
El trueno de una voz nostálgica,
Un soplo de aire estremecido
Que era el eco de una llamada;
Recordó el brillo de su tierra
De colores y de marañas,
Sus panales en la arboleda,
El silbo de las cerbatanas.

Y entre las sombras de la noche
Buscó su huella en la distancia,
Donde la luna se perdía
En las praderas de esmeralda,
Tendió sus brazos hacia el cielo
Y ascendió hasta una luz extraña,
Cruzando, con vuelo de pájaro,
Por los confines de la pampa.

Y volando y volando y volando
Entre subidas y bajadas,
Chiró se aproximó a su reino
De guacamayos y cascadas,
A su reino de hojas radiantes
Que lo indujo a que regresara,
A su reino de miel y montes
Y de maderas escarlatas.

Su país le fijó en la frente
Una antorcha de eterna llama,
Y desde entonces los cetrinos,
Los anhelantes de su raza
Llevan, ardorosos y errantes,
El alma desasosegada,
El recuerdo de su querencia,
La negra cruz de la nostalgia.

Cuentan de Chiró, el hechicero,
Del hacedor de cosas mágicas...


YAGUAVEVÉ
(EL COMETA)

¡Saltó el tigre!

Rayó el cielo.

Salto-hoguera-del-cielo.

Hirsuto el flanco astral,
Ajustó el paso;
Felino su respiro,
Midió el pulso;
Lamió las garras verdes,
Tramó el salto,
Premeditó las huellas,
Ajustó el movimiento,
Aliento y fuerza...

¡Y con el arco tenso de los tensos ijares,
Dobló sobre el abismo su azul fosforescencia!


YNAMBÚ-I
(Perdiz silvestre)

¡Susto en las hierbas!
Silbido original,
pico al ras de la tierra,
flecha en el pasto, ocasional, sonora
estridencia color perdiz arena,
chispa en el matorral,
flauta en la siesta.

Revuelo codorniz.
                               ¡Susto en las hierbas!



CURUPI, SATIRO SILVESTRE


Éste es el hombre duro,
Curupí, el misterioso
soplo del monterío
traído por el viento,
luciferino, impuro,
indígena y bravio,
desflorador fogoso,
genital y violento.

Fuego que va y regresa,
fuego que viene y pisa
el arenal caliente,
lengua ardida que besa,
que se enciende y acosa
sonámbula y de prisa;
sátiro del bajío,
del monte y la llanura,
macho torvo y gregario,
macho cabrío,
muda
carne lasciva, roja,
callada
sangre mimetizada,
hirviente calentura,
Eros primario.

Éste es el hombre duro,
callado, que en verano
va azorado en su fiebre,
asediando en los fondos
del patio y la humareda,
cuerpo de enigmas, pálido
espectro oreando el nido
de sombra en la arboleda.

Burlador de la siesta,
circuido
del vértigo y del halo
febril de su osadía,
rondador sorpresivo,
caminero,
terrestre,
estuprador diurno,
toro de la floresta,
fulgor del mediodía,
seductor sin decoro,
falo
suelto y sonoro,
sátiro taciturno,
sol silvestre.

Huid, muchachas, de su torvo acecho,
del acecho implacable en que se acerca
la intensa fiebre de su sangre oscura;
que no pase el yuyal, que jamás llegue
a ejercer su lascivo magisterio
con su lengua de arcilla y calentura,
a desvelar vuestro dormido pecho,
a fecundar un río en vuestro vientre,
¡que Él va a cortar vuestro ramaje verde
y a perderse otra vez en su misterio!


UN BARCO DE PAPEL


      El barco de papel en la laguna,
como una estrella brilla, frágil, blanco en las ondas,
girando sobre sí, rotando lentamente
sobre un agua de lluvia, a merced del azar, airoso
bajo los temporales, inclinado hacia rumbos
                                                         imprevistos
como nosotros mismos, como la vida misma
que emprendimos (un barco de papel), rotando
y avanzando inasible sobre las densas aguas
agitadas al viento, bajo los vientos ásperos
que giran en sus velas, regresando
riesgosamente en cada orilla, torciendo
el rumbo firme, fuerte, frágil,
igual que aquel tranquilo, blanco y abandonado
barquito de papel en la laguna.


BRINDIS AL DESCAMPADO


         Y hemos de beber todavía
en esta guampa lisa de toro al descampado,
gustando una agua clara, mezcla de sangre y trino,
caña blanca y aroma de salvaje rocío,
bajo un cielo ocupado por todas las estrellas,
con el pie en el estribo, el poncho a la bandolera,
para seguir andando,
ebrios de un aire ardiente, de sol, de madrugadas
que cobijan el cofre de los sueños,
porque aún, y por un largo tiempo,
estaremos atados y enlazados a este solar purpúreo
de madera y tormenta, grito y llama,
y seguiremos brindando
—una vuelta en redondo para todos—
por la salud del Hombre,
del Hermano Radiante,
el compañero
—con un canto de guerra o de guitarra—,
por ustedes, amigos,
en esta guampa hermosa de toro, al descampado.



De: Libro De La Migración (Yby - Ñomimbyré) [1958 -1964]

[Fragmentos]


      Emigraron los hombres como los pájaros. Aquella inmensa arcilla de mitos se despegó de sus raigambres interrogando al silencio, desperezando las antiguas preguntas. Hacia el lugar de la procreación primigenia, de los varones que engendraron a los varones, del alimento justo y de la roza escondida.
      Las caras se tostaban en dirección al Naciente con una enorme fatiga anticipada. Emigraron como los pájaros. En pos de su primavera, de la Tierra-Sin-Males, donde habita la luna, Ñande Sy, nuestra madre. El sitio para el reposo, para la saciedad, para el sueño infinito. La tierra de los opimos frutos, de las raíces como frutos.
    Emigraron bajo el peso de innumerables lunas. Abejorreo de pasos rumoreando en la selva, jarabes de sudor iban, ampolladuras de cansancio. Hacia la respiración del Naciente. Por montes y llanuras y pantanos de fiero acecho verde. Miles de pasos en circulación desnuda y sin consuelo. Miles de seres bajo el calor que caía del cielo, de la lluvia que caía
del cielo, apañados por el ardid del sortilegio, de la esperanza que caía del cielo.
      Con la certitud de la parada final en los párpados, 
como una inmensa furia florecida.

En dos grupos partimos.

En el cruce naciente,
hacia la tierra robada,
hacia la agilidad de los cuerpos en danza,
hacia la potencia de los palos de roza.

      (Hacia el carcaj oculto.)

llenando de estupor los sonajeros,
fijando liviandad en las ajorcas,

      (Hacia el naciente.)

hacia donde se aprende puntería exacta,
hacia el imán oculto de afilar las flechas.

      (Hacia la tierra robada.)

      En el cruce naciente,
      llevando la vara insignia
cotejando las sombras de acecho de las fieras,
precisando el sonido del adorno guerrero,
recogiendo las hierbas que atajen la epidemia,
animando el activo ceremonial de caza,
agilizando el eco de los pies en la tierra.

Más allá de esta tierra,
      allende
la totalidad de esta tierra,
      allá
en el lago grande,
      sobre el arco
del ijar del jaguar de salto grande
      (en la totalidad de su salto),
             allende
      el huracán, el monte
(la totalidad de los montes)
       restituyéndonos los ritos
              originales,
      las costumbres antiguas,
(la totalidad de los ritos antiguos,
la totalidad de las costumbres),
     proveyéndonos fuerzas,
           alimentos,
(la totalidad de las fuerzas,
la totalidad de los alimentos),
         allende el lago grande,
se dice,
marca la vara insignia
la señal de acogida.


      Más allá de esta tierra,
      donde estarán los semejantes
             a nosotros,
(la totalidad de nuestros semejantes),
       los que buscaron la morada
(la totalidad de nuestra morada).
       Allá la Vara Insignia,
            allende
      el huracán, el monte,
            se dice,
      allende el Lago Grande,
            allende
el ijar del jaguar de salto grande.

El firmamento brilla.
Un viento raudo pega las fibras de la lluvia.
Débiles (de claridad), ya no habrá miedo al
                                                          adversario,
fuertes (en las preguntas), no habrá tregua
                                                          en la arena,
ni temor al impuro que no doró su lengua
                                   en el clamor unánime;
no habrá mayor angustia que la de herir la noche,
ni apetencia mayor que la que rige el recto
rigor de la ansiedad (hierba profunda),
ni pastura más honda que la de las preguntas
rugiendo en el interno rito de nuestras bocas.

Un viento raudo pega.
Brilla siempre el lejano firmamento.

Jirón rojo en los montes.
Se animan los vivientes en el luciente ocaso.
Los pantanos revientan; se exceden de veneno
las culebras radiosas (pierden piel las culebras).
Las cigarras ocultan su rumor convulsivo.
Reprueban las raíces la sequedad terrestre.
Como una vara estalla la cascara del viento
y henos, cascaras secas, conduciendo
tórrida expectación (caliente gajo)
sin demorar jamás nuestro ardimiento.
Las serpientes se engarzan un color de verano.
Y arden los animales.

Jirón rojo en los montes.
Brilla siempre el lejano firmamento.

Pase extraño en la altura.
Sirga en el lago indemne del ocaso
la asombración de las constelaciones (su ruta, sus
                                                                    principios,
sus hogueras, sus términos): el vésper-rojo-pez que
                                                                 abre el sendero
primitivo a la luna que el Tigre eterno acecha,
la liebre-estelar-rauda (¿Duerme la liebre acaso
un sueño sin tinieblas que eternamente brilla?)
el avestruz que anuncia los meses de la lluvia,
el salto azul del tigre, la onza parda,
las palmeras que exudan ruego verde, un antiguo
fuego verde en la noche.



De: Flechas en un arco tendido (1983-1993)



ESO SOMOS


Eso somos: las flechas
en un arco tendido, la despreciable indiada;
las leñas que han de arder en los fogones
del blanco en La Misión, los hijos de la intemperie,
del vasto infierno de los desiertos,
definitivamente condenados.

Eso somos:
la sombra de lo que fuimos,
un ala destrozada en pleno vuelo
cubierta por la sombra del murciélago,
el habitante forestal, ahora
cazado en plena selva, los guerreros vencidos
definitivamente.

Eso somos: la estela
del salto del jaguar al infinito,
los más desamparados de la tierra;
calabazas vacías sin ecos ni semillas,
sustraídas de una fuerza brillante,
los golpeados, los tristes, los caídos
definitivamente.

Eso somos.
Definitivamente.



De: Cantar de Caminante [2007]



ROMANCE DEL CONDE ARNALDOS

Este cantar de amigo
es un cantar que abrigo
dentro del corazón:
no es más que una canción
sentida en los recodos
por donde cantan todos
 los que vienen conmigo.

Y por razón de cantor
que no canta por cantar,
yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va.

Viene, al clarear, sonando
este cantar, hablando
de cosas que ocurrieron
sobre una tierra herida,
sobre los que anduvieron
golpeados en la vida,
callaron y sufrieron.

Yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va:
esta canción que se da
como agua de manantial.

Este cantar de amigo
al despertar conmigo
sueña en la madrugada,
y al entonarlo digo
que existe una alborada,
como una luz sembrada,
en mi cantar de amigo.

Y por razón de cantor
que no canta por cantar
yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va.


SE ECHARÍA A VOLAR


Gallarda entre los hombres,
mi guitarra es así;
la extiendo en una manta
de fibra carmesí;
la he cubierto de flores
y aromas de alhelí;
tiene clavijas de oro
y es de color de Abril.

Va con un poncho a rayas,
cruza la multitud,
en un claro de selvas
puntea su inquietud,
se mezcla con el pueblo
donde irradia su luz,
recorriendo la patria
con la estrella del sur.

Se echaría a volar, airosamente
temblar, caer, subir al firmamento,
gozar, sufrir, sonora sobre el viento,
sentir, llorar, cantar entre la gente.

Gallarda es mi guitarra,
de la gente es su andar,
se levanta el lucero,
piensa en la libertad,
buscando la alborada
no se puede callar,
sabe que se le escucha
y es libre su cantar.

Se echaría a volar, airosamente,
temblar, caer, subir al firmamento,
gozar, sufrir, sonora sobre el viento,
sentir, llorar, cantar entre la gente.

Buscando la alborada,
no se puede callar,
sabe que se la escucha
y es libre su cantar!


MÍA

Vuelvo a ti, Libertad, mi compañera
de todos los momentos en la vida,
clavel entre claveles conmovida
belleza que se acerca en primavera.

Yo te tendré conmigo a toda hora,
como a una novia siempre enamorada,
junto a mí, Libertad, mía y amada,
retoño de la luz que el alba dora.

Yo me voy a la frontera,
a  cantar y a pelear
tú serás mi compañera,
yo, quien te va acompañar.

Día a día a tu lado, en tanto vea
que los hombres procuran defenderte,
mientras yo, noche a noche, sueño verte
andando a mi costado, adonde sea.

Querida amiga, Libertad, deseo
que seamos los dos como una brasa
compartida, y mi casa sea tu casa,
y mires donde miro y donde veo.

Yo no voy a la frontera,
a cantar y a pelear;
tú serás mi compañera,
yo, quien te va acompañar.

Te beso, Libertad, porque eres mía,
porque mi afán es solo verte, amarte,
y aunque no he conseguido conquistarte,
no he dejado de buscarte todavía.



ELVIO ROMERO, Poeta paraguayo nacido en   Yegros, Paraguay, el 12 de diciembre 1926. Se incorporó a la vida literaria de Asunción siendo muy joven y compartió tertulias con Josefina Plá, Hérib Campos Cervera, Óscar Ferreiro, José Antonio Bilbao y otros altos exponentes de las letras paraguayas de entonces. En 1947, a raíz de la guerra civil, abandona el país con escasos 21 años y se radica en la Argentina. Primeramente vivió en Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco), y por su casa pasaron camino del exilio, figuras como José Asunción Flores, Augusto Roa Bastos, Carlos Garcete, Herminio Giménez, los hermanos Larramendia, entre muchos otros escritores y artistas paraguayos exiliados en la Argentina. Posteriormente se traslada a Buenos Aires y ya instalado en la capital argentina,  su voz poética, transformada en testimonio vivo de los sufrimientos y conflictos del Paraguay por haber sido protagonista de los tiempos trágicos de la Revolución del 47,  irradiará hacia toda la América Latina y Europa, transformándose así en el más internacional de los poetas paraguayos. Desde su exilio en Argentina y hasta su fallecimiento, no volvió a residir en el Paraguay. Vivió sucesivamente en Brasil, Cuba, Francia, Italia. Viajó incansablemente alrededor del mundo por Asia, Oriente Medio, África, Europa y América del Sur. Publicó: Días roturados (1947), Resoles áridos (1948-49), Despiertan las fogatas (1950-52), El sol bajo las raíces (1952-55), De cara al corazón (1955), Esta guitarra dura (1960), Libro De La Migración (Yby - Ñomimbyré) [1958 -1964]; Un relámpago herido (1963-65), Los innombrables (1959-73), Destierro y atardecer (1962-75), El viejo fuego (1977), Los valles imaginarios (1984), Flechas en un arco tendido (1983-1993), Cantar de caminante (2007). Como ensayista publicó una biografía Miguel Hernández - Destino y poesía (1958), El poeta y sus circunstancias (1991) por el cual se le otorgó el Premio Nacional de Literatura, de ese año y Fabulaciones (2000). Falleció en Buenos Aires (Argentina), el 19 de mayo de 2004, a los 77 años.