Juan Felipe Toruño


Juan Felipe Toruño,
historia literaria
y “Sábados de Diario Latino”*


Manlio Argueta




Juan Felipe Toruño: Un ave en la tempestad


No pretende este trabajo hacer crítica literaria de la obra del nicaragüense-salvadoreño Juan Felipe Toruño, sino referirse a su papel como promotor de los jóvenes grupos de varias generaciones en el suplemento literario del Diario Latino, ahora Co-Latino, decano del periodismo nacional fundado por don Miguel Pinto en 1903.

Este suplemento, según el propio Toruño, se comenzó a publicar en 1932, año que se conoce como el de la matanza o de la insurrección “comunista”, pero que es, sobre todo, el inicio de un ciclo histórico que no acabó de cerrarse sino hasta después de una guerra civil de casi 60 años, con el Acuerdo de Paz firmado en enero de 1992. Hay cierto simbolismo entre el año de fundación del suplemento y el inicio de la marginalización de las expresiones de los jóvenes salvadoreños. Fueron condenados por su posición de izquierda, lo cual originaba intolerancia hacia su obra, propio del período absolutista que duró 60 años en El Salvador.

Aunque no cabe hablar de una vanguardia literaria en aquellas fecha de los años 30, es significativo que Toruño abra una página literaria en esa etapa autoritaria que vivía el país. Las preguntas que se hacen desde una expresión cultural que tiene como signo la violencia y el utilitarismo, preguntas vigentes aun para la clase política, son: ¿Por qué hablar de literatura entre los muertos?



¿Por qué traer al plano nacional, la sensibilidad literaria en épocas de necesidades reales? Es una posición que ha prevalecido en círculos del pragmatismo del poder, y tanta trascendencia negativa ha tenido para el desarrollo de las artes en El Salvador. Estas falsas premisas han originado el escaso interés que los medios han prestado a promover el desarrollo de las letras o a la promoción de los grupos literarios iniciales.

Ante la historia dramática del país surge la culpabilidad social que produjo estancamiento en áreas tan sensibles como el cultivo del humanismo. Las respuestas a aquellas preguntas son invariables: arte y hambre no compaginan, letras y miseria tampoco compaginan, y la teoría de la cultura ante una realidad letal es insultante. Esto es semejante al conocido dilema: ¿A quién salvar si se incendia una casa y sólo cabe decidir por una alternativa? ¿Al niño que puede morir quemado o al cuadro de Picasso o Van Gogh? Dilema que parte de premisas falsas que dañaron la proyección de la literatura nacional.

Sin embargo, nos hemos visto obligados, y esto alcanza los tiempos actuales, a decidir entre la miseria y el arte, entre la pobreza y la poesía. Entre el horror y la estética del horror. Es en la ruptura de estos mitos donde se debe ponderar el esfuerzo de Juan Felipe Toruño al dar cabida a varias generaciones de jóvenes que se decidieron por la literatura, no obstante que se arriesgaban a caer entre los dos fuegos del sofisma: el arte es un lujo; y la literatura no es prioritaria en una sociedad en emergencias sociales y económicas permanentes.

Retador de su tiempo, Toruño le dio a la palabra la facilidad de ejercer su libertad, es decir, le otorgó lo que tiene en común con las aves: dejarlas libres, propiciar la expresión de sus ideas a los grupos literarios jóvenes que tendrían un espacio para la práctica de una estética que quería ser vital ante el dramatismo de la realidad, para convertirse en representativos de un arte del optimismo. El veterano periodista y escritor Toruño pudo detectar ese optimismo con una visión similar a la de los jóvenes como lo demuestra su persistencia al apoyo a varias generaciones que hicieron el planteamiento estético hacia una nueva Nación con valores diferentes, aunque nunca pudieron proyectar en lo político lo que parecía ser su aporte moral dentro de la sociedad.

Recordemos a propósito que la “Generación Comprometida” tenía como lema que el escritor es una conducta social, ligando ética con estética, pero sin lograr repercusiones en la conciencia de una clase política que aún ahora se desdibuja cada vez más ante los ojos de la opinión generalizada que asocia política con corrupción y falsedad, en lo que se denomina el cinismo del poder.

Algunos de estos grupos jóvenes que surgieron a lo largo de varias generaciones a partir de los años 30, contaron con el espacio que propiciaba “Sábados de Diario Latino”. Poetas, narradores y periodistas que con el tiempo se constituyeron en representativos que hicieron trascender ese tiempo, no obstante que el mismo Toruño tuviera desacuerdos momentáneos con ellos, lo cual es un mérito mayor para él porque, aun sin compartir las posiciones de los jóvenes, tuvo la visión de apoyarlos en una actitud que arrancaba de propiciar esos espacios a ideas de vanguardia. En esto, el escritor y periodista estaba claro. Así, al referirse a la situación de las letras del país afirma que “ha estado ausente la mesura despojada de pasión y de preferencias, como ha faltado la lógica para el inventario de ideas”.1

Se abrió a los jóvenes que no contaban con medios para expresarse, ya fuese porque representaban nuevas opciones, o porque no tenían una consagración, o porque el marco social no entendía el significado del planteamiento intuitivo y humanístico a través de la novedad de ideas, de las propuestas alternativas desde la sociedad civil. O bien provenía el bloqueo de un prejuicio conservador propio de su tiempo de tempestades. Era difícil así, entender a quienes intuían un futuro diferente. Precisamente la vanguardia tiene entre otras cualidades distintivas adelantarse a su época, romper con aquellos parámetros que fenecen con el tiempo.


Juan Felipe Toruño y el Círculo Literario Universitario


Saltando el orden cronológico de ese apoyo, voy a referirme a uno de los grupos más favorecidos por los “Sábados de Diario Latino” y que fueron los que plantearon una ruptura que los acercaba más a una vanguardia literaria: el Círculo Literario Universitario, fundado por Roque Dalton y por el poeta guatemalteco Otto René Castillo. En una primera declaración de principios se definen con un tono propio de lo que son: un grupo de estudiantes de primeros años de la Universidad; el planteamiento no tiene nada de novedoso:

Queremos ser los mejores... Por ahora somos jóvenes inquietos por las letras, la música, la pintura... sabemos hasta lo más hondo de nuestros afectos que el intelectual de ahora es un hombre esencialmente telúrico en comunión continua con sus pueblos, con sus alegrías y tristeza. (Primer Sábado dedicado al Círculo Literario Universitario, el día 28 de enero de 1956).

Sin embargo, esa declaración juvenil que aparece firmada por unas treinta y dos personas, casi todas estudiantes de la Facultad de Derecho, connotados juristas ahora y sólo dos o tres escritores, por provenir de una Universidad que representaba una oposición civil cada vez más crítica y activa, que no podía tomar desprevenido a Toruño. En esa misma página señala lo que sigue:

Esta página les pertenece el último sábado de cada mes, se las cedemos con agrado y hasta con regocijo y confiamos que para ellos también será regocijante y satisfactorio tener una plaza pública en la que expresen sus ideas y sentimientos.

El concepto “plaza pública” define la claridad con que Toruño aceptaba a los jóvenes que representaban a la Universidad como conciencia crítica de esa época. Y a medida que los jóvenes del Círculo publican sus poemas y reseñas, Toruño se da cuenta de que los jóvenes le habían tomado la palabra; y como representativo de una empresa periodística, se dirige a los poetas haciéndoles reparos y habla de ellos con ironía de una “generación nuevecita” (se refiere al Círculo Literario que él mismo promovía) que “reforzó a la Generación Comprometida, que quisieran que todo estuviese bajo el imperio de sus principios y actitudes, a manera de monopolio del conocimiento sin conocimiento. Los que no están con ellos están contra ellos” (Desarrollo 427).

Por otro lado, Italo López Vallecillos, quien le dio el nombre al grupo de “Generación Comprometida”, en otra declaración de principios de ese mismo año en la Revista Hoja (1956), de la que sólo salieron cuatro números y desapareció de las bibliotecas, afirma:

Para nosotros la literatura es esencialmente una función social... La Generación Comprometida sabe que la obra de arte tiene necesariamente que servir, que ser útil al hombre de hoy... Los movimientos literarios que han tenido como fórmula el escribir mucho para no decir nada, han manoseado las palabras, han desvirtuado el contenido de las letras.2

En la Revista Hoja tienen cabida directa Otto René Castillo, Roque Dalton y otros miembros del Círculo Literario Universitario. De esa manera, entre “Sábados de Diario Latino” y Revista Hoja, se dio la conjunción de los dos grupos, los de 1950 y los de 1956 que a la postre serían los que conformaron la denominada “Generación Comprometida”. Pero veamos algo más: Juan Felipe Toruño promueve las letras jóvenes pero no se adhiere a sus planteamientos, y a eso se refiere cuando dice “que [los jóvenes] quisieran que todo estuviese bajo el imperio de sus principios y actitudes”. Ya veremos más adelante el gran significado que tiene para un periodista y promotor cultural este tipo de divergencia.

Literatura y búsqueda de la utopia

El anterior planteamiento tendrá más significación si se aclara que desde 1932 hasta la firma del Acuerdo de Paz, excepto por breves espacios, los tiempos de El Salvador fueron de tempestades. La crisis no sólo fue social y económica sino política, y en sus momentos, los intelectuales que se apoyaron en los espacios periodísticos de Toruño fueron parte de esa siembra de vientos. Por su juventud y falta de repercusión en el seno del poder, la voz estética tenía más misión de rompevientos en contra de las tempestades que, sólo una década después, originarían la catástrofe nacional de la guerra.

Los planteamientos estéticos que tuvieron cabida en los espacios propiciados por Toruño denunciaban una sociedad injustamente dividida, denuncia que era parte de una búsqueda de la democracia como utopía o democracia sólo imaginada. Esos planteamientos, en un país sin legitimidad política, crearon el prejuicio contra una literatura nacional que tenía sello de oposición al sistema autoritario y, por tanto, se le reprochaba planteamientos ideológicos y politización, que era la manera de desvirtuar la creación estética que se hacía a través del poema, el género literario predominante en las seis décadas de absolutismo. Y por supuesto que a través de la creación literaria se manifestaba un pensamiento que por carencia de institucionalidad política no se podía asegurar a los que quisieran manifestarse de otra forma para disentir. De esa manera, el Grupo Seis, la Generación del 44 y el grupo denominado de Intelectuales Anti-Fascistas en la década de los 40, antecedentes de la Generación Comprometida, hicieron de la poesía un instrumento crítico.

Desde Pedro Geoffroy Rivas, con su “Vida y Muerte del Anti-Hombre” y Antonio Gamero, con “Homenaje a tu saliva”, poetas de mayor edad, hasta Oswaldo Escobar Velado, con su “Patria Exacta”, o los ensayos sobre realismo artístico de Matilde Elena López, integrantes del Grupo Seis o de la Generación del 44, con excepción de Geoffroy que estaba en el exilio, y que tenían como connotación moral el fin de la dictadura del general Hernández Martínez; a esos escritores... de diferentes épocas... es a quienes se les da cabida en “Sábados de Diario Latino”.

Por otro lado, es manifiesta la tendencia crítica en ese transcurso histórico de los 60 años absolutistas sobre el rol de la poesía. Y por eso, es tradición dominante de la literatura de El Salvador, lo cual ha dado origen a su propia marginalidad, que no es la marginalidad existente en toda América Latina sino la que proviene de un acendrado prejuicio que tiene por consecuencia lógica ese vacío de seis décadas que aún repercute en nuestros días en falta de interés por los suplementos literarios, de revistas literarias y de tolerancia por el pensamiento e ideas divergentes; prejuicio que no es fácil de borrar por estar afincado en una práctica prolongada por varias generaciones en que dominó el autoritarismo nacional.

Y ése es el gran mérito de Toruño y de la familia Pinto, propietaria del periódico Diario Latino, para el desarrollo de la literatura de El Salvador, al ofrecer una especie de oasis en las catacumbas silenciosas e insondables. Al no compartir las ideas de los jóvenes, como señalábamos al principio al citar a Toruño, y no obstante ello conceder los espacios para la promoción literaria, se estaba dando una muestra del mayor valor que puede tener el periodismo, el de la tolerancia, ausente en ese período túnel, con una puerta condenada, de la historia nacional. Promover un espacio para la literatura en los medios de información es otorgar un papel relevante a la manifestación más clara de valor espiritual y moral.

Con jóvenes de diferentes épocas es que Toruño propicia ese ejercicio de ave que decíamos al principio, el trabajo estético como única posibilidad de contar con una ventana hacia la libre expresión del pensamiento. El mismo Toruño lo expresó bien:

Desde 1932 esta página ha publicado prosa y poesía donde se dieron primicias de Alfredo Cardona Peña, hasta 1938 tuvieron espacio Hugo Lindo, Antonio Gamero, Ricardo Martel Caminos, Oswaldo Escobar Velado, Otto Raúl González, Alfredo Cardona Peña... A todos se les acogió con cariño y se les orientó habiendo ocasiones que no les agradaron nuestras observaciones pero con el transcurso de los años nos dieron la razón, de no tratar política militante, porque las letras en vez de avanzar demoran su acción. (“Sábados de Diario Latino” 28 de enero de 1956).

Tanto para las letras salvadoreñas como para Toruño eran aplicables las observaciones. Por un lado se trataba de una estética de confrontación contra las ideas tradicionales y por otro, la empresa periodística establecía las reglas del juego y ofrecía con conocimiento de causa una página literaria. Dice Toruño:

No se les puede negar, [a los jóvenes] ni se les podrá ver con indiferencia. Hay que atenderles su condición aunque ataquen y denosten. No se olvide que juventud es futuro y el mundo se anquilosaría si los jóvenes tuviesen las experiencias de los mayores. (Desarrollo Literario 431).

Estas palabras se dicen cuando el modelo modernizante de los jóvenes militares —impuesto con un golpe de estado el 14 de diciembre de 1948— ha comenzando a avejentarse y se va cayendo en la espiral de la crisis política de quienes habían gobernado con el nombre de Partido Revolucionario de Unificación Democrática (PRUD), calco del PRI de México, país donde estuvieron exiliados y se confabularon los jóvenes militares para derribar en el 48 a otro de los tantos gobernantes generales que hemos tenido.

Pero esas palabras son el parámetro y entendimiento que fijan las reglas entre los grupos de jóvenes y la política empresarial, que reconoce el derecho a dar la palabra, para que exista “un inventario de ideas”, como dijo Toruño. Dentro de estas reglas y espíritu de tolerancia se consolidaba y se daba a conocer a los grupos literarios más importantes que ha dado El Salvador.

A Juan Felipe Toruño se sumó otro periodista y promotor cultural, Luis Mejía Vides, en 1957, quien también había abierto el Suplemento Literario de La Prensa Gráfíca; sin embargo, Mejía Vides no pudo resistir las presiones conservadoras que provenían de otros medios, y se vio obligado a renunciar. Eran esos días difíciles cuando Alvaro Menen Desleal había publicado su poema “Dame tu mano Antípodas”. Un columnista de la época execró el poema y el suplemento diciendo que era un poema declaradamente bolchevique, lo cual significaba una condena pública que ponía en la ilegalidad al poeta y dramaturgo, al igual que al periodista que le daba cabida. En esas condiciones de tempestades solamente los más jóvenes pudieron soportar la presión y dar continuidad a sus tendencias estéticas.

Eran los años 60. La crisis política lanzó al exilio o la cárcel a la mayoría de los miembros de la “Generación Comprometida”. Con ello terminó el experimento de los suplementos literarios al servicio de la palabra que disentía. Una nueva etapa se abrió desde el ostracismo que dio oportunidad de publicar en revistas y libros fuera del propio país. Mientras tanto, en El Salvador, diez años después, con el inicio de la espiral bélica (1971), los jóvenes, en su mayoría universitarios de otra generación, ya no quisieron empuñar la poesía sino el fusil de la insurgencia.

Sin compartir las ideas de los poetas bajo su sombra —“nuestra sombra de árbol de amate”, como decía uno de los más románticos del grupo, Roberto Armijo— Juan Felipe también llegó hasta el final, abriendo sus espacios hasta que ya no quedaba posibilidad de publicar a quienes más había apoyado, al Grupo del Círculo Literario Universitario, los más persistentes de la “Generación Comprometida”, comprometidos con su época y su oficio de escritores y que ahora forman parte de una historiografía literaria aún por ahondar.



San Salvador, 18 de julio de 2000




Notas

*. "Juan Felipe Toruño, historia literaria y “Sábados de Diario Latino” es un capítulo del libro Juan Felipe Toruño en dos mundos. Análisis crítico de sus obras, de las doctoras Rhina Toruño-Haensly y Ardis L. Nelson (Editoras), CBH Books (2006), 273-282. Analecta Literaria agradece a las editoras la autorización para publicar este importante testimonio de Manlio Argueta sobre Juan Felipe Toruño y los comienzos literarios de la llamada "Generación Comprometida" de la que el autor no solamente fue un privilegiado testigo de su surgimiento sino, además, un importante integrante de ese movimiento generacional que renovó vigorosamente las letras salvadoreñas e influyó poderosamente también en muchos otros poetas latinoamericanos.

1. Juan Felipe Toruño, Desarrollo Literario de El Salvador: Ensayo cronológico de generaciones y etapas de las letras salvadoreñas, (San Salvador: Ministerio de Cultura, 1957) 285.

2. Luis Gallegos Valdés, Panorama de la literatura salvadoreña. (San Salvador: Monasterio de Educación, 1959) 415.