Héctor Álvarez Castillo | Dos cuentos inéditos



© 2010  Analecta Literaria



1. AURA EN EL SUBTE


Estoy leyendo Aura, de Carlos Fuentes. Y el viaje se hace lento, en el verano el viaje es largo y pegajoso. Ahora la señora Llorente dice que no hay jardín en la casa -¿Cuál jardín, señor Montero?-, sólo un patio oscuro donde se cultivan plantas de sombra. Pero el joven historiador desde el tragaluz observó cinco, seis, hasta siete gatos incendiados, y desde ese sitio oyó sus aullidos, en soledad; los vio encadenados, uno al otro, chamuscados por el fuego. Pero no hay jardín. No en ese presente. -¿Cuál jardín, señor Montero?

Una mujer pasa por el vagón del subterráneo gritando; grita que es epiléptica, que a los epilépticos a veces les sale espuma por la boca y la nariz, que sufre convulsiones. Va gritando con un pase plastificado que le cuelga desde el cuello, atado a una tira negra que parece extenderse hasta sus piernas. Va gritando y la gente mira hacia otro lado. Vos tenés el libro. Tenés Aura entre las manos. Tenés el papel, ahí, ahí, y ahí es donde se habla. No es lo que ocurre afuera lo que acontece. Lo otro es lo que te importa. -¿Cuál jardín, señor Montero?

Demasiada gente parada entorpece el camino. Incómodos, parece que se golpearan para abrirle el paso. Y en la tinta la anciana continúa explicando. Le habla al historiador, le dice cosas a Felipe Montero. Él escucha la voz y tal vez recuerde esa imagen de los gatos en ronda, con la pelambre quemada. Es un chirreo de pájaro lo que escucha, es el rumor de lo lejano. Es para Aura, pero vos -salvaje entrometido- también oís. Oís lo que no te corresponde, y una fuerza te impele a saber más, a saber lo que no sospechás siquiera, lo que tarde se devela en la historia. Por eso la inquietud y por eso aquella atracción. Por eso el misterio.

Y regresa la epiléptica. En ocasiones son veinte minutos inconciente. No hay recuerdo. Estás tirada en el piso. De la meningitis también hay que cuidarse. De la meningitis también... Perdió los padres. Dice estoy sola. Dice todo a voz alta, para que llegue, para que no sea en balde.

La vuelta al libro. Allí están Aura y Felipe, y la señora Llorente, mientras que aquí se abren paso, se corren, se pisan, hacen lugar donde no hay espacio. Y se retira la mujer por la puerta interna que la entregará a otra función, como si saliera de un camarín imaginario. Otro auditorio la aguarda llegado de la nada. En el dibujo, un hábil y diligente artista está dando lugar al mundo. Y, tras la penumbra, un hombre entrado en años, aparece desde el otro extremo del vagón para darle ritmo a la guitarra. Cierro la obra. La parada está próxima.

2. EL DÍA DE LA ESCRITURA
a H.  L.


No era común que habláramos de lo que estaba escribiendo. Sé que cuando concluyó esa novela inmensa -para mí de una importancia mayor en nuestra literatura- por años sólo se dedicó a sus clases y a notas menores, que aparecían en algún suplemento como señal de que seguía entre nosotros. Pero hace tiempo que trabajaba en ese capítulo inicial. Iba a ser un texto breve. No más de cien páginas en contraste a aquella obra descomunal. Hasta mencionó probables editoriales. Pero durante meses no avanzaba. Estaba detenido en la imagen cuando el protagonista es secuestrado por un grupo de tareas y es interrogado y golpeado y queda tirado en el piso, apenas consciente.
 
Leí esas líneas en un adelanto para una revista de la facultad. Mientras que él dejaba que pasase el tiempo para que solo, por sí mismo, llegara el día de la escritura de ese nuevo texto. Quizá así también hayan sido los últimos meses. Los escritores saben que el tiempo es limitado. Que no hay margen. Lo perciben como un cerco cotidiano. Viven ese apremio. Pero el tiempo sucede. No hay voluntad que lo detenga.

Una noche, que ya era madrugada, íbamos caminando y comentó con ligereza: "¡Cuánto podríamos haber escrito sin estas salidas!" Fue hace diez años. Estaba la avenida abierta ante nosotros, con luces de los bares y el obelisco allá en lo alto, y sonrió, sonrío como lo hacía constantemente. Enigmático y complaciente. Y fui cómplice de esa frase y de esa sonrisa. Nos despedimos pocas cuadras adelante.

Que sepa, la novela no se concluyó. Otros días habrá regresado a esas páginas, pero la indefinida vastedad de la tarea artística -ese lidiar con la propia obra- tiene la particularidad de que en ocasiones nos alienta y en otras nos hace a un lado.



Los datos biobibliográficos del autor puede el autor interesado consultarlos en nuestro post del día 19 de agosto de 2009.

Estos dos relatos forman parte de su libro inédito Naif.