Irma Verolín | Dos cuentos inéditos





ALIMENTOS

 
Yo miraba a la gente cuando comía: Alzaba la mano con escasa ceremonia y con ella alzaba el brazo que iba hacia alguna parte del mundo, un mundo familiar   habitual y plagado de sus propios olores, y después la llevaba hacia su boca. El mundo cambiaba y su boca también. Y luego continuaba la misma rutina. La boca, el brazo, el movimiento de los maxilares. El resultado de todo esto era un vientre hinchado, una boca y dos manos quietas. Así, poco a poco, la gente se devoraba el mundo mientras el mundo se dejaba devorar. Cuando la gente no comía, hablaba, entonces otra vez sus manos iban hacia afuera y se acercaban a su cara. Y las palabras, que se desplazaban muy cerca de su cuerpo y de su boca, se propagaban inusitadamente  hasta perderse vaya a saber dónde. Las palabras se gestaban en silencio dentro de las personas, eran amasadas por sus pensamientos con gran rapidez y salían a borbotones y se dejaban estar sobre el mundo todo el tiempo en que otros estuvieran dispuestos a oírlas, a tragárselas. Con la comida sucedía algo muy diferente: alguien en un lugar oculto de la casa la preparaba con lentitud, la aplastaba contra las mesas de madera, la metía en aguas calientes, la partía en trozos, acaso se trataba de un animal que estuvo vivo y que fue martirizado en pedacitos y revolcado en restos de ajo y de cebolla para que al final se ocultara violentamente dentro de ese mismo cuerpo que dejaba borbotear los pensamientos en el mundo.
    
Cuando miraba a la gente comer tenía la rotunda certeza de que la comida siempre ha estado hecha de una sustancia más pegajosa que las palabras. Estaba tan segura de eso que me asombraba de que nadie pareciera deslumbrarse ante semejante descubrimiento, nadie menos mi abuela que se ocupaba de cocinar mientras su cerebro entraba en franca declinación ante los asuntos de la vida.
     
No está de más aclarar que mi abuela y yo comíamos en silencio esos preparados angustiosos que ella repetía varias veces en una misma semana. Su menú era tan poco variado como el cariz de ese pensamiento recurrente, que se interponía entre sus manos y los pedazos de carne y las frutas verdes que ella depositaba sobre el mantel de hule, en el que yo había dejado la marca de mis codos, siempre los codos, dos huecos para esperar que se enfriara la sopa. Y así transcurrían los días, la vida, en fin, lo que debe transcurrir, pase lo que pase.
  
En varias oportunidades me atreví a ir a ver a mi abuela en los momentos en que ella cocinaba. Sus facciones tensas y la boca levemente torcida me permitieron adivinar que, mientras sus manos amasaban sustancias blandas y picaban verduras, por su cabeza la muerte modulaba sus inflexiones. Siempre, en esos casos, no atiné más que a huir. Hasta que  - vaya a saber si movida por alguna clase de intuición o con el objeto de perturbar la secuencia prolija de los mismos sucesos o, a lo mejor, inspirada por Gandhi - un buen día decidí iniciar un ayuno. Mentiría si dijera que me costó. Fue fácil, natural, cerrar la boca para que los alimentos no entraran y se deshicieran. La primera semana transcurrió con estupor. Me sobraban las manos, el aire, la boca. Los días, después, siguieron sucediéndose como de costumbre, uno luego de otro. Y otro y otro y otro, sin la menor originalidad. Mi vientre comenzó a achatarse y el mundo se hizo liviano y transparente para mí. Las palabras y las cosas perdieron peso. La boca que cerré para no comer, no se abrió para hablar. Llegué a pensar que, por una extraña causa, las dos cosas estaban vinculadas. Con la falta de comida mi cuerpo se volvió enclenque y mis pensamientos se adormecieron. Los días parecían deslizarse lejos de mí, allá, en otro escenario donde el tiempo y el mundo se anudaban en la bisagra de los acontecimientos. Mi vida, sin acontecimientos, se volvió tersa y chata como mi cuerpo. Entonces, una tarde me di cuenta de que podía percibir los pensamientos de mi abuela y las sensaciones del animal que estuvo vivo antes de terminar achanchado sobre el plato. Lenta y suavemente llegué a advertir que los pensamientos de mi abuela se hacían mucho más frágiles. Podría decirse que casi se partían por la mitad. Hasta que un buen día, mi abuela vino enojadísima con cara de sabeloto y me dijo:
  
- Si seguís así te vas a morir.
  
Enseguida deduje que ese no era un gran pensamiento. De modo que no le di importancia. Empecé a mirar ilustraciones donde unos niños esqueléticos mostraban su piel brillante sobre la tierra seca. La tierra seca y agrietada se parecía mucho a los pensamientos sobre la muerte. Fue en aquel momento en el que me dediqué a mirar con mayor atención a la gente cuando comía. Perfeccioné mis observaciones. Su boca abierta se adelantaba al trozo de alimento, su boca se tragaba el mundo pacientemente. El mundo se adelgazaba y sus cuerpos crecían y engordaban: sacar algo de allá para ponerlo aquí, la vieja rutina del mundo. Y al final el efecto resultaba ser inevitablemente el mismo: los cuerpos envejecían y el mundo también. Consideré que si comiendo no hacíamos más que cambiar las cosas de lugar, el interior de nuestros cuerpos conformaba un espacio en el mundo, un espacio que yo iba vaciando de mundo al no comer, un hueco donde poco a poco entraría la muerte. Todo era muy extraño. A veces oía el resonar de cubiertos sobre la loza que, en la cocina, el agujero de la claraboya agigantaba. Otras veces no. Los cuchillos entraban y se deslizaban por la densidad de esos pedazos de mundo sin hacerse notar. Ese montón de cosas puestas allí, tendidas sobre la mesa, comenzó a despertarme un lejano sopor. Yo y el mundo ya no teníamos nada en común. Por primera vez sentí miedo de que las cosas que me rodeaban empezaran a guardarme rencor. Y supongo que eso sucedería finalmente.
   
Además de conspirar contra un orden trágico y natural, mi decisión de no comer me fue arrancando del mundo para arrastrarme hacia la muerte o hacia otro sitio que no era el mundo, y me dejé llevar con suavidad. Sin que lo notara con precisión, el mundo se volvió sordo, las palabras ya no tenían fuerza, se habían vuelto más frágiles que nunca, se habían deshilvanado, habían sido devoradas por la falta de comida. Yo ya no estaba en ningún sitio, había sido tragada por el hueco de mi estómago. Digamos entonces que, así, sencillamente, hice desaparecer el mundo y me dispuse a entrar en la muerte. Fue una gran sorpresa descubrir que a la muerte se entraba por una hendidura que   había en la boca de mi estómago. Sí, por fin me llegó la hora de ser tragada por la muerte para que la muerte me adormeciera y me quitara todos los miedos, para desplomarme o hundirme en la pesadez de estar muerta y así mis pensamientos se harían finitos como escarbadientes. Fue muy raro permanecer en las puertas de la muerte con los ojos abiertos y el cuerpo tan consciente de sí mismo echándose a perder por anticipado. Muy raro, sí; pero yo sabía que podría acostumbrarme. De tanto en tanto llegaban hasta mí el tintineo de las copas que se chocaban en la cocina de mi abuela, el roce de los ajíes pulposos sobre la fuente de metal, el cuchicheo de las cáscaras  de ajo, los blandos manjares que apagaban las palabras en ese  espacio que no estaba arriba ni debajo de la gran boca de mi estómago en la que yo misma me había convertido. A veces alcanzaba a oír el sonido de la escoba barriendo los restos de la cáscara negra de las papas y el sonido del agua cayendo sobre las plantas de lechuga. Y los pasos de mi abuela por la cocina, y la voz de la muerte que, saliendo desde tan adentro de mí, me decía que abriera muy grande la boca. Entonces, de repente, comprendí que la muerte era un sitio liso y chato, igual que una hoja de cuaderno, donde mi cuerpo jamás lograría entrar. Dejé afuera mi cuerpo y entré en la muerte. Fue como introducirme en el interior de la cabeza de mi abuela para conocer sus secretos pormenores y su recalcitrante tenacidad. Y la muerte se alimentó de mí y en algún lugar, allá lejos, en el mundo, la memoria de mi abuela se estremeció.


EL TECHO AJENO
     

Ahora que pienso en lo que me ocurrió, sólo puedo verme como a alguien que avanza por un camino hacia alguna clase de final. Pero en este caso el camino no es hacia lo largo, no se extiende chato, aplastado sobre una geografía parecida al desenlace de una película. Este es un camino que entró primero en mi pensamiento y luego se hizo carne en el mundo para convertirme en su protagonista. Digamos entonces que soy la protagonista de una muerte que no ocurrió y ahora, aquí, desde esta orilla que no alcanzó a ser más que esta orilla, pegada a lo que se conoce, adherida a la costumbre, puedo verme caminando como si no fuese yo misma, antes, ayer, hace unas semanas o no, soy la que avanza hacia el desenlace de ese camino que se inició primero en mi mente. Y ya sabemos cómo son estas cuestiones: mi mente es más grande que el mundo, de modo que resulta comprensible que me pierda en ella. Sigo perdida, sigo muy perdida allí dentro de ese lugar inmenso como si nunca hubiese tenido un cuerpo, como si nunca hubiese hecho lo que hice ayer, hace unos días o quizá unas cuántas semanas, o más, cuando emprendí un camino que buscaba su final.
  
No todos los caminos persiguen la chatura del horizonte y yo elegí unos de esos  al subirme al techo. Ya estoy en el techo. Soy una mujer que se puso un par de pantalones viejos y  una remera que da vergüenza mostrar, ando con un martillo en la mano y un envase de pegamento. Aprieto el mango del martillo y el envase de pegamento con la misma mano con la que escribo. No necesito repetirme que he subido al techo para reparar una rajadura. El mundo, ahora, que estoy sobre la alta altura de este techo plateado, promete ser  muy amplio, aunque no más amplio que el panorama de mi mente. Me gusta la distancia que tienen mis ojos  que, antes de subir al techo, casi se inclinaban a ras del suelo. Me gusta el aire, me gustan las copas de los árboles. Soy una mujer muy alta, soy una mujer que tiene el poder de su elevada mirada,  a pesar de que llevo una ropa que da asco y el martillo se canse de que lo apriete  con esta mi mano adiestrada para escribir, insisto: soy una mujer muy alta. La calle entera por delante, a los costados, la casa del vecino y el filoso edificio de departamentos en el lado opuesto. Giro mi cuerpo mientras aprieto un poco más el mango del martillo y el envase de pegamento y veo la curva perfecta que va de lado a lado, de un extremo a otro de las dos paredes laterales de mi casa. Recuerdo que a esta clase de techos en la provincia de Misiones se los llama "tinglado". Y la palabra "tinglado" resuena en mi mente igual que si dijera "xilofón". El aire caliente de la siesta no se apacigua. Me cuesta entender por qué aprieto con tanta fuerza el mango del martillo. Las chapas de zinc del tinglado parecen brillar más, mucho más que esta superficie de mi techo que me sostiene y me permite tratar de  contener el movimiento de las copas de los árboles. Bajo la vista y veo la escalera de madera que, igual que tantas otras veces, me ayudó a subir hasta aquí, yo misma la pinté de blanco, yo misma cubrí las paredes de este patio que veo ahora también  con otra blancura menos presentable. Esta manía de pretender arreglar lo que el tiempo deteriora es lo que me hace apretar el mango del martillo con una fuerza que no soy capaz de controlar. Desde este ángulo la curva del techo de zinc se ve perfecta. Las copas de los árboles también lucen perfectas. Y el aire, el aire, por supuesto, también lo es. Lo ha sido desde el principio. El aire más que nada. En mi mente yo era la misma mujer que soy ahora: más de cincuenta años, una remera sucia, un pantalón cubierto con costras de pintura y ese antiguo vacío que me empujó al alcohol, al miedo, a escaparme del mundo. Quiero quedarme sobre este techo plateado para siempre y quiero que la palabra "siempre" permanezca tan perfecta al ser pronunciada como lo es en todos los espacios de mi mente. Si la palabra "siempre" es perfecta, no lo es menos el techo del vecino, ese tinglado de curvatura inalterable. Nadie vive ya bajo ese techo, lo vendieron todo y hace meses que  no se ve entrar ni salir a ninguna persona por la puerta ancha de lo que se ha convertido en un corralón deshabitado. Si el aire me roza con mayor fervor en esta altura, cuánto más intenso será si me atrevo a caminar sobre aquella otra curva hecha de zinc y brillos. Doy un salto breve, demasiado escueto, cruzo la línea y ahora piso las tejas rojas de la casa del costado y llegando al extremo hago pie sobre el borde de zinc por primera vez. Llegué al otro lado, llegué por fin: soy una auténtica pionera. Camino, parece increíble pero estoy caminando. Avanzo en un delicado equilibrio que apenas se sostiene a sí mismo. Una vez, hace muchos, muchos años, bajo la carpa de un circo en el baldío de mi barrio, en Floresta, una mujer caminó por el aire. Todavía la veo con un vestido de tul deslizándose y aún hoy quiero creer que no se apoyaba en una cuerda delgada que iba de lado a lado, de extremo a extremo  persiguiendo el aliento de un dragón. De pronto, yo que estoy tan abajo, siento que los aplausos me devuelven el hilo finito de mi propia respiración. Yo podría haber sido esa mujer en el interior de mi cabeza. Al día siguiente volví y ya no había nada, el baldío mostró su condición de tal  no bien deshicieron la carpa y, con la carpa, la mujer que caminaba por el aire también había desaparecido.
  
Qué ancho se ve el mundo sobre este tinglado de plata,  tal vez más ancho que mi cabeza destartalada, igual que en aquellos sueños que supe tener a los seis años poco antes de la muerte de mamá: viene la oscuridad de repente y yo empiezo a caer por un abismo y, antes de chocar contra alguna clase de fondo, me despierto para demostrarme a mí misma que existe el otro lado, que la muerte es ese sueño, o ese sobresalto, que se destruye fácilmente con la buena voluntad de mantener los ojos bien abiertos. La noche sigue avanzando sobre su propia oscuridad y yo continúo teniendo seis años y el resto es nada o el silencio y la gracia celestial de haberme salvado de chocar contra el fondo del abismo. Pero los abismos no tienen fondo, sólo tienen abismo. Aquellos sueños que se repitieron hasta el cansancio  se interrumpieron dos años después, cuando murió mi padre.
    
Ahora voy hacia el punto más alto de la curva del techo de zinc que, a su vez,  quizá copiando la estructura del átomo, se hunde y sobresale en cada canaleta. Imagino la lluvia cayendo aquí cuando arrecia y se empecina en empapar el mundo, me imagino en cualquier parte y entonces nada, nada, nada, nada. No puedo saber que soy yo la que desaparezco. Silencio. Silencio constante. Sólo silencio. Silencio.
 
Ahora hay un blanco como de sol dando de lleno sobre los ojos. Mis ojos o los de cualquiera, la ceguera absoluta que da la luz cuando sólo es luz y ninguna otra cosa se le opone. Y sin oposición no hay mundo ni cuerpos que sepan que llevan detrás su sombra. La luz, tan absorta en su totalidad se inunda de sí misma y empieza a tragarse y a tragarse para que el futuro la convierta inevitablemente en un agujero negro.
             
Nada, yo no estoy en ninguna parte. Nadie sabe de mí, ni recuerdo quién he sido. Entonces, ahora, estoy abriendo mis ojos, me encuentro cubierta por la oscuridad de un techo curvo.  Pero quizá, deba decir que esto no es exactamente la oscuridad. Digamos que es gris. El lugar es un lugar vacío, un lugar gris, un lugar para nadie. El gris es una tonalidad mucho más absoluta que la oscuridad o la luz ¿Qué hago aquí? Intento levantarme del piso y la pierna derecha se resiste, a pesar de eso alcanzo a ponerme en pie. Lo primero que se me ocurre es que estoy dentro de un sueño. Me pellizco. No, esto no es un sueño, lo gris que me rodea está hablando de la realidad. No conozco este lugar, sin embargo sé que soy yo, una mujer sucia con ropa gastada, llena de costras, una mujer que aprieta todavía el mango de un martillo. Esto no es un sueño, me dice ahora la voz de otra mujer que está dentro de mi cabeza. Quiero llegar hasta la voz de esa mujer, pero el interior de mi cabeza se me hace tan lejano, más lejano que este sitio gris, desconocido. Me duele mucho la pierna derecha, con esfuerzo logro sentarme sobre el piso de pórtland, siento un líquido pegajoso en algunas partes de mi cuerpo. Apenas puedo mover la pierna derecha y sin embargo  me pongo de pie nuevamente. El rectángulo de pórtland es apenas un poco más extenso que la largura de mi cuerpo. Me siento suspendida en el aire por un rectángulo de pórtland gris sobre la grisura del abismo, como en el final de la película Star War. Camino un poco y compruebo que para salir de este rectángulo no hay escalera, apenas una que está demasiado alejada, una de esas escaleras de madera que sirven para cualquier cosa menos para escapar de un rectángulo de pórtland como este. Entonces  parpadea en mi mente una noción difusa y lo último que hice antes de  recordarme aquí flota y enseguida se desvanece. Yo era una mujer que caminaba sobre un techo plateado. Miro hacia arriba y veo un agujero y a través del agujero, el aire y la luz que ayudan a que esta tiniebla sea gris y no completamente negra. Pienso: mi cuerpo al traspasar el techo hizo que esta oscuridad se volviera gris. Pero de todos modos no puedo asociar mis pasos con ningún acontecimiento, el agujero en el techo ni mi cuerpo caído, todo está suelto, deshilvanado dentro de mi cabeza, nada se eslabona con nada, ni siquiera apretando mis pensamientos unos a otros dentro de la vastedad de mi cabeza. Ni por asomo  me animo a creer que este cuerpo que apenas  puede moverse, es el mismo  cuerpo de la mujer que se sentía plena sobre un techo de plata.
         
Me arrastro por el borde de esta plancha de pórtland y no encuentro manera de bajar. Qué hago, Dios mío, qué hago. Allí hay una ventana. ¡Una ventana! Y la ventana, aunque resulte increíble, tiene una persiana y  la persiana, una manivela que mi mano pueda mover. Levanto la cortina y grito hacia la calle. Confusamente me doy cuenta de que la calle que  estoy viendo es la de la esquina de mi casa y que el hombre que está en el negocio es el guardia del supermercado de los chinos. Grito, pido ayuda y la cara que el hombre me devuelve, al ver mi cara, tiene un gesto de espanto.

-¿Qué hace usted allí?- me pregunta.
    
Y yo le contesto:
    
-No sé.
   
Enseguida  sale la dueña del negocio.  Alcanzo a percibir que me mira con asombro: tiene los ojos estirados  que tienen todos los chinos, aún así en ese estiramiento se acurruca el horror mientras me mira. Dice que no puede localizar a los antiguos dueños, que el  galpón está abandonado. La palabra "galpón" resuena en mí, apretada, oscura, nada tiene en común con el techo plateado ni con la mujer que hacía equilibrios en el aire. Poco a poco la calle se llena de gente. Vienen a mirarme a mí, una mujer asomada en una ventana ajena. Una mujer que tiene la mitad del rostro desdibujado, aunque yo todavía no lo sepa. No, yo no lo sé, yo sólo miro sin ver. Y la calle  está llena de gente, mis vecinos.  Suenan las sirenas, la de la policía, la de los bomberos, la de la asistencia pública. Asomada a la ventana hablo con  ellos sin ver a nadie en realidad, digo cosas que ya no recuerdo. Me doy cuenta de que con la mano sigo apretando el martillo y el envase de pegamento que no ya  están en mi mano. Nunca hasta entonces tanta gente me estuvo mirando con esa expresión ceremonial, los ojos grandes, las cabezas inclinadas hacia arriba donde yo estoy sin saber que estoy. Soy una aparecida en un sitio abandonado, en un sitio imprevisto. Qué extraño. Los hombres que ahora entran por la ventana dicen o gritan informándole a alguien que está en otro sitio:

-Es una mujer con múltiples contusiones que cayó de una altura de cuatro metros. Entonces me parece que por primera vez  comprendo de verdad que todo se reduce a una caída. Una vecina se ríe y yo la reto desde mi privilegiada altura, le digo que no debe reírse, que esto es serio, que está mal que se ría de mí. Los hombros de la vecina suben y bajan, creo que está llorando.
                
Las voces de los bomberos son cálidas, insistentes, tratan de tranquilizarme, dicen que no va a  resultar fácil sacarme por allí. Digo: Cierro mis ojos, pero en realidad cierro uno solo, porque el derecho sigue cerrado contra mi voluntad. Los bomberos me aconsejan que cierre los ojos. Justo, lo mismo que la voz en mi cabeza me había dicho antes. Empiezo a rezar sin que salga mi voz y mi voz se repliega y repercute en el inmenso interior de mi cabeza. Mi voz es más poderosa que la vasta amplitud de mi cabeza. Nadie la escucha. Mi voz es sólo para mí, ahora, que unas manos me sujetan los cabellos, las sienes y me amarran a algo fijo, algo como una dura tabla de madera que tiene la largura de mi cuerpo. También los brazos y esa pierna que parece no formar parte de mí. Estoy sujeta por todas partes y  de pronto mi cuerpo cae perpendicularmente. De repente noto que olvidé el martillo y el envase de pegamento y quiero recuperarlos, pero es tarde. La voz de un bombero me dice que piense en mí, que me olvide del martillo. Repite: "Señora, piense en usted" Qué extraño que alguien diga eso, que me lo diga a mí. Tengo experiencia en crueldades, dice una voz que está dentro de un sueño que se repliega a su vez en un rincón de mi interminable cabeza. Mi cuerpo está sujeto a una firmeza inesperada y siento  que  sigo cayendo en forma vertical por una cavidad que se desplaza. Es una cavidad pequeña, ya no hay voces. Sólo el sonido de una sirena que avanza conmigo, larga y renovada, así todas las voces de mi cabeza se van disolviendo en ese sonido hecho de vacío y plenitud.
               
Llevo conmigo una imagen: aquel agujero en el techo visto desde el otro lado y la dulzura del tono de voz de los bomberos y el roce del mango de mi martillo y la aspereza del pórtland. Alguien dice: "Puede haber daño cerebral además de las múltiples contusiones y posibles huesos rotos."
                   
Ahora mi cuerpo sujetado se desplaza con una rapidez inmejorable. Olor a hospital. Recuerdo los hospitales, el de mi madre, el de mi padre, el de mi marido en la frontera. ¿La frontera con el Brasil donde viví casi un año fue algo parecido a un tinglado de plata? Cada atardecer mi marido atravesaba el campo y traía el guardapolvos embarrado. Los hospitales son espacios fuera del tiempo, repite la voz que permanece dentro de mi cabeza. Estuve inconsciente varias horas, dice en forma de eco la voz. Hospitales, sitios blancos, con eterna luz artificial donde nace y muere gente, donde muere y nace gente sin cesar con una suavidad espeluznante. La desesperación del mundo se cobija bajo  el elástico duro de las camas de los hospitales.
  
Estoy en el lugar "A" de la guardia de este hospital, eso dicen. He pasado a convertirme en la multicontusionada de la unidad "A", soy,  secretean sin mucho disimulo, "la loca que caminaba por los techos". No puedo creer que mi cuerpo haya creado un agujero sobre la superficie plateada. Los médicos me hacen preguntas y  de pronto milagrosamente descubro que entre la mujer que pisaba las canaletas de plata de zinc y la que despertó en aquel sitio gris no hay enlace, no hay memoria. Sólo hay un agujero que no puede ser llenado con palabras. Dos mujeres diferentes se hacen presentes en el interior de mi cabeza. Viene una enfermera, me mira y en su  gesto percibo el horror. "Tiene la cara deformada del lado derecho", me dice. Me destapa y con una tijera abre en dos mi camiseta vieja y mis pantalones duros de costras de pintura. No llevo reloj, no tengo llaves, ni bombacha ni corpiño. Estoy desnuda y entonces veo sangre, machucones, moretones y una pierna que perdió su capacidad de ser pierna. El lado derecho de mi cuerpo no existe, se quedó colgado en el techo de zinc como una guirnalda de carnaval. Pero allí está mi pie, lo veo, lo distingo perfectamente al final de la camilla. Le pido por favor a un enfermero que lo coloque al lado del otro pie que sí respira y se reconoce mío para que no cuelgue del borde de la camilla como si quisiera escaparse de mí,  o intentase regresar con la mujer que caminaba sobre el techo.
   
Tengo sed. Pido agua. Me dicen que no puedo beber. Al rato alguien trae para mí un cono traslúcido de plástico con un cilindro delgado que entra en la vena de mi brazo.
   
En el recinto "B" hay una niña que se lastimó un ojo con no sé qué extraño artefacto. La niña llora y su llanto me parte el alma, no la veo, sólo veo mis dos pies: el que respira conmigo y el otro cuya sombra sigue colgada del techo. Grito: "No hagan llorar a esa nena" No me escuchan, pero la voz de una médica dice: "Es la loca de la sección "A" que está diciendo estupideces."
   
Vienen dos enfermeros. Me manipulan. Mi cuerpo flota en un agua densa, el agua del mundo hecha de voces y tropiezos. Mi pie derecho camina ahora junto al cuerpo diminuto de la mujer de tul bajo la carpa de circo en el descampado de Floresta. Flota en el aire mi pie derecho cerca de las copas de los árboles. Viento, viento para los árboles y para mi pie que se niega a respirar y a obedecer voluntades.
   
La voz de alguien en algún rincón de la guardia hace mención a mí: no sé qué andaba haciendo ésa por los techos. La loca, la que soy yo fuera del escenario impresionante del interior de mi cabeza, que ahora se ha replegado y mira con curiosidad una sola imagen: el círculo imperfecto de un techo gris agujereado. Ese agujero tiene la forma de mi cuerpo que ya no está allí, pero por lo visto no está aquí tampoco, ni en ninguna otra parte.
   
Una voz de hombre me pide un número telefónico para avisar a la familia. La palabra "familia" es demasiado pesada para flotar en el interior de mi cabeza. Cae en mi memoria  del mismo modo en que un cuerpo se estrella contra Dios sabe qué y sigue cayendo. ¿Avisar? Sí, lo que le pasó a usted. ¿Avisar a quién? Estoy desnuda bajo una manta frágil y una voz de hombre habla de alguien que me conozca, alguien que sepa algo de esa mujer que fui antes de que mi pierna derecha se convirtiera en un fantasma.
   
Los números son demasiado perfectos, son señales absolutas que refuerzan y niegan el mundo interminablemente. Mi cabeza aún resguarda algunos números en su confiado interior. Puedo apoyarme en esos recuerdos con cierta vaguedad, me consuela tenerlos almacenados  igual que a un tesoro junto a la imagen por fin inalterable de un agujero imperfecto sobre un techo gris por dentro. Y lo que no deja de sorprenderme es que el plateado reluciente de afuera tuviera un revés de insoportable color gris. Mi cuerpo atravesó una distancia impensada. Mi cuerpo está aquí sobre una camilla en el receptáculo "A", aunque lo no está del todo. Este extraño compañero de vida, cuerpo mío, ha mostrado las endebles  costuras que lo sujetaban al interior de mi cabeza. Y no  es la primera vez que intuyo esto,  yo ya  lo sospechaba. Lo sospeché en aquel hospital donde mi madre abría y cerraba su boca desesperadamente, lo sospeché cuando los militares agarraban otros cuerpos para hacerlos desaparecer, lo sospeché siempre, pero esta vez tengo las pruebas: mi pierna y mi pie derecho lo están gritando. Qué manera de hablar tan poco sosegada. Acaban de entrar a la guardia otra mujer y un hombre extranjero a quien la médica que me calificó de loca está retando porque no tiene la visa ni los papeles en regla.
   
Me mueven, siento y escucho el ruido de las máquinas que echan pequeños relámpagos sobre mi cabeza. Mi ojo derecho continúa bien cerrado. Inesperadamente viene a mí  el recuerdo del bisabuelo que llegó en un barco desde Italia a la Argentina cien años atrás. Trajo para mí el apellido y el alcoholismo, me apropié de los dos. No hay recuerdo, no lo conocí, se trata de una memoria falsa.
   
-¿Qué estaba haciendo usted sobre el techo?- dice una voz con tono más de intriga que de reproche.
   
No puedo recordar. Entre la mujer que camina sobre el techo y la que despierta varias horas después en el piso de pórtland no hay conexión. Era tan suave la caminata de mis pies sobre el tinglado o ese espacio hecho de vaguedad, que hizo nacer dos mujeres diferentes dentro de mi cabeza. Una completa desmemoria, no tengo registro de la caída, en realidad no caí, me desdoblé, una parte de mí continúa haciendo equilibrios sobre las canaletas de zinc.
  
Sé que pronto veré la cara de un pariente o un amigo que vendrá a buscarme, pero mientras tanto soy una suerte de torpe metáfora de este país al que  llegó mi bisabuelo cien años atrás: Soy alguien que ya no reconoce a su cuerpo, un agujero sobre un techo o  la sombra de un cuerpo, sólo una voz que repercute en la inmensidad de  esta interminable cabeza y un espacio definitivamente en blanco  donde lo  que sucedió no ha dejado rastros.  Además todavía nadie viene a buscarme, nadie me llama por mi nombre en este sector "A" de la guardia. Espero que alguien venga a reconocerme, que alguien diga mi nombre. Espero que el sonido de una palabra que me designe cubra esta blancura de hospital.  Quiero  creer que después saldré de aquí y pasará el tiempo. Es natural, tiene que ocurrir. Van a olvidarse de mí los enfermeros, los doctores y hasta los vecinos dejarán de hablar de este incidente. Y los dolores irán cediendo y mi cara volverá a tener sus dos mitades casi idénticas. Los días se encimarán unos después de otros, dos o tres albañiles  cubrirán el agujero que creó mi cuerpo al traspasar el techo con alguna plancha plástica. Es lento el tiempo en momentos así, dicen que la mente se aletarga para no perder detalle y defenderse, pero yo pierdo todos los detalles y sólo me queda la  sensación de tiempo paralizado. Sólo eso me queda y el eco creado por un agujero enorme en el interior de mi cabeza, como si la hubieran vaciado por dentro y  esa inmensidad se preparara para abrirse paso y devorarse la promesa de un Universo que no aparecerá. Quiero creer también  que se han enterado de lo que me ha ocurrido y vendrán por mí.    De todos modos, pase lo que pase, siempre me quedará como refugio el interior de mi cabeza, un  espacio vacío en el que los propios pensamientos  amagan con crecer y cobrar cuerpo,  un espacio demasiado ancho para la vida. No sé por qué, algo me dice que el tiempo se me hará más  largo aún en este lugar donde  ya casi no hay sonidos y empezaron a faltar los colores, donde se resbalaron las palabras,  donde nadie aún ha dicho  mi nombre.


Los datos biobibliográficos de la autora puede el lector interesado consultarlos en nuestro post del 12 noviembre de 2009.