Inés Legarreta
Cuentos Escogidos 




Carta a un amor secreto

                         «Escribo más para mí que para ti. Sólo busco aliviarme»
                                                   Cartas de amor de la religiosa portuguesa.


         Al extranjero:
 
Hubo una vez en mi vida un extranjero. Llegó como llegan los que están de paso: cuando menos lo esperaba. Nunca supe con certeza nada de él. Después de cada encuentro, yo suponía o imaginaba su vida. Y él, por su lado, hacía lo mismo conmigo. Hablábamos muy poco, pero a veces, cuando nos ganaba la ternura, me decía: “Te imagino de tal o cual manera, te imagino caminando por mi casa; un ruido, algo me hace levantar la vista y te veo, tu presencia me acompaña, es un sueño maravilloso”. Entonces yo le decía: “No imagines; nada de lo que imaginas es cierto, lo único real es el cuerpo. Nuestros cuerpos”. En verdad, nunca se lo dije; yo pensaba decirlo, pero no se lo decía. Casi no hablábamos: todo era besarnos y buscarnos. Todo era besarnos hasta que nos dolían los dientes, la lengua, los labios; todo era la búsqueda desesperada del otro. Porque siempre, en cada furtivo encuentro, en algún momento, en el fragor de la lucha, se presentaba el otro. Entonces, una mujer trastornada, lúcida, recubierta de sudor y semen, era traspasada por la visión horrible del íncubo, del hijo del Demonio. No sé cómo me vería él en ese instante; pero, sin duda, poco habría en mí que recordara la belleza, más bien, mucho de lo contrario: sería fea, la pura fealdad. Respirábamos como animales, suplicábamos, nos arrastrábamos, nos desprendíamos de toda humanidad, renacíamos. La bacante, la pitonisa copulaba con un hijo del Demonio. No era amor: nos adorábamos ciegamente como se adora a Dios. Casi no hablábamos.
  

Un día, en mí, se impuso la razón y lo dejé. No se lo dije, no había por qué hablar: lo dejé. La vida siguió. La vida sigue. Esta mañana leí en el diario que había muerto y me dije: «Murió». Pero hubiese corrido a enterrarme en su misma tumba, a revolcarme con su cuerpo inerte y pálido. La vida sigue. Preparé el desayuno para mis hijos y empecé a programar las compras. No era amor: nos adorábamos.
                                                
                                 Tu amante 



De: Su segundo deseo, Emecé, Buenos Aires, 1997.



Corte de luz



Sentada en un sillón incómodo, sin luz eléctrica, leyendo ”Los muertos”  de Joyce, pienso en Ud.

Y no es que  Ud. haya muerto como en el cuento de Joyce: no. Ud ni se murió ni tiene graves problemas de salud ni lo desespera una pena de amor: la separación inevitable de dos amantes y la consabida vida futura de ella, digamos, la pasión que nunca es igual a lo que fue, bueno, ya se sabe, la vida doméstica, no voy a abundar en tópicos remanidos, sabidos, repetidos. 

Leo con una vela porque se cortó la luz. No porque me quiera hacer la romántica o porque de pronto haya envejecido (para el marido que la mira) o porque esté deprimida.

Y ojalá venga la luz porque me voy a quedar sin ojos. Y seguramente dejaré de pensar en qué hace Ud. en este momento, si está pensando en mí o no. Todo se reduce a eso. El paraíso, quiero decir,  la nostalgia del amor. Si alguien que alguna  vez amamos se acuerda de nosotros. Y sonríe. O suspira. Y se queda ensimismado. Se abandona. Le cuesta salir de aquella escena en donde uno tuvo la sensación, no, uno era feliz. Me quedaría allí mucho más tiempo del que estuve, aunque entonces decíamos toda la vida. Toda la vida fueron algunas mañanas, ciertas tardes, determinadas noches, en realidad, horas. Toda la vida no alcanzó, quizás, a ser un día completo. 

Pero por suerte nunca ha sido necesario, como en “Los muertos” de Joyce, que suceda una tragedia para perder el amor. Basta con cualquier cosa. Nimiedades. Tantas. Cúmulos. Y muchas veces sin que uno se dé cuenta. Hasta que un día, se corta la luz.  


De: La Dama habló y otras páginas, Simurg, Buenos Aires, 2004  






El pie



El Maestro no dijo no. Dijo que debía primero mirar largamente el ciruelo. Cuánto tiempo, preguntó Fujio, y se dio cuenta de que era una pregunta inoportuna. Se puso a mirar el ciruelo del jardín, desde la sala en donde el Maestro los iniciaba en el arte del dibujo. El árbol era pequeño, pero estaba en un promontorio verde y a un costado había un banco que todos llamaban “de la alegría”. Sentarse allí y empezar a sentir cierto bienestar debía ser lo que ocurriera y también recorrer lo demás con una sonrisa. Faltaba poco para el momento de florecer. Mientras tanto, Fujio dibujaría las ramas con los botones y las yemas a punto de abrirse; el color marrón y el verde allí, en el brote, y las tonalidades perdiéndose cuando las ramas ascendían hacia el cielo. El Maestro lo estimuló en la observación de los detalles. Para entonces el ciruelo se había adornado en su totalidad y alegraba el jardín. Una flor, le dijo el Maestro, dibuja una flor. Fujio se detuvo en la corola, en cada pétalo, en los pistilos y en los estambres, en la coloración y la suavidad del cáliz y luego sí, en la flor completa, mirándola cada día desde  un ángulo diferente, rodeándola con amorosa paciencia. Después se dedicó al árbol, como quien sigue un camino que no sabe adónde lo lleva. Al cabo de un tiempo, parecía haber en las láminas no uno sino varios ciruelos y el Maestro y los otros discípulos le estaban agradecidos porque sentían la respetuosa dedicación a la belleza. Para entonces Fujio se había olvidado del impulso original: no dibujó el pie de una geisha, pero de haberlo hecho, hubiera sido una obra maestra.

                                                                                  
KEIKO




Los demonios del sueño



Había flores que semejaban lirios acuáticos, pero con el reborde de las hojas muy marcado; también un gato negro de ojos verdes que asomaba la cabeza y, de pronto, un siseo distante y cierta vibración de la tierra provocaba que el campo de flores se abriera en dos: allí aparecía una casa;  en ella, un abanico gigante ocupaba todos los espacios al abrirse y cerrarse; dentro del abanico, colgada de uno de los dobleces y a punto de caerse, estaba una niña que, vista desde lejos, parecía un pájaro enfermo. La abuela le dijo a Keiko que no debía temer: eran los demonios del sueño y no otra cosa. Keiko quería mucho a la abuela, sin embargo, en este caso tenía sus dudas. 

Los demonios del sueño no llegaban todas las noches; se presentaban a veces para mezclar los colores y las páginas de lo que había sucedido en el día: no eran más que juegos,  como los de ellos – le había dicho la abuela tocándole al pasar la cabeza - . A veces, cuando se aburrían mostraban cosas que sólo sucedían en el mundo de los demonios y por esto los sueños eran descabellados. Entonces Keiko recordó un grabado que el maestro de la escuela había mostrado días atrás: en él, un hombre corría mirando a sus espaldas; los ojos se le salían para afuera y tenía la ropa y el pelo como cuando sopla fuerte el viento. 

El maestro también les había contado historias de demonios: se tragaban a las damas y a los niños en un santiamén y hasta a los soldados más valientes les costaba gran trabajo encontrarlos. De manera que hubiese tenido unas cuantas razones para olvidarse de ellos si no se le hubiese repetido el sueño. Despertaba con la sensación de no saber de qué noche salía: los sueños eran un calco casi perfecto hasta que aparecía la niña colgando del abanico; allí, ese momento, había cambios: podía ser que la niña hiciera una mueca, la boca se abría y cerraba pero el grito no se oía. O que se balanceara indefinidamente, o que tratara de deslizarse como por un tobogán pero se transformaba en algo pesado y, por más que hacía un gran esfuerzo, la niña-piedra no se movía. Entonces Keiko despertaba – estaba segura- con la cara del hombre que corría mirando para atrás. Y esto no era todo: también con el corazón palpitando y ganas de llorar. 

Keiko era una niña valiente,  quizás,  porque su padre había sido soldado y su abuelo también. Cada año le rendía homenaje antes sus tumbas; se inclinaba y oraba con devoción, les pedía que no la abandonaran a pesar de no haberse conocido: no tenía de ellos sino el relato de su madre y su abuela. Habían dado la vida por el Emperador y la patria. Entonces el espíritu del padre y el abuelo, la ayudarían a combatir contra los demonios, pensaba Keiko.

De manera que, sentada frente al televisor, mientras la abuela iba y venía por la casa, (la madre llegaba muy tarde cada día) Keiko descartaba opciones. Había tratado de interesar a sus amigas aunque a ellas no les gustaba el tema. A la madre, no quería preocuparla. Pero Keiko creía que la niña colgante necesitaba auxilio, sobre todo porque en cada noche mostraba cosas que le recordaban a ella: el vestido, las trenzas, una muñeca. Iba  descartando elementos para llegar a alguna conclusión. El gato de la familia Chiba era negro con ojos amarillos, lirios había en el estanque del jardín en donde paseaban los fines de semana; la casa no tenía las dimensiones de la suya y el gran abanico - ahora que lo pensaba - no era como los de su abuela: era un abanico extraño, liso como una pared. La niña colgaba de una varilla como si fuera la rama más alta de un árbol o la punta de un templo. Quizás  - pensó - debería inspeccionar en los alrededores para ver si había algo que le recordara esto. Con el permiso de la abuela, lo hizo. Al no encontrar nada ni el vecindario ni en el camino de la escuela, esperó seguir soñando para tener más indicios. Imprevistamente, una tarde, mientras miraba dibujos animados en la televisión, entendió que tendría que entrar al sueño justo en el momento en que la niña parecía un pájaro. Lo vio en un dibujito y le pareció fácil: salirse de su cuerpo, achicarse y entrar al lugar de los sueños, mientras, por ejemplo, se destapaba o se daba vuelta en la cama. En un descuido.  Como quien entra a una casa sin que la escuchen, sigilosamente, se deslizaría; llevaría - con el permiso de la señora Chiba - al gato de los ojos amarillos porque con esos ojos podría alumbrarle el camino (si había) y, además, porque los gatos sabían andar por los sueños. 

Cuando la señora Chiba escuchó a Keiko le dijo que los demonios se iban solos; sin embargo, el gato pareció prestarle atención porque salió caminando detrás de ella y se instaló en la casa. Esa noche Keiko se dispuso a dormir con cierta tranquilidad pues el animal se portaba como si siempre hubiera vivido allí: estaba elegantemente recostado en el piso y tenía el aire de una estatua. Parecía no prestar atención a nada y, sin embargo, en el momento preciso – Keiko no se había equivocado -  el gato entró al sueño y, desde allí, la llamó para que lo siguiera. Keiko tuvo la impresión de que caminaba entre nubes de algodón, se hundía aunque no demasiado; era una sensación de ligereza y angustia. Enseguida vio a la niña colgando de la punta del abanico liso;  le hizo señas con la mano para que volara (cómo era posible si se parecía a un pájaro que no se le hubiese ocurrido antes) pero la niña tardó en reaccionar, estaba acostumbrada a tener los ojos tristes y a pender sobre el vacío, pensó Keiko. El gato, a todo esto,  se acurrucó en un rincón. Por fin, cuando la niña después de escuchar variados argumentos decidió volar, el gato saltó, la atrapó de un zarpazo y se la comió.  Sucedió en un santiamén. A Keiko le pareció ver la cara de disgusto de un demonio entre las fauces y los bigotes del animal al tiempo que ella caía por un tobogán en un campo de flores suaves y olorosas que no terminaba nunca, nunca, nunca. 

A la mañana siguiente, la señora Chiba reclamó su gato y Keiko no supo qué decir.                  
  


Señales de amor


El príncipe Yukihara quedó solo en la habitación exquisitamente perfumada. Shizuko y Akiko, las dos bellísimas geishas con la cuales había compartido la tarde, se habían retirado después de una perfecta y ágil reverencia: volverían en pocos minutos portando delicadas lámparas de papel llenas de luciérnagas que colgarían del techo y en las paredes laterales como decoración nocturna. El príncipe – que estaba de paso en la región ya que al frente de su ejército marchaba en rebeldía hacia la capital imperial – aprovechó la momentánea soledad para reflexionar sobre el extremado arte y el refinamiento que las dos habían desplegado durante la ceremonia del  té y en las posteriores horas para complacerlo: tanto era así que le resultaba casi imposible elegir con cuál de ellas pasaría la noche. Pues si bien era cierto que podía invitarlas a ambas, por alguna misteriosa razón prefería que fuera una la que despertara entre sus brazos a la mañana siguiente.

Shizuko y Akiko habían cambiado su vestimenta; ahora vestían espléndidos quimonos bordados y se habían arreglado el pelo con flores crepusculares y peinetas de nácar y carey, lo cual realzaba en forma notable la belleza de ambas. El príncipe Jukihara las miró asombrado mientras colgaban en los soportes los farolitos que se prendían y se apagaban de manera intermitente. Decidió pedirles que, por separado, cada una se manifestara en lo que consideraba era su afición más profunda, su más íntimo sentir. Entonces Akiko tomó el laúd, se acomodó en los almohadones y después de permanecer por un instante en silencio empezó a cantar en una forma tan maravillosa que el príncipe, casi instantáneamente, se sintió transportado y preso de una emoción sublime de la cual no pudo desembarazarse sino un tiempo después de que Akiko hubo dejado de cantar. Luego ordenó a Shuziko que mostrara su gracia. Esta se dio cuenta de que el príncipe estaba deslumbrado por Akiko, pero no se desanimó. El canto de los grillos indicaba que afuera había caído la noche y la luna estaría, en su plateada serenidad, iluminando el cielo.

Shizuko, con voz calma, empezó a hablar. Dijo que desde niña, al ver aparecer y desaparecer en la oscuridad la luz blanca de las luciérnagas, había supuesto para esas encantadoras criaturas de la naturaleza un ciclo de vida que a duras penas alcanzaba a un día. No sabía por qué había optado por esa cifra y no por otra, pero lo cierto era que ya no podía pensar en ellas sino viviendo en ese tiempo ínfimo comparado con el del hombre. Y que también había imaginado y visto en el centelleo de las luciérnagas claras señales de amor: estaba segura de que a través de esos chispazos que ella perseguía y, por momentos, retenía entre sus manos, las que estaban destinadas a encontrarse se unían por única vez segundos antes de morir.  Y diciendo esto se levantó, descolgó una de las lámparas que alumbraban la habitación y con suavidad sacudió el farolito: cientos de luces volaron por el aire como fuegos artificiales y los rodearon hasta que ella abrió la puerta de par en par y se perdieron en la noche. Shizuko sonrió extasiada, se volvió hacia el príncipe y lo miró a los ojos. El príncipe Jukihara comprendió.


Utako


Kozumi se hacía pasar por una mujer: había adoptado el nombre de Utako. Con pocas anotaciones en el área de sus  gustos - arte, literatura, cine -;  la fecha de nacimiento y el sexo (falsos) había armado un perfil en Facebook. Lo hizo por curiosidad. 

Kozumi era escritor y le intrigaba saber por qué la gente usaba el chat y si esas relaciones dejaban o no de ser virtuales, pero por sobre todo, esperaba encontrar material para sus libros. No importaba cuándo o en qué novela o cuento lo utilizaría: sabía que en algún momento lo que sucediera en la red aparecería transformado en sus textos; además, sacaría ventaja de las conversaciones espasmódicas, los sobreentendidos, las interjecciones de esos diálogos del anonimato hechos con palabras que llegan tarde o en medio de situaciones confusas, como efectos secundarios en una relación compleja.

Por eso no le importaba pasar el tiempo respondiendo superficialidades: qué estaba haciendo en ese preciso instante, si era casada, soltera o divorciada, si el marido sabía que ella estaba en el chat, por qué no tenía foto en el lugar de la silueta. No ponía la foto de  Utako porque no terminaba de ponerse de acuerdo con sus pensamientos; a veces, la quería muy bella; otras, muy fea, muy poco agraciada; otras, una cara común, sin nada para destacar, pero que usara peluca rubia, a la manera de Hollywood. Por esto Utako era solamente una silueta.

Lo cierto es que desde que había comenzado con el perfil de Utako prestaba más atención a su mujer. Llevaba diez años de matrimonio y creía que la conocía de memoria; sin embargo, no era así. Le descubría, por ejemplo, pequeños pliegues en la piel de la nunca cuando doblaba la cabeza y antes no había reparado en ello. También se detenía en sus respuestas y silencios. Qué estará pensando, se preguntaba ahora Kozumi cuando su mujer callaba. Utako le había ido enseñando cuánto oculta una mujer. Los hombres también. Nadie mejor que él podría decirlo, sólo que en los hombres las mentiras eran de trazo grueso, poco elaboradas. Como lo había hecho al iniciar el juego.        

Había días en que no tenía ganas de chatear. Entonces le tomaba un rato, quizás los primeros cinco minutos de estar intercambiando saludos y palabras, para  encontrar el tono de Utako. Luego, se instalaba en esa voz con comodidad pero sucedía que, al día siguiente, la había perdido. Se le escabullía, no sólo el tono, toda Utako. Y esto era algo que lo intrigaba de veras. Si él – Kozumi - era Utako por qué Utako no era él.

A esto y a otras cuestiones, en cierta manera, le respondían los hombres. De a poco había ido ganando amigos fieles; se conectaban inmediatamente después de que Utako entraba.  Miraba los redondeles con luz verde y sabía que en segundos estaría hablando con Akifusa y Momosuke. Momosuke estaba enamorado de Utako, no había duda posible. En cambio Akifusa era ambiguo; había noches en que charlaba durante horas, pero en otras,  permanecía en línea – la luz verde del contacto prendida-  pero no hablaba. Kozumi creía que era como una especie de vigilia. 

Con el tiempo habló solamente con Akifusa y Momosuke porque ellos le ayudaban a crear la ficción con naturalidad. Era estimulante mostrar estados de tristeza, de alegría, de nostalgia y que de inmediato estuvieran a su lado acompañándola. Las mujeres eran infinitamente más complejas que los hombres – por eso siempre le habían atraído – y ahora él seducía a los hombres contando, por ejemplo, cómo compartirían el baño en una estación termal o describiendo con detalles la lámina y el dibujo que le había llamado la atención esa mañana en un mural mientras iba rumbo a su trabajo. Porque Utako era vendedora de cosméticos en un gran local comercial de una firma importante en el rubro. La había hecho vendedora de cosméticos porque su mujer tenía una especie de obsesión con las cremas faciales y el maquillaje en general y compraba cuanto aparecía en el mercado. 

¿Podía decir que esto era nuevo en él? En cierta forma lo había hecho siempre. Cada vez que pensaba un personaje empezaba a imaginarlo y para eso tenía, muchas veces, que recolectar información, estudiar. Sin embargo, algo era diferente ahora. Quizás el entusiasmo. La sutil seducción que venía ejerciendo Akifusa sobre Utako, su comportamiento le resultaba un aliciente, esperaba que él entrara en la rueda de las conversaciones, que estuviera allí, aunque no hablara.  Y el amor manifiesto de Momosuke, a veces, lo enternecía de verdad; le contestaba sin pensar demasiado en lo que escribía, era – más que nada – un estado de exaltación compartido.  

Momosume no le pedía que incorporara la foto a su perfil, en cambio, Akifusa era cada vez más insistente; si no la ponía dejaría de ser su amigo, - dijo una noche – porque necesitaba verla. Y aclaró que no era una urgencia estética sino espiritual, no podía seguir sosteniendo conversaciones con un fantasma.  Kozumi sabía que la espera tenía un plazo. Así, empezó a mirar con real interés los anuncios de los nuevos colores en lápices de labio, sombras para ojos, delineadores, cremas para borrar líneas en la cara, para blanquear la piel, perfumes. Porque llegó a la conclusión de que debía ser él mismo, maquillado, quien apareciera en la foto de Utako. 

Empezó a experimentar con tonos y colores y enseguida decidió dejarse crecer el pelo: supuso – con razón – que le ayudaría a dulcificar los rasgos. Inspeccionaba sus facciones como si fueran de otro cada mañana mientras se afeitaba. A veces, se ponía algún pañuelo o adorno de su mujer y la imitaba, quería lograr –aunque más no fuera superficialmente -  aquello que lo había enamorado de ella: una belleza inocente, que costaba descubrir. Era difícil, buscó retratos y fotos de cuando eran novios. Allí estaban. Descubrió que eran parecidos, algo que nunca había notado. La nariz, el corte de cara, podían pasar por hermanos. Entonces, cuando su mujer se maquillaba, Kozumi se quedaba cerca de ella y registraba a conciencia cada paso  de esa labor de transformación. Luego, una vez a solas, aplicaba sobre su cara el dibujo de la boca, la sombra en los ojos, el toque de color en las mejillas y, a pesar de que al principio no le fue fácil, de a poco, logró una expresión que lo conformó.  Utako era prácticamente igual que su mujer. Se sacó una foto y la subió al Facebook.   

La reacción fue inesperada: Akifusa, quien tanto había bregado por conocerla, la saludó en forma amable, pero no hizo ninguna mención que permitiera suponer agrado o disgusto; Momosuke tardó en entrar y cuando lo hizo tampoco dijo nada sobre la foto. Daba la impresión de que la imagen los había disgustado, pero el cambio ya estaba hecho y Kozumi, él sí, estaba contento. Sentía una extraña suavidad en todos sus pensamientos y se movía con tanta gracia que le pareció necesario adoptar vestimenta femenina. De manera que, cada mañana, después de que su mujer se iba al trabajo, se ponía algo de ella y, luego, se sentaba frente a la computadora y empezaba a chatear. Utako estaba completa.            

A partir de ese momento, sin embargo,  Momozuke y Akifusa – los dos (lo cual no dejaba de ser llamativo) – empezaron a tener un comportamiento errático que la confundía: raleaban las entradas, eran lacónicos en las contestaciones, la hacían esperar minutos como demostrándole que hablaban con otras personas y Utako, frente a esto, insistía con apelaciones que ya no surtían efecto o se quedaba esperando como antes lo habían hecho ellos. De todas maneras, no creía que el desinterés fuera permanente, muy por el contrario suponía que era parte de una estrategia ante la nueva situación: no sabían cómo reaccionar. Ella sí. Se pintaba y arreglaba con mayor cuidado y dedicación cada día y se apuraba para estar lo antes posible en el chat.  Quería ser ingeniosa y delicada. Pero, pese a todos sus esfuerzos, no logró recuperar la atención que le habían dispensado y ambos, de un día para el otro, desaparecieron. No se molestaron en despedirse: se autoeliminaron de los contactos. 

Utako lloró amargamente: se sentía traicionada, usada, despojada. Al mismo tiempo experimentaba un desborde de sensibilidad, una extrema laceración en su cuerpo que –pese al dolor –la hacía feliz. Sufría, deambulaba por la casa sin maquillaje; su pensamiento se agitaba sin detenerse en nada consecuente, hablaba sola, imaginaba diálogos vindicatorios y rompía en llanto desesperado. A su vez, Kozumi, estaba tranquilo: había encontrado un personaje cuyas aventuras lo llevarían de la mano. Empezó a escribir. 



De: La turbulencia del aire, Grupo Editor Latinoamericano Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2012




INÉS LEGARRETA, Escritora argentina nacida en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, en 1951. Su libro de cuentos En el bosque (1990) obtuvo el Premio Iniciación otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Tres años después ganó la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes. En 1997 publicó Su segundo deseo, libro de cuentos que mereció el Tercer Premio de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y una Mención de Honor en el Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2000 le otorgaron Medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense. En 2004 publicó La Dama habló, libro de cuentos que logró en 2008 el Premio Único de la Categoría Inéditos (bienio 2002-2003) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2008 publicó la novela El abrazo que se va. En 2010 editó, también la novela Tristeza de verse lejos. Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Primer Premio Nacional de Los Cuentos de la Granja, Segovia, España, en 1989 y 1993. Co-dirige desde 2005 la revista literaria Eledermaus. Ha sido traducida al inglés y al alemán.


Milia Gayoso Manzur 
Sayonara Alegría *





Sabía que seríamos cuatro en el grupo: Renata San Pedro, la empresaria textil, dos profesores universita­rios especializados en Comercio Exterior y un abogado especialista en Derecho Internacional. A Renata ya la conocía, porque nos habíamos encontrado en una pre­miación hacía algunos años. No me reconoció hasta que le dije que era la esposa del ingeniero Ernesto Pérez Matto, uno de los galardonados en aquella ocasión. Ella había sido jurado y le entregó su premio al empresario joven más exitoso del año, o sea, a mi apuesto esposo.

Con Federico nos conocimos en el aeropuerto. Llegó tarde, cuando estábamos a punto de embarcar. Saludó casi con descortesía y se subió al avión. Me tocó estar al lado de uno de los profesores. El viaje hasta Buenos Aires fue una tortura, porque mi compañero de asiento no paraba de hablar y de comer, comió todo lo que le sirvió la azafata y pidió más, con la excusa de que no ha­bía desayunado a causa del apuro. Como si fuera poco, también pidió café, y se lo volcó encima, salpicándome.

Por suerte, el viaje hasta allí no fue tan largo, pero me asaltó el temor de que me tocara volver a sentarme a su lado en el siguiente trayecto que duraría más de seis horas, hasta Europa. La espera en la terminal de Ezeiza no fue larga, embarcamos casi de inmediato y volvimos a emprender vuelo. Me senté hacia la ventanilla. Subí con la idea de mirar hacia la ventana y simular que dor­mía, para que no me moleste. Me ubiqué en el asiento, es decir, me hundí, acomodé la almohadita en el hueco del cuello y me tapé, para que mi vecino ocasional no tenga dudas de que quería dormir.

Me dejé llevar por el sopor de la siesta… entonces lo sentí a mi lado. Pero era otra energía. Cerré los ojos imaginando que sería Renata, u otro pasajero, porque definitivamente, Cortez no era. Olvidé decir a los orga­nizadores del curso que me ubicaran con Renata en to­dos los vuelos, para evitarme un mal momento como el que posiblemente pasaría en las siguientes horas. Enton­ces sentí que me rozaba el brazo. Perdón, dijo, y abrí por completo los ojos. Era el cuarto compañero de viaje, el que llegó atrasado. No es nada, le dije, y creo que sonreí durante un largo rato, feliz porque no era Ignacio Cor­tez el que iría a mi lado. ¿Ya nos presentamos, verdad?, me preguntó. Creo que no, le dije. Me pasó la mano y pronunció su nombre: Federico Augusto Gallardo. Yo soy Alejandra Montenegro, le respondí, tratando de sol­tar mi mano de entre las suyas.

Hablamos sin parar durante seis horas. Hicimos un resumen de nuestras vidas hasta que el avión hizo escala en Frankfurt, en Alemania. Allí nos quedamos durante siete horas, esperando la conexión.


Cecilia Absatz
Azul Profundo



Esas fiestas de diciembre, cualquier cosa es un pretexto para celebrar. A cierta altura se concentra tanto el insumo eléctrico de miradas y movimientos estratégicos que una querría desaparecer de ahí mágicamente y en un parpadeo privado aparecer metida en su propia cama. Ahorrarse así la parte crucial de la cuestión, es decir, irse. Cómo irse, con quién irse y, lo que es más importante de todo, cuándo irse.

Algunos consejos para irse de una fiesta:

a. No seas la primera. (La segunda sí, cómo no, con todo gusto.)

b. Bajo ninguna circunstancia seas la última.

c. Si las cosas no salieron como querías, no te quedes remoloneando a la espera de un milagro. Vete. Es difícil, un paso al vacío, un vahído, pero una vez en la calle se respira mejor.

Rebeca salió de la fiesta con paso decidido. Saludó animadamente a todo el mundo como quien sabe muy bien lo que hace, y partió jugándose la vida.

Un momento después Tato salió detrás de ella (bien) y la alcanzó en la vereda, cuando metía la llave en la puerta de su auto. Rebeca lo miró tratando de no sonreír y le hizo un gesto con el mentón, subí.

La última media hora, en la reunión, él había estado hablando con una rubia, una especie de Gwyneth Paltrow con un vestidito de crèpe de chine rosado. Mujeres frágiles: un peligro. Y era Tato el que hablaba. Animadamente. Ah no. No nos habría importado verlo bailar con otra, pero una charla animada a un costado era intolerable.

Pero él salió detrás de Rebeca, con el saco en la mano, y la buscó.

No cruzaron palabra mientras ella hacía sus breves rituales: la cartera debajo del asiento, cinturón, luces y arranque.

Pero el auto no arrancó.

Oh no, John.

Era un Clio, el segundo. Dios la castigó por haber cambiado el primero, el rojo, que era perfecto. Pero a ella le preocupaba tener un auto que ya tenía cinco años. Se convenció a sí misma con toda clase de explicaciones sobre la capitalización y el deterioro de los materiales, y lo cambió por otro idéntico, último modelo, gris metalizado esta vez, que se dedicaba sistemáticamente a dejarla de a pie.

Ella era de Renault como quien es de San Lorenzo, pero esto ya era grave. De entrada nomás, domarlo le costó mucho tiempo, mucho dinero y muchos disgustos. Y aunque en apariencia todo funcionara, la mitad de las veces se negaba a arrancar. Sin motivo alguno, pura histeria.

Por lo general ella se lo tomaba con razonable filosofía. Sólo una vez le pegó una patada a la rueda y se manchó en forma irreversible un divino zapato de gamuza beige. Pero que el auto no le arrancara después de haber vencido en esa sorda batalla con Gwyneth Paltrow en la fiesta era injusto. Ella estaba ahí como una idiota preocupándose por el auto, con Tato Welsh sentado a su lado.

– Una mujer como vos no debería tener auto -dijo Tato, mirando frente a sí la calle oscura.

Rebeca no recordaba haber dicho nada en voz alta, de modo que se sobresaltó.


María Eugenia Caseiro 
Poemas 



NO ESTUVIMOS ESA NOCHE EN LONDRES



No tuvimos una noche en Londres
(como debe ser)
una noche cualquiera pero en Londres
para pulir la torva mascarada del poema 
la muesca encanecida de un poema
gris poema torpe y gris 
ese gris tropical que desconoce la nevisca
un poema lluvioso anquilosado en su pastosidad
de no jugarse el todo por el todo.
No estuvimos esa noche en Londres 
(como debió ser)
una noche cualquiera pero en Londres 
sirviendo de amuleto en contra del calor
en contra de esta capa pegajosa 
de mosquitos hambrientos gusarapos y alimañas 
enredados al gesto de ejemplares sin flema.
Y el poema se arruga como un garabato
que entierra su raíz entre las horas
y apuntala la ausencia de esa noche en un tiempo sin marco.
No tuvimos esa noche en Londres
(que debimos tener) 
validando el frío grisáceo y luminoso
de la lluvia extranjera abriéndonos los brazos
sobre el brillo del Támesis.
Ni siquiera tuvimos la muesca del poema
y nos pesa su ausencia como la adversidad.





Jacobo A. Rauskin
Poemas Escogidos



De: Naufragios [1984]


LA NIÑA DE LOS MANGOS

a Osvaldo González Real

Hoy las hojas no son sino la imagen,
perdón, sonora
de la siesta y de un cántaro
a orillas de una sombra.

Caen, caen los mangos
y se acerca una niña cuyo nombre ya no ignora
el ángel de su andar. Mira.
Ve los mangos.

Desnuda,
con sueño, confusa y aturdida
va por ellos.

Gira.
Gira y en sí misma se demora
si, cayendo,
entre frutas y a la siesta se abandona.

Lo sé.

¿Lo sabía?
Lo recuerdo
a orillas de una sombra
y en la siesta de los mangos.

La infancia duerme como fruta
y como árbol tiembla, despertando.




Lourdes María González Herrero 
Poemas 





De: En la orilla derecha del Nilo  (2000)  


    

DESLÍZATE A LA MAR, BARCA DEVOTA
                                    nueva canción de Orfeo para mi hijo.



Deslízate a la mar, barca devota,
y cruza los paisajes con tu inocencia
en estos tiempos en que las naves tienen que ganar.
Tú que aún superas para ti el origen
de la ciudad pequeña, dulce, desmembrada,
hazte a la mar de la memoria y boga,
cruza océanos de dudas, noches de réquiem,
deshace el mito para volver a ser,
no te devuelvas a la orilla sin la esperada prenda,
trae peces              y trae orgullo
que para ti vibra mi alma en la ausencia.

No puedo practicar ningún oficio en los días que corren,
no existe ningún oficio para mí,
pero tú, barca infantil,
boga, deslízate,
atraviesa el agua cada vez más peligrosa
y vuelve para que yo te escuche
aunque sea en el día de mi muerte.

Yo pudiera inventarte algún Pequeño Anceo,
una tribuna y un heraldo,
pero serían palabras,
y las palabras nunca te salvarán de las corrientes
donde los viejos cantos pierden su sentido
y el mar
pierde su distancia.

Isla, pedazo de tierra que conozco,
dale a mi hijo un remo
antes que las actuales olas lo invadan todo
y sólo quede el eco de aquel coro increíble.

Isla, razón,
dale a mi hijo un buen pretexto para el viaje
y déjalo, barca de sueños,
rendir el verdadero himno,
encontrando los símbolos de esta noche,
esta larga noche, de este valle infértil,
pero propio.


Deslízate por la única ruta
y da calor a las costumbres,
verás, pequeña nave promisoria,
verás de cerca y vivirás
lo que hoy te cuento como si fuera un pasaje remoto de la vida.

Tocarás la llama
porque eres también la cifra oculta,
boga, lento y seguro,
sé timonel y encántate con las ofrendas,
pero no olvides regresar.

Te brindarán en el camino rojas flores,
te darán vino y el placer que dura poco,
tómalo todo y luego
deslízate a la mar sin lamentarte nunca de ese viaje.

Pequeño encantador de mi pena,
tráeme la dignidad de la memoria
que yo te esperaré
aunque llegues el día de mi muerte.




Rodolfo Alonso 
Poemas Escogidos







DAR DE BEBER


sometidos a tan vasto encubrimiento
a tal golpe de suerte
un hombre muere una frontera se propaga
sosteniendo hasta el fin un día de olas


De: Salud o nada (1952-1954)






Alejandro Drewes
Poemas



Wie lebten wir hier?

Paul Celan




Y  así escribe uno
el poema de pronto
su grito que asciende
por los cielos giratorios
acaso: esta plegaria
inútil por el mundo

su carta en la honda
noche de los tiempos.




Irma Verolín
Habitación*




Un despliegue de cartas españolas
sobre la superficie tambaleante de la colcha
que cubre el cuerpo de mi madre
movedizo
increíblemente movedizo dentro de su enfermedad
ese vasto sitio donde todo confluye: nuestras conversaciones
el miedo
las manos de los médicos
las de mi madre que dicen ay.
Montones de cartas resguardan ese cuerpo
ahora
y quieren abrigarlo
mamá las ha echado alzando su brazo con brusquedad
–revoltijo en el aire cara y ceca sin pronunciación–
para dar un salto hacia el futuro
ese otro lugar que no existirá para ella
aunque las cartas vaticinen fabulados prodigios
lunas fosforescentes en la ventana quieta
luces para repartir como caramelitos en un cumpleaños.
Todos aquí
nos asomamos al futuro de mamá
estirando el cuello hacia la colcha
que ya no soporta el colorido de las barajas
ni el temblor rudimentario de su cuerpo.
Está hecho de nácar su cuerpo
deshecho su cuerpo
lábil entre las sábanas
que apenas recuerdan sus perfiles
las líneas
las rugosidades



 Fotografía de Leyla tomada por Silvia Orellana en el campo de batalla


Leyla Patricia Quintana Marxelly
Poemas de la Resistencia*
Selección de Textos y Nota Biobibliográfica
de Luis Alberto Vittor
© 2015 Analecta Literaria




EN LOS CAÑALES


Desdoblo la mirada de los cañaverales
Oliendo a dolor y sufrimiento.

Un niño por hambre agrieta sus venas
y arrolla tempestades.
una mujer violenta la calma
y aúlla el silencio de pan y leche
un hombre cañal a cuestas
el viacrucis termina
crucificándolo sin piedad
al final del camino de la muerte.


COMPAÑERA LABRADORA


Quedaste  pintada en la página de la guerra
tatuada como una huella imborrable
pedazo por pedazo te plasmaste
como arco iris en mis sienes.

La blanca tempestad que arrollaste
padece hoy de tu ausencia
labra una inmensa soledad en su retoño
y brota un huracán de amor apuñalado.
clavaste una estaca más en la conciencia
para minar la tristeza
y esclarecer tu franqueza.

Compañera aquí en este pedazo de camino
tu pueblo te vive y te resiste sin parar
tiene mucho por andar
es por eso que te recuerdo
que aun lejos vos y tu tempestad
agitas el velero de mi caminar.


Roberto Arlt 
Carta inédita a Ricardo Guiraldes



Una carta manuscrita inédita dirigida por el joven Roberto Arlt al ya consagrado Ricardo Güiraldes ha sido revelada en Lima por el Dr. Jorge Zevallos Quiñones, distinguido investigador peruano, antiguo catedrático de la Universidad Católica de Lima y de la Universidad Nacional de Trujillo. La carta fue dada a conocer en un artículo publicado en el suplemento cultural El Dominical del diario limeño El Comercio. Como buen conocedor de los archivos nacionales y experto profesor de fuentes históricas, el Dr. Zevallos Quiñones indicó que su aparición en Lima «resulta un extraordinario hallazgo», ya que otras 16 cartas y 14 manuscritos de Arlt fueron donados al Instituto Iberoamericano de Berlín por la hija del autor, Mirta. El descubridor de la carta ha señalado que la misiva permanece en la Librería Anticuaria «Sur» de Lima. En la misiva, el autor de Los lanzallamas y Aguafuertes porteñas se dirige con un tono de admiración y afecto a Güiraldes para agradecerle el envío de su novela Don Segundo Sombra. En el momento de escribir la carta que aquí se reproduce, Arlt estaba por cumplir veinticinco años, hacía tres años que se había casado con Carmen Antinucci, dos que había nacido su única hija Electra Mirta y menos que se había mudado al barrio de Villa del Parque. Roberto Arlt, inscripto como Roberto Godofredo Christophersen Arlt, nació en Buenos Aires el 7 de abril de 1900, aunque en su partida de bautismo y en la de nacimiento expedida por el Registro Civil consta como fecha de nacimiento el 26 de abril de 1900. Se sabe que tanto Arlt como su madre tomaban esta última fecha como la de su nacimiento por el día en que fue anotado en el Registro Civil de la ciudad. Fueron sus padres Karl Arlt, oriundo de Posen, norte de Prusia, hoy provincia de Posnania, Polonia, oficial del ejército de Bismarck, de ahí su carácter autoritario y tiránico; y de la austro-húngara Ekatherine Iostraibitzer, natural de la región italiana de Trieste, de extracción campesina, y quien inculcó en Arlt el amor por la literatura junto con el gusto por el espiritismo. Arlt creció en el popular barrio de Flores, entonces un suburbio bonaerense, entre la extrema pobreza y la resistencia a un despótico padre, en estrecha relación con una dura y hostil realidad social que lo seguirá hasta su muerte de un ataque cardíaco en Buenos Aires el 26 de julio de 1942. Jorge Luis Borges dijo en una entrevista que Roberto Arlt pronunciaba el español con un fuerte acento germano o prusiano heredado del padre. Así, mientras su padre hablaba alemán y su madre, italiano, Arlt balbuceaba el español, pero dominaba el lunfardo, la jerga porteña mezcla de gallego, italiano, alemán y demás aportes coloquiales del habla inmigrante, vinculado con los trabajadores del puerto, el tango, el hampa y los bajos fondos.Al mismo tiempo que ensalza la obra de Güiraldes, Arlt le relata una serie de «terribles padecimientos familiares». En esta carta a Güiraldes, Arlt reconoce que es en el ambiente portuario donde su escritura se ha nutrido: «he aprendido el oficio de periodista y el de apuntador de descarga en el puerto». Así,  La carta a Güiraldes es un desgarrador  documento donde un Arlt humillado y resignado traduce claramente la fatalidad de un destino que le parece irreversible. Confiesa su pesimista estado de ánimo y la  situación «cada día más triste y más sufrida» de su mujer, enferma de tuberculosis, de la que, sin embargo, dice que «un buen día» morirá y él estará «tranquilo». La edición que ofrecemos en Analecta Literaria es una transcripción literal realizada por un colaborador peruano a partir de la carta autógrafa, de 3 páginas, enviada a Ricardo Guiraldes aproximadamente en el año 1926, el mismo año en que Arlt publicó su célebre novela El juguete rabioso. Sabido es que a Roberto Arlt nunca le interesó mantenerse dentro del «buen gusto», la «desprolijidad» de su escritura, los «errores ortográficos» que se le imputaban en los originales de sus libros, quedan también evidenciados en su carta a Güiraldes y hemos respetado los errores ortográficos y la sintaxis deficiente del documento original, sin corregirlos.



Luis Alberto Vittor







Salarrué

El Cristo Negro
(Leyenda de San Uraco)1
1927




San Uraco de la Selva, no se encuentra en el Martirologio pero podemos atrevemos a creer que debía hallarse allí, aunque en el mismo Cielo de Nuestro Señor y aun en el Infierno de los cornudos, se vieron en grueso aprieto para saber donde debía quedar.

Nació en Santiago de los Caballeros allá por el año de 1567, hijo de Argo de la Selva y de la india Txinque, nieta de reyes, algo bruja, algo loca.

En la época a que vamos a referirnos (1583), gobernaba Guatemala el Licenciado García de Valverde, a ratos cruel como la mayoría de los capitanes generales, con una barba roja y cuadrada que untaba su coraza de reflejos sanguíneos, y sus manos huesosas y largas, cubiertas de vello rojo, parecían ensangrentadas de una manera indeleble, detalles que por lo demás, bien podía respaldar simbólicamente una verdad moral.

Argo de la Selva, noble ruin de Badajoz, había sido lugarteniente de Valverde durante más de seis años, hasta el día en que perdido el favor y acumuladas sobre su persona una larga serie de crímenes, fue juzgado por el mismo Valverde y ahorcado en el patíbulo de cerro largo, que desde las ventanas del Ayuntamiento, aparecía sobre el cielo lejano, siempre cargado como la rama prodiga de algún árbol macabro.

Fue entonces que la india Txinque, madre de Uraco, (mozo ya de dieciséis), entró una noche, nadie sabe cómo en el palacio, armada su mano verde con un puñal envenenado, y en pleno baile, intentó dar muerte horrible al licenciado; pero no logró su intento y fue destrozada por las guardias y enclavada más tarde su cabeza en una lanza, en medio de la plaza de la ciudad.

Uraco huyó de la venganza del gobernador y fue a refugiarse al convento de San Francisco, hallando amparo a la sombra de Fray Francisco Salcedo su padrino de pila, quien se tomó el cargo de instruirle en la lengua de Castilla y en la sagrada vida de Cristo.

Esto apasionó a Uraco y empezó su amor a Jesús con un tesón que hacía cavilar a los frailes y mover la cabeza negando antes que asintiendo, por aquella locura y desenfreno.

Algún monasta de rostro anudado le acusó de hipocresía, confirmada más tarde con la huida de Uraco y el robo de las joyas sagradas. ¿Qué pensaba el Hermano Francisco?

Atenuaba, atribuyendo el robo a una locura amorosa que le hacía desear para sí sólo, lo que estaba en tanto contacto con la Divinidad.