César Vallejo
Cartas a Pablo Abril de Vivero
[Selección]




París, jueves 31 (de Enero de 1924)

Mi querido Pablo:

Me hallo sin un céntimo, completamente pobre. Le ruego que, si le es posible, me proporcione algo mañana viernes 1° Febrero, lo más temprano que usted pueda. Algo siquiera, Pablo. Puede usted enviármelo en un neumático* al «hotel des Ecoles», a nuestro amigo Fernando Ibáñez que vive ahí. Que diga en el sobre «Para Vallejo». Rue Delambre. arr. 14. Número del hotel 15. Usted lo conoce.

Perdone, Pablo. Usted con su gentileza de siempre, disculpe lo moleste.

Suyo con todo cariño

César

(manuscrito, * Pneumático)





María Pía López
Miss Once
[Fragmentos] *




DE CASA AL TRABAJO: Liviano viento que acarrea las eses silabeadas ssssssss del ande que la escritora provinciana descubre deslumbrada -ella que la aspira hasta volcarla en jota se deja arrullar en esos sonidos precisos, demorados en el liviano viento que demuestra que Once es silencioso. Algunas de sus calles barruntan el secreto, los autos amortiguan su sonido y se escucha el trajín del carro o las zorras saltimbanquis de veredas, ruedas que se traban en baldosas. En esas jornadas sin bocinas y frenadas, las gentes hablan bajo, mercadeo sin gritada algarabía, señoras que ojean las vidrieras y un pudor flota en el ambiente, el silencio es un modo agradecido de la devoción del día. Dos pibes corretean tras la férrea carretilla, viseras opacan una zona de sus caras y los igualan las bermudas negras. Van callados y de apuro, la jornada laboriosa no se detiene, no hay freno para sus insaciables exigencias. Once silencioso es sorprendente cuando tantas veces fue rasgado por sirenas: las de una noche a fin de año en la que ardió un boliche y los cuerpos jovencísimos ardieron o inhalaron el humo espeso sin poder ganar la calle. Las sirenas no dejaron de sonar durante horas, la tragedia se esparcía como hollín en viento raudo y se inscribía en las huellas de la mutual asesinada a la vez que cruenta profecía pareció de un tren chocado a pocos metros. Once tiene muchos lutos y pocas casas fúnebres, sus muertos están, casi siempre, de tránsito, llegan a la estación de otros barrios a comprar a divertirse rezar o accidentarse. Cuando lo veo tristón pienso que es su saber callado de la muerte, que no olvida los trenes estrellados ni la quemazón de mediasombra ni tantos descuidados de la suerte que mendigan un trabajo ni los racimos de nostalgia migratoria o ese rostro de la chica que espera tras la máquina de churros algún cliente. Ella piensa en cualquier cosa: el boliche sabatino, el novio que demora el mensaje de texto matinal, el sobrino que le hace monerías. Aguarda y frente suyo hay churros comunes y rellenos, otros se han bañado en chocolate y miran pasar la gente mientras la soledad chorrea su mirada.


Mariana Miranda
Aparecidas 
y otros cuentos 


1. APARECIDAS


A Carlos Fuentes

«… siempre tendrás el gesto de ese momento aterrador
 en que te diste cuenta, amigo mío, de que la silla presidencial,
 la Silla del Águila,  es nada más y nada menos que un asiento 
en la montaña rusa que llamamos la República Mexicana…»
Carlos Fuentes, “La silla del Águila”, 2002.-
    

Las manos del General aparecieron un día de éstos, alrededor de las 15 hs. caminando por la Avenida de Mayo. Como es de suponer, caminaban con sus propios dedos. En los extremos superiores (o inferiores, según como se miren) estaban cubiertas de sangre seca. Era por la amputación, ¿Viste? Aunque dicen que los cadáveres ya no sangran pero éste parece que sí, porque el General era muy porfiado, siempre hacía lo que quería, incluso después de muerto. Los primeros transeúntes que se dieron cuenta se desmayaron del susto. Los medios de información dijeron que, como era previsible, enfilaban, ambas, hacia la Casa Rosada. Se les frunció el ukelele a todos los funcionarios del Poder Ejecutivo Nacional. El General, como era su costumbre, venía a retomar el mando. Aunque fuera, nada más que con las manos, ¿qué más necesitaba? Siempre sobró su espíritu, diseminado y creciendo por estas pampas. Y el cerebro, ¡buéh!, eso no era muy indispensable, sobre todo para el General. Muchos trataron de capturarlas para impedirles el paso. No pudieron. Eran manos mágicas… Llegaron en perfecto estado de salud. Abrieron la puerta del Despacho. Se instalaron, como siempre, en el Sillón Presidencial…




Miguel Brascó
Ahora usted, americano del sur*




Luego caminaré por las calles solas de Calacoto
Iré subiendo por obrajes por la Florida los callejones estrechos
La ciudad antigua de La Paz la cruel meseta de Bolivia
Cruzaré el mercado de los indios las factorías de la coca
El pesado olor de las frituras las degluciones las monedas
El Ministerio de las Tierras con sus portales mustios en la tarde
Iré subiendo desafiando el soroche las esquinas centenarias
Hasta que todo el paisaje sus techos sus medidas
Descanse silencioso y frugal allá abajo en mi memoria.

Este mundo y cada una de sus gentes
Trepa también por el corazón rudo de América
Por el aire tan viejo de la altiplanicie
Por el destino de sus minerales en el húmedo sol de Cochabamba
Cada mañana su soledad su esperanza es diferente
Estas barriadas de piel oscura
Fueron libres pisadas por la rebelión mordidas
Por un ejército del pueblo
Un filo rápido de metal una consigna impenetrable
Estos hombres y cada uno de sus rostros
Cada pierna de barracán cada cabeza con miradas
Avanzó y gritó y expuso el huso al exterminio.
Simón Patiño desde la eternidad
Los gerentes sajones de Aramayo
Fuman con desconfianza en pipas caras (de cereza)
Y firman largos cheques minuciosos
Para cerrar con precisiones monetarias
Los orificios pálidos trazados
Por el acero azul de las milicias.



Carlos Mastronardi 

Luz de Provincia 
y Otros Poemas





De: Tierra Amanecida (1926)

ALABANDO LOS BUENOS CIELOS

Mi destino que es ávido como boca en pasión
los cielos saborea. Goloso de horas soy.
Posesión he tomado de esta lenta mañana.
Le enciendo mi silencio cual una luminaria.
Es nueva risa de ángeles su luz jugosa y blanda
que me perfuma y limpia como una devoción.
Se calienta de pájaros el ambiente, y de sol.
De todas partes vino mi ser a este milagro.
Las formas son conciencias de eternidad, aclamo.
Un pecho tengo, y labios para elogiar andanzas.
La dicha exprimo como se exprime una naranja.
Por los tréboles busco la luna ya caída...
Aire tibio y elástico tal un cuerpo de china...
Aurora, yegua joven. La vida toda blanca.
Sagrada y plena como las ubres de una vaca.


PARA SEPULTAR UN OLVIDO


Yo y este paso alegre haciendo muerte…
Camino con el tiempo que es mi sombra
superando jornadas y memorias,
oscuro pordiosero de mis horas.

¿Quién era la que ayer entro en mi día?
Pienso que la efusión fue puerto vano.
Solo viajó con mi olvidar postrero;
crece como un afecto el cruel espacio.

Fui anudando minutos a su espíritu,
y enjoyada se fue con mi pasado.
Confesión de pobreza es el recuerdo,
y hiere otra presencia mi costado

Tal vez no soy aquel que contemplaba
el apasionamiento de un ocaso,
mientras el tiempo que madura adioses
nos iba despidiendo, despojando.

La andanza me buscaba como el sueño.
Un haz de anocheceres ciudadanos
traigo de los momentos que vaciara,
y un viento envejecido y desgajado.

Y en este silenciar que con Dios linda,
me desnudo de noches y de días.




Orlando Florencio Calgaro
Poemas 1968-1979



De: Punto de Partida [1968]


POESIA

La poesía no sobrepasa al hombre,
lo prueba”                  
René Menard

Se trata del asentimiento
de la tentativa desesperada
lúcida
por comprometerse
a favor de la más grande presencia
en la tierra:
la del hombre frente a su verdad.
La renuncia a conducir el mundo
comienza a inquietarse
cuando las sustituciones
no consuelan de nada. Entonces
nuestra tarea
(por la amistad de los poetas
sin misterios impenetrables
y con todas las pruebas rechazadas)
es este estado emparentado con la palabra
alimentándonos de su fermento
como la libertad del aire
o esas regiones del hombre
que aún le pertenecen
pese a las ópticas del hambre y tanto frío
como un amanecer que ya nos ilumina.




© Fotografía 1988 Ricardo Sánchez


Daniel Moyano
Anclao en París




Cursé todo el secundario en Buenos Aires sin tener un solo amigo. Por diversas razones no podía aceptar lo bueno y lo malo de las personas. Yo quería que fuesen de una sola pieza. Que fueran como yo las imaginaba. Para colmo me equivoqué de carrera. Tendría que haber estudiado psicología en lugar de otorrinolaringología. En los años de bachillerato lo que más me impedía acercarme a las personas era la maldita manía que tenía de asociarlas a los animales. Para mis visiones interiores, mis compañeros de curso constituían un zoológico. El gringo Paladino era evidentemente un sapo; el turco Nemer, una especie de cuervo. Y así todos los demás. Las mujeres eran para mí variaciones de un solo animal mitológico, hermoso y aterrador. Cuando hablaba con alguna de ellas tartamudeaba, y eso que tengo dicción perfecta. Mi viejo no me llevaba el apunte por considerarme un caso perdido. Admiraba en cambio a Horacio, el mayor, que estaba en el Colegio Militar y seguía así los pasos del viejo, general con mucho prestigio en el arma, ex ministro varias veces, hombre de consulta en cualquier revuelta militar. Casi un presidente, de acuerdo a las constantes históricas de mi país. Y yo para él era un opa. Muchas veces mamá le exigía que hablaran de mí, que solucionaran mis múltiples problemas. Pero el viejo estaba siempre en el Ministerio o en el Estado Mayor Conjunto. Finalmente aceptó la tesis de mamá, de sacarme "«de esta ciudad hostil»" para que siguiera una carrera universitaria en otra provincia. Entonces me mandaron a Córdoba, con las recomendaciones de que me hiciera socio del Jockey, de que frecuentara a las buenas familias, etc. Allá se me agravó el problema porque de entrada le tuve miedo a los cordobeses. No a algunas personas, como me sucedía en Buenos Aires, sino a todos. Me atemorizaban sus caras de gente del interior, sus apellidos, su pedantería. Para colmo entre las buenas familias que mamá me había sugerido conocer, estaba uno de los doctores Orgaz, que un día me dijo a quemarropa "«los hombres son como los átomos, por más que se acercan no consiguen tocarse jamás»".

En esa politizada ciudad se me dio por el canto, malgre lui. Llegué a cantar en el Coro Universitario y gracias a él pude conseguir mi primer viaje a Europa porque además de ser tímido desconocía cualquier idioma que no fuese el mío. Cuando mamá supo de mi inclinación artística me dijo en una carta que "«yo veo con buenos ojos que dediques parte de tu tiempo a la música, porque ello contribuye a formar una cultura que hay que tener, pero a tu padre no le gustó nada»". Seguramente porque papá, siguiendo sus obsesiones castrenses, me veía militar como a mi hermano aunque yo me hubiese inclinado por la otorrinolaringología. Y sin duda le resultaba ligeramente molesto ver a un oficial cantando en un coro o, disfrazado en un escenario, un aria de La Traviatta. Eso era algo de la plebe, como dijo siempre refiriéndose a gente que no era como nosotros, expresión que sustituyó por el pueblo cuando le tocó decir su primer discurso en su primer ministerio. Yo también evitaba a la plebe, pero por otras razones: mi visión zoológica durante el bachillerato, el asunto del doctor Orgaz durante los años universitarios. Pero no porque lo despreciara. Al contrario, me hubiera gustado incluso ser uno de ellos, poder hablar con naturalidad con todos, reír con mis compañeros y poder acercarme a las mujeres, que tanto me gustaban. ¿Pero cómo?



Delfín Prats
7 Poemas




De: Antología Poética [2012]


HUMANIDAD

Hay un lugar llamado humanidad
un bosque húmedo después de la tormenta
donde abandona el sol los ruidosos colores del
combate
una fuente un arroyo una mañana abierta desde el
pueblo
que va al campo montada en un borrico
hay un amor distinto un rostro que nos mira de
cerca
pregunta por la época nueva de la siembra
e inventa una estación distinta para el canto
una necesidad de hacer todas las cosas nuevamente
hasta las más sencillas
lavarse en las mañanas mecer al niño cuando llora
o clavetear la caja del abuelo
sonreír cuando alguien nos pregunta
el porqué de la pobreza del verano y sin hablar
marchar al bosque por leña para avivar el fuego
hay un lugar sereno un recobrado y dulce lugar
 llamado humanidad





Antonio Parra 
Poemas Éditos e Inéditos



1. RECORDANDO VENECIA DESDE EL SUR


Los miércoles
Almuerzo con amigos poetas y entre azulados
Martinis, pienso en las nieblas de Octubre
Imaginando como eligieron los ángeles
Brumas tan desconcertantes para su real morada.
Busco la ceniza en los ojos de algunos,
Cuando empuñaban flameantes espadas,
Enhiestos sobre doradas cúpulas o tendidos
Sobre un alféizar, junto a un león alado
De mirada inquietante.
Prefiguro aquel del  Caravaggio,
Vestido más a la manera de un joven gentilhombre,
Sin desplegar soberbia su iridiscente belleza
O hablando de dulces gemas imaginarias
En manera tan cruel, que dejando de ser ángel
Se coloca a mi lado y me habla de un libro
Donde arden los pájaros.
Los miércoles son días parecidos a lápices
Que dibujan sin tregua abatidas
Figuras de cuerpos sin memoria. Y recuerdo
Las imágines ciegas de un marmóreo transepto
Con altares sembrados de miradas
De arcángeles caídos y grandes procesiones
Que celebran el final de la peste.
Debajo de helados soportales resuenan las palabras
Rindiéndose a las aguas, tan distintas
De las que ahora suenan muy cerca de nosotros,
Mientras sonriendo evoco el herido poema
Fugitivo, colgado como guirnalda sobre un arco
Románico o el libro con la letra
Tan menuda y cuidada igual que los mosaicos bizantinos;
Y el papel alabastro como las vestiduras
De amables querubines, joyas del tríptico Portinari.
Los miércoles,
Son días irremediablemente huérfanos
De codiciosas luces, proyectando figuras de tetrarcas
En ciudades donde se queman los sueños
Desolados, como en una caracola de muerte,
Y el recuerdo acaricia naranjos petrificados,
Mientras la recobrada luz
Ilumina el verso y el pálido dibujo
Que algún día pondremos al puesto de las rosas.


Premio Villa de Aoiz (Navarra: 1993)





Manuel del Cabral
Compadre Mon
[Selección]
1943





COMPADRE MON

Por una de tus venas me iré Cibao adentro.
Y lo sabrá el barbero, aquel que los domingos
Te podaba las barbas
Como quien poda un árbol de la patria.
Y también Domitila lo sabrá, Domitila
Que mientras comadreaba tenía entre las manos
Unos duendes que hacían pan sabroso hasta el lodo.
Y habló de Domitila, porque sin esa cosa...
Quizá ni tu revólver fuera un poco de pueblo.
Porque ella fue tu risa, fue tu pan y tu catre.
¿Qué hubiera sido entonces de esas cosas humildes
Que tocaron tus manos, tu calor, tus pisadas?


Tu caballo
Hubiera sido siempre una bestia cualquiera.
Tal vez sin estas cosas los muchachos con sueño
Ya hubieran enterrado tu pistola, tu espuela;
Todo lo que en tu cuerpo y en tu aire
En la tierra que quiso no quedarse dormida.
Porque tú, que no fuiste nunca niño de escuela,
A la escuela te lavan en la boca los niños. Es que no quiero hablar de tus cosas mayores,
Ni aún de aquella extraña madrugada en que diste
Órdenes a un soldado
Para que repicarán las campanas
Por tu llegada al pueblo.
No
No quiero hablar ahora de tus cosas de todos.
De lo que quiero ahora
Es hablar del remiendo que te hacía la tía
En aquellos no aún gloriosos pantalones.
Hablo de la ternura con que tú ya besabas
Sus manos costureras, cuando aún tus bolsillos
Se cargaban de piedras para romper faroles.
La gente que te vio tan pequeñito
No pensó que la tierra se iba a poner tan grande...
Ahora
Cualquiera cosa tuya huele a patria.
Hasta Tico, el lechero
Que llega con un poco de leche en su sonrisa,
Y me dice:
Aquí, Manuel, estuvo Mon un día,
¡Que no rompan la silla donde lo vi sentado;
Arrimado a esta puerta!
Ya ves, Compadre Mon,
No puedo hablarte ya de cosas grandes;
Tu pistola, tus barbas, tu cabello,
Tu nombre,
Todo es pequeño junto a esa sonrisa.
¡Cómo brilla tu historia en los dientes de Tico!
Qué grandes estás; Compadre Mon en esas
Cosas pequeñas. ¡Por las ventanas de Tico yo me iré Mon adentro!
El maíz no lo sabe,
Ni el trueno,
Ni el agua.
Pero tú estás en el maíz del niño
Que piensas crecer mucho y tener tu tamaño,
Y tener un caballo como el tuyo
Que entró en la historia a fuerza de ser patria.

El trueno no lo sabe,
Pero tú estás en la garganta ronca
De los tambores que enloquecieron
De tanto hablar de ti..., de los rugidos
Del paso de tu sangre.
El agua no lo sabe,
Pero eres el agua con un cuento...
Tú le pusiste edad al agua de los hombres...,
Al agua que más duele, la pesada
¡Que siempre lleva llena venas, y con sed siempre el hombre!
Sin embargo, no quiero,
No quiero hablar, compadre Mon, de esas
Cosas visibles tuyas...
Yo prefiero decirle que Cachón, un muchacho
Enclenque de mí pueblo,
Estuvo muchos días y demasiadas noches,
Torturándose,
Fabricando,
Puliendo unas estrofas, y luego, sin comer,
Muchas veces,
Iba a mi casa, casi asustado,
Casi tartamudo sorprendido,
Y con quien comete su más sagrado crimen,
Me decía: - Manuel, aquí tengo una cosa
Que quiero que tú veas.
Pero nunca, nunca pude leerla,
Porque temblaba para darme aquello...,
Y volvía a su casa con aquello en secreto
Y volvía a pulir,
Y a no dormir,
Ni comer,
Y volvía a hablar solo.
De esto, Mon, sí quiero hablarle en familia:
De aquel muchacho en huesos
Que iba a la barbería
Y diez veces le preguntaba al barbero
Que cuánto le debía...
(Porque, Mon, es muy triste
No terminar un verso).
Aquel muchacho simple que perdió la memoria
Y que yo le decía que comiera...
Aquella emoción pura que al nombrarte, parece
Que se abría las venas para que se bebieran
Hondo y tibio tu nombre.
Esto sí me parece que no deja que el tiempo
Hasta lo más simple de tu voz:
Tu sonrisa.
Y a ti, Compadre Mon, que te encontré una tarde
Haciendo el hoyo puro
Del futuro cadáver de tu cuerpo
(Porque tenías un duelo aquella tarde).
Pero nunca supiste que tu muerte
No cabe en ningún hoyo de la tierra.
Yo mismo que de niño te conocí en el aire
Que respiraba el pueblo,
Iba ya repartiéndome tu vida,
Iba ya haciéndote un poco de mis cosas,
Iba ya no dejándote morir...
Después al campanario se ocupó de tu nombre,
De tus cosas mayores.
Y era difícil ya como un hombre cualquiera,
Te pegaras un tiro,
O te entregaras a menudencias,
A pequeñas manías;
Porque hasta aquellas inútiles palabras a tu gato
Tenían ya un sentido,
Porque así son, Don Mon, todas las cosas
Que pertenecen a lo que ya tiene
Tamaño de destino...
Un simple canto de gallo que despierta
Las cosas de la mañana,
Toma de pronto la estatura de un siglo,
Si entre las cosas que se despiertan con su canto
Se levanta un caballo con la historia en el lomo.
Te estoy diciendo esto viejo Mon ahora
En qué hacer unos versos y ponerse a decirlos
Es un peligro... Tan grande
Como ponerse a hacer la patria
Con sables de madera de sándalo.
Porque nosotros, lo que hacemos
Estas cosas de sueño, no estamos preparados
Para la fiesta del honor con precio...
Yo veo, a ratos ciegos que tocan su instrumento
Por unos cuantos cobres. Muchas veces,
Después de sus canciones, voy a verme al espejo,
Y miro bien mi cara para ver si es la mía...
Porque, a veces, cuando cantan los ciegos,
Muchas cosas del cuerpo voy dejando
No sé a dónde...
Por eso,
Pregunto por mi nombre cuando cantan los ciegos.
Te estoy diciendo esto porque a veces
Lo que nació en tu pecho lo tienes en la mano...
Te estoy diciendo esto, viejo Mon, porque a ratos,
Hablas conmigo cosas que hablando no me dices.
He caminado mucho por los ríos
Que vienen de tu cuerpo cuando a oscuras te hieren;
Y sé que cuando sangras
Te salen por las venas los sueños más varones.
Es que desde hace tiempo,
Tú construyes la patria, destruyéndote..





Rogelio Ramos Signes
Poemas Éditos 
e  Inéditos







De: Ajenos al vecindario (Antología) [2009]


ATARDECER DE INVIERNO


“Me paro en la luz oscura de la calle oscura
y miro mi ventana. Yo nací allí.”
Gregory Corso


Las luces de los modestos talleres
de corte y confección
ya se habían encendido
al costado de un canal de deshielo
que por Zonda y Marquesado bajaban del oeste.

Las luces de las melosas fábricas
de dulce de membrillo
ya se habían encendido
sobre el vapor de unas ollas enormes
con destino de cielo raso
y sin paradas intermedias.

Las luces de las carbonerías
ya se habían encendido
en la promesa de un calorcito que vendría después
con la merienda preparada por mamá
y el negro del carbón se haría rojo fuego
y el rojo se volvería incuestionablemente gris
y el gris, cosa que vuela.
“No soples de tan cerca
que hace mal a los ojos”.
Las luces de una habitación
donde un niño miraba viejas estampas
coloreadas en imprentas que nunca conocería
ya se habían encendido.



Luis Thonis
Lectura de los dedos




Siempre consideró que la frase “no hay nada que festejar” no le decía nada que le impidiera el hacerlo. Había algo y mucho: los colores, la luz, su respiración, los juegos amorosos, sus amplias pestañas indagando sus ojos azul marino más allá de la línea de los pescadores y que existiera la literatura y estar listo para las palabras que musita la vida sin que sean oídas. También se tomaba por alguien honesto pero para probárselo tenía a veces que robar y festejar tanta rectitud.

El objeto no tenía importancia, podían ser cien mil dólares o una chuchería, lo importante era el acto que probaba lo que no era. Por cierto, robaba chucherías insignificantes para no perjudicar a terceros y que no suponían el riesgo de una guerra de policía donde algunos matan para probarse que no son asesinos. El robo tenía que darse en una pequeña aventura individual porque hacerlo desde el estado ya era una forma normal de honestidad...

No podía tomarse como avaricia ya que era capaz de prestar sumas importantes dadas sus posibilidades aunque cobrarlas se volvía un calvario. También si se encontraba plata hubiera buscado noche y día al dueño. Nadie por eso lo comprendía, sólo la mujer que lo amaba, que ante cada despropósito suyo se divertía y más lo amaba.