junio 16, 2014

Mariano Melgar


La Biografía de Melgar 
y los aportes de 
Aurelio Miró Quesada. 

Porfirio Mamani Macedo 
Université Sorbonne Nouvelle-Paris III
Université de Picardie Jules Verne



Los aportes y esclarecimientos biográficos de Miró Quesada se basan esencialmente en los testimonios biográficos narrados por el hermano1 de Mariano Melgar, y sustenta la construcción biográfica de Melgar, en los referentes autobiográficos que aparecen en las obras2 del poeta, como es el caso del poema en el cual expresa su admiración Al Mar, cuando viaja hacia Lima para hacer estudios de Derecho. En dicho poema también se refiere a su regreso precipitado desde Islay hasta Arequipa, a causa de la pena que le causaba su alejamiento de Silvia, lo que quiere decir que “la obra poética de Melgar es el fiel trasunto de las pasiones e impresiones fundamentales de su vida”3. Así como lo indica Alberto Tauro en esta cita, la obra de Melgar es un documento indispensable para la construcción de su biografía.

Miró Quesada empieza su trabajo tratando de explicar el contexto socio cultural de la ciudad de Arequipa4. Hace una aproximación de los aspectos culturales importantes que pudieron influenciar la conducta de Melgar. Para ello busca referentes culturales propios de la ciudad, sobre todo, toma en consideración el medio geográfico, y la naturaleza que ocupa la ciudad de Arequipa, de la cual ya dieron testimonio otros intelectuales como Cieza de León5, o expresando su carácter apacible como lo hizo Cervantes6. En principio lo que trata de poner de manifiesto es el carácter de los habitantes de esta ciudad para encontrar la huella poética de Melgar, la que sin duda adquiere y refleja ese carácter rebelde propio de los arequipeños. La mayor parte de los biógrafos de Melgar como Jaime Cisneros, Francisco Mostajo, Los Hermanos Cornejo Polar, o María Weisse, atribuyen al clima y al paisaje volcánico que rodean la ciudad, ese mismo ambiente que representa Miró Quesada, en el momento inicial de la obra melgariana, como un contexto propicio para dar nacimiento al Yaraví7, o para exaltar la emancipación Latinoamericana, según el contexto histórico en el cual surgió la voz poética de Melgar. 

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mayo 15, 2013

Argelio Santisteban




Es Verdad, pero no lo digas

Argelio Santisteban
Unión de Escritores y Artistas de Cuba




Es cosa sabida que el idioma nos tiende trampas. 

Una frase –entre nosotros tan ingenua—  como “raspar una concha” haría palidecer a más de uno entre nuestros hermanos de Latinoamérica. 

Lugares hay donde la operación –arriesgada, pero cándida— que consiste en “coger una guagua”, sería identificada como la más punible de las aberraciones sexuales.

Y permítame el casto lector transmitirle mis personales experiencias en el campo de los equívocos lingüísticos.

Asistía yo a una fiesta donde estaban representadas todas las tierras del Río Bravo hacia abajo. Me acompañaba una chispeante coterránea, que amenizó la noche con sus constantes chistes.
Debo aclarar que, entre los venezolanos, al bromista lo llaman “mamador de gallo”, o simplemente “mamador”. De manera que entre mi chistosa acompañante y un sudamericano se produjo un rápido y espeluznante diálogo:

  -¡Qué mamadora es usted!
  -¿En qué me lo conoció?

Pero no habrían de terminar en ese momento los sobresaltos de aquella noche, a la vez festiva e infausta.

Bien se conoce que, entre las rumbosas huestes de Baco, el aguardiente recibe cariñosos sobrenombres. Así, en Cuba, muchos han ponderado las virtudes curativas del “jarabe del doctor Corona”, o las excelencias del “whiskey de etiqueta verde”.

Otro tanto en Brasil. Algunos lo llaman “cachaza”, lo cual no nos provoca embarazos ni sonrojos. Pero ahora viene lo bueno: en el coloso sudamericano el reconfortante líquido también se denomina con una palabra que comienza con p, contentiva del fonema ng –restallante como una campanada—, y que en Cuba es impronunciable pues designa, como diría un académico matritense, “cierta parte vergonzosa de la anatomía masculina”.

Durante aquella noche de mis pesares, como es frecuente en las fiestas, las damas habían formado su propio corrillo en un ángulo del salón, y discutían sobre preferencias en el beber.

-A mí me gusta el scotch- dijo una belleza blonda.
-Yo no lo resisto, por su olor a madera. Prefiero el coñac-  opinó otra fémina.
-Y yo, los vinos-  se pronunció una tercera.
Pero entonces fue Troya. Porque una brasileña emitió su voto:
-Mas, yo me quedo con la p…  ¡como una buena p…, nada!
Se hizo un silencio que podía  ser cortado en rebanadas. Y entonces oí que una cubanita le susurraba al oído a la coterránea más cercana:

-Eso es verdad, pero… ¡coño, hay que tener el recato de no andarlo pregonando en público!







ARGELIO SANTIESTEBAN, Periodista, guionista, humorista y escritor cubano nacido en 1945. Profesional de vasta y acreditada trayectoria en el periodismo de su país, escribe para revistas, periódicos, radio y TV desde los años ´60. Perteneció al staff en La Habana de la agencia noticiosa Reuters, y al equipo de reportajes especiales de Bohemia, decano de la prensa cubana.  Estuvo entre los creadores de la TV Educativa en Cuba. Correalizó un gran número de videodocumentales, exhibidos en el país y en canales extranjeros. Es autor de varios libros, en su mayor parte  dedicados a la historia y el folklore de Cuba. Entre ellos: Del anecdotario cubano: el trío de la muerte;  Primer vuelo: un francés descalabrado;   Otelo era cubano;  La Rondona:  mala hija endemoniada; Del ayer cienfueguero: ña belén y… el chisme;  Recuerdos de un siglo que ya se fue: cuba en 1930; El habla popular cubana de hoy (tres ediciones: 1982, 85 y 97), Uno y el mismo (1994, estudio sobre folklore cubano comparado),  Picardía cubiche (1994, sobre el humor popular), Anécdotas de Cuba (1999), Cuando el pueblo jugó a ser Papá Dios. (2011, sobre la toponimia cubana), etc. También ha sido un dedicado periodista de la divulgación científica, con los títulos Qué es la Química y Qué es el petróleo (1969). Entre sus distinciones periodísticas y literarias se cuenta, junto a Nicolás Guillén, Eliseo Diego y Tomás Gutiérrez Alea —entre otros—, el Premio Nacional de la Crítica, que concede el Ministerio de Cultura de su país. También ha sido premiado o mencionado en los concursos de Periodismo Científico Fernando Ortiz, de Humorismo Marcos Behemaras, Festival de la Radio, etc. Ha elaborado guiones de multimedia, y campañas publicitarias. Actualmente mantiene espacios fijos en revistas, en publicaciones electrónicas, en la radio y en la TV. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y miembro asesor del Comité Editorial de Analecta Literaria

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abril 27, 2013

Juan José Manauta


HOMENAJE A JUAN JOSÉ MANAUTA


Juan José Manauta

La viuda de Schwank*






Se registraron dos momentos cardinales (fuera de su nacimiento) en la vida de Severo Caprile. Uno, cuando le remataron la chacra que heredó de su padre y que también había sido de su abuelo. El otro, cuando los compradores del predio (los acreedores hipotecarios), la firma Faruk Hermanos S.A., le ofrecieron en arriendo la misma chacra para que la cultivara. Estos dos sucesos tan contradictorios en apariencia produjeron en Severo Caprile cambios sustanciales y nuevas apetencias, entre otras, la que lo retuvo en la tierra donde había nacido.

Todo empezó cuando en los días del remate Guillermina Schwank perdió a su marido y eso le impidió comprar la chacra de Caprile, su vecino, tal como era su deseo, y en vida, el de su difunto esposo. El duelo la enclaustró durante tres días: primero, el de la muerte propiamente dicha de don Federico; segundo fue el del velorio y las exequias; en el tercero se realizó la subasta. Se presume que el llanto la recluyó en casa después de la inhumación. Al cuarto, ya de negro, la viuda de Schwank se presentó en la gerencia de Faruk Hermanos, y tras la compra de alimentos balanceados para sus gallinas y chanchos, pidió hablar con Santos Hermida, jefe de la sección inmobiliaria.

—Hermida, quisiera levantar la hipoteca de mi chacra.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

—¿Por qué?

—Mi marido ha muerto y quiero heredarlo sin deudas.

—Por favor, señora, usted no tiene deudas.

—Las tengo —dijo la viuda de Schwank.

—Veamos —le dijo Hermida—: su hipoteca vence a fin de año y estamos en septiembre. Si cancela ahora, lo mismo tendrá que pagar los intereses del cuatrimestre que corre. Mejor dicho, los tiene pagos por adelantado.

—En realidad, y usted lo sabe, mi marido y yo queríamos comprar la chacra de Caprile.

—Lo sabíamos, señora de Schwank, pero no la compraron.

—¿Qué van a hacer con ella? —preguntó la viuda de Schwank—. No he oído decir que se propongan desalojarlo.

—Es claro que no, por ahora. No tan pronto. Caprile se irá voluntariamente.
Primero debe vender sus caballos y otras cosas, porque ha quedado un pequeño saldo. Una diferencia más técnica que real…

—Véndanmela.

—Hum.

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abril 24, 2013

Nolberto Ángel Malacalza


Fotografía de Maru Maiztegui

Nolberto Ángel Malacalza

Dos Cuentos 

1. EL ZANJÓN 

Saliendo de la ciudad hacia el norte, sobre la mano del río, los camiones de la empresa recolectora de residuos se mueven como moscas sobre las pústulas del basural. El límite sur del predio es una cuneta de bordes verdosos, de casi tres metros de ancho, con su sangraza marrón estancada. De vez en cuando los desniveles y la lluvia se encargan de desbordar algo de podredumbre en el río, sin que esto parezca importarle a nadie.
      
Sobre la otra costa de esa herida fea del terreno, merodean los habitantes de la basura. Allí se levantan algunos ranchos construidos con  desperdicios,  entre los que se puede ver —algo apartado de los demás y casi sobre la zanja— el del paraguayo Acuña,  más conocido aquí como el Palanga.  Después de un lío con sus papeles, cuando cayó en la redada por el piquete salvaje del puente, se refugió en esa mugre para que la policía dejara de molestarlo. Y ya que estaba, cuando el ladeado Benegas quedó preso, se hizo dueño de su rancho con mujer y todo. Y todo quería decir los perros y una hija de catorce también. Desde entonces, y no sin recelo, algunos vecinos comenzaron a mencionar al lugar como lo del Palanga. Es que aun siendo tan poca la gente del rancherío,  no faltaba quien tuviera ganas de echarle mano  para cobrarse  alguna  deslealtad y de paso la usurpación, ya que el ladeado era un vecino respetuoso de los códigos. Tanto, que se  había comido una sentencia de dieciocho meses por no comprometer a un compañero.
       
El sol ya dibujaba un arco iris brillante y fugaz sobre el agua empetrolada del zanjón, cuando el Palanga llegó de la ciudad con algo que se había encontrado por ahí.
       
—Tomá, para vos y la gurisa —le dijo a la mujer, quien a esa hora ya estaba levantada, aunque sin terminar de vestirse.
       
—Pero estas son pinturas finas —comentó sorprendida la concubina—. ¿Vos estás diciendo que las encontraste en una bolsa de basura? ¿En esta cantidad, una caja de esmaltes entera, sin abrir? No te creo. 
      
—El que busca encuentra...
       
—Eso es lo que siempre decís. A ver si de paso, cuando voy a la Unidad Tres, tengo que llevarte cigarrillos a vos también —le increpó la mujer.
       
—Vos fumá —replicó el Palanga. Tal era su dicho para imponer silencio. Ella dejó de hablar y  se dio vuelta  hacia  la cama todavía caliente, sentándose  allí porque el rancho no tenía casi otra comodidad. Al hacerlo,  la enagua se le subió a media pierna. El paraguayo se tendió junto a su compañera  y mandó a la muchacha a buscar agua del grifo. Del grifo que está como a cuatro cuadras, porque el agua del que está cerca no sirve para tomar.

La concubina  está pensando ahora que le conviene cerrar el pico. En los catorce meses  que lleva con él ya tiene varios juegos de sábanas, un ikebana que no sabe dónde poner, cuatro cacerolas de aluminio de esas que se guardan una dentro de otra (ahora el Palanga le susurra algo al oído) y —entre varias cosas más— dos espejos colgados sobre la pared. Uno mediano, que ha de ser de camión o colectivo, y otro más chico, de auto, que a ella no le gusta porque es bombé y le deforma la cara pero a la nena sí, a la nena le encanta pasarse horas haciendo muecas frente al espejito.  La mujer exagera un par de gemidos y sigue pensando. Casi a diario cuentan con alguna bolsa de alfajores o chocolate o alguna caja de hamburguesas. Entonces recuerda que el ladeado, sin ser mal tipo, en varios años no había traído casi nada. Y no le había dejado nada, salvo una cocina vieja, de la basura,  y el pistolón que se agenció en una trifulca y que ella aprendió a manejar por insistencia de su compañero, aunque nunca estuvo convencida de para qué. En cambio  su nuevo hombre, muy práctico, supo hasta colgarse de la línea de iluminación que está enfrente, en el basural, atravesando el zanjón con un cable forrado. Y  un mes atrás  se había “encontrado” un televisor de catorce pulgadas, algo maltrecho pero en funcionamiento. (A esta altura la mujer ya gime sin exageraciones). El Palanga es hábil, piensa ella. Y también ducho en la cama, como termina de demostrarlo una vez más. Entonces para qué tanta pregunta.
        
—Me hace falta un corpiño —dijo después la mujer. No, para mí no. Es para la Cacha. Esta opa ya tiene todo lo que hay que tener adelante, pero abajo de los pelos no tiene ni ocho años. Los camioneros de la empresa le tiran caramelos para que se desprenda la blusa y les muestre, y ella contenta. Menos mal que está el zanjón, que si no ya me la hubieran llenado. “Es cierto, no me había dado cuenta. Menudita y sin embargo ya pecha fuerte”, pensó el Palanga, pero no dijo nada. —Un día de éstos le consigo —comentó como al descuido, y puso la pava sobre el fuego.
        
Con el mate en una mano encendió el televisor y se sentó sobre la cama, esperando la hora de comer, antes de la siesta larga. Pero se veía  sólo un canal y no había películas de acción, como las que a él le gustaban. Entonces se quedó viendo algunas rodadas de jinetes en un festival de Jesús María, aunque rodada fue la que sufrió él, cuando quiso orientar la antena improvisada sobre unos tirantes añadidos y enclenques. Le faltan riendas, voy a tener que conseguir alambre, se dijo. Y lo consiguió esa misma noche. En realidad casi todo lo conseguía, salvo dinero. Ya hacía  tiempo que la gente no dejaba la ventana abierta y la plata encima de cualquier mueble, y no se quería meter en la cuestión del asalto. No era su oficio. Él andaba siempre con cuchillo, sí, pero como defensa. Sin embargo la suerte se acordó esta vez de los pobres  y —como caída desde arriba—  llegó la solución. A la mujer le dieron trabajo para cuidar de noche, de viernes a domingo, a un viejo enfermo. Él seguiría con lo suyo, cuando mucho se entretendría con alguna copa si sobraban monedas, y a la mañana temprano regresarían los dos para dormir juntos.  Menos mal —se dijeron— que después que se van los camiones nadie se acerca a los ranchos porque si no la Cacha, al quedar sola, sería pan comido.
      
El segundo sábado, a las dos de la madrugada el Palanga ya estaba de vuelta. Venía alegre, un poco a los tumbos y canturreando alguna cosa en guaraní. Encendió el televisor y justo pasaban una película de acción, con música de suspenso y alguien entrando por la ventana, revólver en mano. Despertó a la muchacha y le dijo:
      
—Tomá, Cacha, lo que querías.
      
—¿Eeeh? 
      
—Esto. ¿No te hacía falta un corpiño? Le contestó, mirando de costado la película y tambaleándose un poco mientras le ofrecía la prenda.
      
—Ah, sí —dijo la chica, incorporándose en el camastro y tapándose los senos con la sábana—. Déjelo por ahí.
      
—Cómo que lo deje por ahí. ¿No te lo vas a poner? Ah, no querés que te vea. Que te da cosa. Qué bien. A los camioneros les mostrás por caramelos pero a mí, que te traigo de todo, que te trato mejor que el fregado de tu padre, no. Bueno, no me mostrés si no querés —concluyó, como resignado. Total qué, gurisa flaca, se dijo, y siguió mirando la película. El que había entrado por la ventana termina de comprobar que la mujer que ocupa la habitación, está dormida. Pero la caña no, la caña que tiene adentro el Palanga no duerme ni se resigna, le invade las manos, una mano pone el televisor a todo volumen y después  va hacia el cuchillo,   la otra destapa a la chica, la hoja plateada manda muy cerca del cuello,  la  mano cómplice tapa la boca y la caña se hace cuerpo en el Palanga para la consumación. La mujer del dormitorio despierta y quiere gritar y el asaltante, sorprendido, está a punto de apretar el gatillo, en tanto la música presagia el desenlace.  

Entonces una puerta se abre  y el  tiro  escapa de   la pocilga  y suena largo, rebotando en los montones de basura y tierra,  mientras la  cabeza del Palanga  empieza a drenar una sangre espesa y brillante, como la del zanjón cuando sale el sol.

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abril 21, 2013

Francisco Muñoz Soler




Francisco Muñoz Soler 

Poemas 
1980-2013




De: Prehistoria Poética 1980-1988 (1996) 


QUIÉN ESTÁ CUERDO

Quién está cuerdo en este mundo de locos
yo, ustedes, es algo que me gustaría saber
descubrir quiénes son cuerdos
los sanos, los hijos de la sonrosada tez.
Estamos en un mundo gobernado por reglas
costumbres e intereses imperturbables
generadores de tabúes en serie
emblema declarado de la cordura sana.
Todo se ha de hacer como más convenga
a la sociedad dentro del orden establecido
por la bendecida tradición oficial.
Anoche soñé que un loco recogía un clavel
en un cruento campo de batalla ¡entre bombas!
en un campo lleno de muertos, de alienados héroes.


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abril 20, 2013

José Garés Crespo



José Garés Crespo*

La Cara Oculta de Edipo


RECUERDO que cuando conocí a Alex me encontraba en un dilema, como cuando desde una cima y tienes la mirada privilegiada, capaz de mirar hacia delante pero también atrás. Tenía cuarenta y cinco años y podía ver el camino por el que había llegado y el que me quedaba por recorrer. Quizá por eso, cuando recuerdo lo que pasó aquella noche, me resulta difícil saber si era el final o el inicio de algo serio en mi vida, de una nueva etapa o el último acontecimiento de la vieja, o tal vez eran las dos cosas al mismo tiempo. Todavía hoy, cuando intento reconstruir, no lo que pasó, aunque también, sino qué significado tenía, sigo sin tenerlo claro. Pero ahora la sangre ya no ruge como entonces aunque lamentablemente hay poco tiempo para el perdón y solo algún suave sentimiento queda todavía en custodia. Conocía muy bien el camino que transitaba a diario y, aunque despierto, la somnolencia de la cena y la hora hacían que, de vez en cuando, cerrase los ojos por instantes, en parte arropado por la rutina del trayecto y el hábito de fumar. Recuerdo que fue solo un breve instante. Justo el tiempo que tardé en bajar la mirada de la carretera para no apagar la colilla, como casi siempre, fuera del cenicero. Fue suficiente para que al volver los ojos al frente apareciese un hombre al inicio del trozo de carretera que iluminaban las luces de cruce del coche, las que habitualmente llevaba puestas. La repentina aparición me obligó a apretar el pedal del freno tres veces consecutivas, con fuerza, hasta que conseguí pararlo. El hombre, demostrando una cierta agilidad, se apartó bruscamente y pudo situarse en el límite del arcén con la cuneta. El coche le sobrepasó unos metros que recorrió hasta situarse a la altura de la ventanilla delantera del copiloto. Con el coche frenado, el motor en marcha y los ojos cerrados, suspiré profundamente. Seguía con las dos manos apretando el volante, como si tuviera miedo de echar a volar. Abrí los ojos cuando escuché los golpes contra el cristal de la ventana opuesta. Hice un esfuerzo mental e intenté serenarme y pude volver a la realidad que estaba ocupada casi totalmente por lo que me pareció, en aquel instante, una cara de hombre. La noche era negra, con estrellas y sin luna, de manera que los pinos que rodeaban la carretera eran una sólida mancha oscura y la luz de los faros solo iluminaba un triángulo al frente, manteniendo en la sombra al hombre, pero pude verle la cara ladeada y pegada al cristal, percibiendo dos detalles que me situaron. Uno, que era un hombre joven, casi un muchacho, y dos, que era bastante más alto que mi coche, ya que para poder asomarse a la ventanilla tenía que estar encorvado. Tuve la intuición de que iba a tener problemas. Confuso aún, pude confirmar, por la posición que mantenía el hombre pegado al cristal, que los rasgos de la cara eran inequívocamente de un hombre joven, con el cabello largo. En aquel momento no es que me importase demasiado y mucho menos venía a cuento, pero se me ocurrió pensar que en algunos casos es mejor un hombre alto que uno bajito. Casi tan rápidamente como se me ocurrió esa tontería me recriminé de pensarla. Sin embargo noté que intuitivamente tomaba posiciones, como tratando de estar predispuesto a un encuentro desagradable. Todo lo cual era absurdo y solo podía deberse al cansancio. Había estado todo el día de reunión en reunión terminando en una aburrida cena de las llamadas de negocios en la que lo único que había que negociar era decidir el momento adecuado para hablar con el comité de empresa, presentar la quiebra y terminar algunas operaciones contables para desviar a pérdidas algunos recursos, dejando el mínimo en caja y en las cuentas bancarias, habida cuenta que de los trabajadores se haría cargo la Seguridad Social. No había sido fácil pero al final habíamos encontrado una solución pactada con la mayoría del comité de empresa. Como casi siempre en estos casos, una solución menos perjudicial para la mayoría y muy beneficiosa para unos pocos, pero que desatascaba el problema y la dirección se salía con la suya. La verdad es que había hecho un buen trabajo. Era lo que se correspondía con los honorarios que me pagaban. Otra gente podría pensar que me había vendido, pero hasta los sindicatos entendieron que era el mal menor. Sin parar el motor, volví la mirada hacia la ventanilla y apenas pude ver unos ojos de forma almendrada y color claro, que podían ser azules, pero también verdes. Por los rasgos aparentaba un muchacho de unos veinte años. Lo tomé en cuenta y tratando de ponerme en guardia, no sé si contra aquel joven extraño o contra mí mismo, visualicé mentalmente las secuencias siguientes. Abriría la ventanilla, le preguntaría hacia dónde iba para decirle que yo iba en sentido contrario y seguiría mi camino. No era la primera vez y la vida se me estaba complicando excesivamente en los últimos meses. Era tiempos de incertidumbres, días de paso, de amores regalados y olvidados baños en el mar. No podía caer en ninguna veleidad. Venían malos tiempos y tenía que aquilatar cada paso que daba y cerrar espacios por donde se dispersaban mi tiempo y mi trabajo. Casi al mismo tiempo pensé que llegaba tarde para ejecutar ese plan. Tenía que haber seguido mi camino como si no lo hubiera visto. Vi los gestos que hacía con la mano derecha abierta, como saludando en un puerto, desde lo alto de un barco. Dudé en  abrir la puerta o bajar el cristal, pero bajé el cristal de la ventana, por prudencia y también porque quizá al estar tan pegado el muchacho, la puerta podría tropezar con su cara al abrirla. Así lo hice y pude oír su voz, un tanto sorda de tono pero adecuada para la edad que parecía tener. ¿Dónde vas? Antes de contestar, que fue lo primero que se me ocurrió, me di cuenta de que en aquella escena podía haber un cambio de papeles. Lo percibí antes siquiera de saber cual era el suyo; más aun, sin tan solo saber si yo tenía papel que representar y en este caso cómo debía actuar. La normal pregunta que todos nos hacemos respecto a qué significa cada cosa o persona que aparece en nuestro entorno, me la contesté rápidamente respecto al muchacho, al darme cuenta de que me tuteaba. Creí que con ese dato era suficiente para lo que necesitaba saber. A pesar de que la situación empezaba a rozar el absurdo, o quizá por ello mismo, me arriesgué y contesté asumiendo de lleno el que parecía habérseme asignado. Lo hice consciente de que, aunque también él podía haber tomado la iniciativa y podía marcar el rumbo de la situación, no lo había hecho. A mi casa. ¿Y tú?, contesté de manera mecánica, como si quisiera condicionar la respuesta. Me da igual dónde ir. Lo que quiero es irme de aquí. La respuesta que me dio el muchacho no dejaba margen para mantener alguna duda respecto a lo que podía pasar, y que era, probablemente, una situación normal, si no fuera por la hora tan insólita. Seguí expectante unos instantes, ganando tiempo y preparando aceleradamente varias respuestas para despejarme el camino y salir disparado a dormir. Tuve un momento de confusión. Primero pensé: qué mala suerte, con el sueño que tengo, tropezar con un muchacho a la deriva, pero casi al mismo tiempo tuve la inevitable tentación en estos casos, de que tal vez estaba a la puerta de una aventura. De lo cual me reí a continuación. No era hombre dado a aventuras, nunca lo había sido, aunque mirándolo bien, ahora, precisamente ahora, una aventura algo fuerte que me sacudiese y obligase a saltar, a sobrevivir al desalojo de mis sueños, de una muerte preparada, me vendría bien, me dije, como queriendo tranquilizarme. En cualquier caso, no era una situación ordinaria y como no sabía muy bien cómo entenderla, preferí no equivocarme y tomé precauciones. Finalmente, mientras le preguntaba me cuestioné de qué huiría el muchacho. ¿Qué quieres decir?- interrogué, cambiando la expresión de la cara y arrugando el entrecejo hasta casi cerrar los ojos, como si me molestase la oscuridad. El muchacho no pareció arrugarse e insistió, arrimando un poco más la cara hacia el hueco de la ventanilla del coche. Quiero decir que me lleves donde quieras. ¿No vas dirección norte?, Ya...Sí, sí, Pues, eso. La situación no dejaba de ser extraordinaria, no tanto por el diálogo que estaban manteniendo un muchacho de alrededor de veinte años y un hombre de cuarenta y pico, ni tan solo porque el escenario fuese una oscura noche de verano en mitad de una carretera cuya población más cercana estaba a diez kilómetros, sino porque, por un momento, pensé que, casi con total seguridad, aquel inesperado encuentro iba a modificar muchas cosas en mi ordenada y sedentaria vida, que, por otro lado llevaba un ritmo acelerado, sin casi tiempo para saborear cuanto me sucedía. Tal vez porque apenas tenía sentido pararse a valorarlo, dada la uniformidad de los perfiles de los hechos que conformaban mi vida, tan monótonos y parecidos. Llevaba ya algunos años viviendo diez horas acelerado y las catorce restantes con una quietud exasperante. Estos cambios de ritmo son los que matan. Como si de una premonición se tratase, desde hacía unos días, venía pensando que la llegada a nuestra existencia de una persona nueva, en la mayor parte de ocasiones produce, sin apenas darnos cuenta, una reordenación de muchos aspectos de la vida, hábitos, costumbres, ideas, de manera tal que pareciera que entramos a vivir en un nuevo mundo, en el que sigue, aparentemente igual todo cuanto había en el anterior, pero con matices distintos, los suficientes para, aunque sabemos que son los mismos, respirar un aire distinto y, si nos hace falta, podernos imaginar que vivimos en un mundo nuevo olvidando mis largas noches sin besos, sin  nubes, ni luna, ni estrellas...en blanco. Como diría mi amiga Julliete, creo que la importancia de algún elemento del entorno de nuestra vida se aprecia con los cambios que se producen cuando desaparece o aparece por primera vez.

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Roberto Obregón




Roberto Obregón

Poemas Escogidos



De: Poemas para comenzar la vida (1961)


TRES CANTOS PARA LA PRINCESA MUERTA

Los pájaros no cantan. El hormigo duerme: Todo está silencio. Silencios.


I

La princesa duerme
su sueño de marimba.

Sus ojos guardan
un manojito de luceros,
y sus labios pálidos
-cubiertos de luna-
dos notas de hormigo.

Su cuerpo duerme
sueño de volcanes desnudos
tendidos a lo largo,
en la intimidad del lago.

Sus piernas de cedro
tiemblan bajo las ondas;
sus dedos ansiosos de tierra
salen a la playa,
y su pelo con fe de musgo
se enreda en las rocas.

-Un cenzontle llora
del otro lado del río.
¡Ay!, un canto triste se escucha
sobre las teclas del agua...

La princesa duerme
su sueño de marimba.

II

Ixquic tenía el andar tranquilo
como el correr de las aguas claras.
Sus ojos eran el perpetuo otoño
desmenuzado en alondras.
En su vientre de jade
no estaba esculpido el deseo,
y su corazón estaba limpio
de ensueños.
Pero mil teponaxtles vibraron
su pecho en la montaña
y el hermano viento desfiló su queja
sobre los altos pinos.
Ixmucané escribió la ley
para que Ixquic amara en silencio
como ave sin canto.
Con amor ausente de rosas
y llanto de estrellas,
rocío,
lágrima perpetua de la noche.
Ixquic abrió su corazón silvestre
para sembrarlo de besos calcinados;
para que en su cuerpo de barro
nacieran frutos
y de su sangre salieran dioses.
Cumplió y la muerte se la llevó
en su canto de redención y gloria.

III

¡Ay!, Ixquic está desnuda
como tecla huérfana de notas,
allá, en el fondo, temblando
cada vez que el viento pasa;
allá, en el fondo, metálica
como si estuviese muerta.

¡Ay!, los pájaros del bosque
vienen con alas de noviembre
a copiar de la princesa
su sonrisa de cristal.
-Un cenzontle llora
del otro lado del lago.

¡Ay!, los sauces derraman
su llanto silvestre
porque la princesa duerme
sin que en sus ojos despunte el alba,
porque la princesa duerme
su eterno sueño de marimba.

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abril 19, 2013

Alaíde Foppa



Alaíde Foppa 

Poesía Selecta


PESADILLA

Asoma el día lívido y frío,
y tu vienes, tembloroso,
a buscar el calor de mi lecho.
Quién sabe qué crueles fantasmas
turbaron tu plácido sueño.
Sigue durmiendo, niño mío,
escondido contra mi pecho.
Siento bajo la mano
tu corazón asustado.
Pero aún puedo defenderte
de las sombras ocultas
que te acechan.
No tengas miedo.
Sigue durmiendo:
No es hora
de abrir los ojos.
Apenas alumbra
la pálida aurora.

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abril 18, 2013

José María Arguedas




José María Arguedas

La Agonía de Rasu-Ñiti*


ESTABA TENDIDO en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación, era uniforme. No podía afirmarse que fuera oscuridad; era posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana; los cuyes, cuando salían algo espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La habitación era ancha para ser vivienda de un indio. Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza, sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía para subir a la troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas negras subían sobre la corteza del lambras que aún exhalaba perfume.

—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cascada de Saño. ¡Estoy listo!, dijo el dansak'. "Rasu-Ñiti"1 Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba su traje de dansak' y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la mano derecha y empezó a tocar las tijeras. Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle, en el pequeño corral de la casa, se sobresaltaron. La mujer del bailarín y sus dos hijas que desgranaban maíz en el corredor, dudaron.

—Madre, ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la montaña? —preguntó la mayor.

— ¡Es tu padre! —dijo la mujer.



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Leopoldo Marechal



Leopoldo Marechal

El Poema de Robot
[1966]

El ingeniero de Robot se dijo:
«Hagamos a Robot a nuestra imagen
          y semejanza.»
Y compuso a Robot, cierta noche de hierro,
bajo el signo del hierro y en usinas más tristes
          que un parto mineral.
          Sobre sus pies de alambre de Electrónica,
ciñendo los laureles robados a una musa,
lo amamantó en sus pechos agrios de logaritmos.
Pienso en mi alma: “El hombre que construye a Robot
          necesita primero ser un Robot él mismo,
          vale decir podarse y desvestirse
          de todo su misterio primordial”
Robot es un imbécil atorado de fichas,
hijo de un padre zurdo y una madre sin rosas.

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abril 17, 2013

Horacio Quiroga



Horacio Quiroga

Un Drama en la selva:
El imperio de las víboras*




I

Aún a esa hora — las diez de la noche — hacía un calor sofocante. El tiempo, cargado desde dos días atrás, pesaba sobre el bosque, sin un soplo de viento. El cielo negro se desteñía de vez en cuando en vagos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos.

Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada, con la lentitud genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará, de un metro cincuenta, con los negros ángulos de su flanco bien cortados en sierra. escama tras escama. Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos. Iba de caza. Al llegar a un  cruce de senderos se detuvo, se arrolló prolijamente sobre sí misma, removióse aún un momento acomodándose, y después de bajar la cabeza al nivel- de sus anillos, donde asentó la mandíbula inferior, esperó inmóvil.

Minuto tras minuto esperó cinco horas. Al cabo de este tiempo continuaba en igual inmovilidad. Mala noche! Comenzaba a romper el día e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se recortaba una inmensa sombra. 

—Quisiera pasar cerca de la Casa — se dijo la yarará. — Hace días que siento ruido, y es menester estar alerta...

Y marchó prudentemente hacia allá.

La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo edificio de tablas rodeada de corredores, y toda blanqueada. En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo inmemorial el edificio había estado deshabitado. Ahora se sentían ruidos insólitos, golpes de metal, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a la legua la presencia del Hombre. Mal asunto...

Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho más pronto de lo que acaso hubiera querido.

Un inequívoco ruido de puerta abierta llegó a sus oídos. Irguió la cabeza, y mientras notaba que una fría claridad en el horizonte anunciaba la aurora, vio una forma negra, alta y robusta, que avanzaba hacia ella. Oyó también el ruido de las pisadas, el golpe seguro, pleno, enormemente distanciado, que denunciaba también a la legua al enemigo. 

—¡El Hombre! — murmuró Lanceolada. Y rápida como el rayo se arrolló en guardia.

La sombra estuvo sobre ella. Un pie cayó a su lado, y la yarará, con toda la violencia de un ataque al que jugaba la vida, lanzó la cabeza contra aquello y la recogió a la posición anterior. El hombre se detuvo: había creído sentir un golpe en las botas. Miró el yuyo a su rededor, sin mover los pies de su lugar; pero nada vio en la oscuridad, apenas rota por el vago día naciente, y siguió adelante.

Pero Lanceolada vio que la casa comenzaba a vivir, esta vez real y efectivamente con la vida del Hombre. La yarará emprendió la retirada a su hueco de piedra, llevando consigo la seguridad de que aquel acto nocturno no era sino el prólogo del gran drama a desarrollarse en breve.



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Eduardo Espósito




Eduardo Espósito

Poemas Éditos 
e Inéditos

De: Las Puertas de Tannhäuser (2011)



CLASE TURISTA

Porque no estamos hechos
de carne ni de sangre como pretendemos
aunque alguno que otro traje parezca desmentirlo
Porque la humedad bisiesta de este pueblo
arropa formas innombrables y mezquinas
Y nuestras lenguas de trapo
achican dos talles en invierno
Y porque el sur también existe
                                  en un afiche al menos
Porque soplamos semillas de amargón cada verano
para que alguien se eleve liviano en sus muñones
así enmohezcan los planos inclinados
Porque rezamos desnudos en las playas
y nadamos vestidos en nuestras sofocadas camas
y vacacionamos de oído
y hacemos de la fiesta una fanfarria
y porque sí
y porque el mar y la montaña
y estas ganas de ser otro
bajo una luna parecida.

                                      A Robert F. Young

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abril 16, 2013

Esteban Nicotra



Esteban Nicotra
10 Poemas


De: La vida que se vive (2006)



UNA MAREA DE HIELO SUBIRÁ


Una marea de hielo subirá
desde los pies a la boca.
La vida, casi una fiebre,
irá huyendo como un río
hasta el último pantano de los ojos.
Y no sabremos por qué estamos muriendo.
Los grandes rascacielos de la noche
seguirán escuchando el rumor de las calles
y la frente será un témpano.
La lámpara,
hipnotizada insistirá sobre estos párpados
desesperadamente inmóviles...
Mudas presencias,
las formas familiares
van buscando rincones de olvido.

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Gonzalo Márquez Cristo

Fotografía de Carlos Duque

Gonzalo Márquez Cristo
Siete Poemas


EN NOMBRE DEL GRITO


Crees tanto en la sed: en la vida... En lo invisible. Duermes de cara al oriente. Te purificas en el peligro. En los libros delatas al tiempo como a un pájaro disecado.

En el bosque una encina te sigue. La luz te nombra. Cuando eliges el rumbo del dolor alguien te da un sorbo de agua.

Deseas: esperas siempre equivocarte. Asumes la tiranía del ojo llamada viaje y a veces con un rostro logras curar tu frío.

Sabes de un paraíso que nunca será memoria.

Asistes a la mascarada de la sobrevivencia aunque un ecuador lejano y voraz atraiga tu vuelo. Así logras persistir.

Tus palabras caen como puñados de tierra sobre un cuerpo desnudo. 

Aquí comienza el instante. ¿Quién clama? ¿Quién responde entre la sangre? ¿Quién descubre su sombra incandescente?

¡Que el grito siempre pueda detener la herida..! 

¡Que el lenguaje alcance para no morir!

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Carlos Barbarito



Fotografía  de Ileana Andrea Gómez Gavinoser

Carlos Barbarito*

10 Poemas Inéditos

Meditaciones al pie de una escalera

A Ana Becciú
Fotografía de Shawn McCarney


I



Aquí habita lo por nacer.
Más cerca del aire que del agua.
Muy lejos de la tierra. ¿Cuándo
habrá un principio
para esta materia que sólo sueña,
para esta espera en lo invisible
que el fuego no quema
y aguarda en el fuego, alguna vez, quemarse?
No es serpiente, un ojo junto al otro
a lo largo del cuerpo;
no es planta segura del sol
del que otras plantas desconfían;
no es hambre de tiempo
que el tiempo, de a poco, consume;
no es madera inclinada
por la que ruedan, tarde o temprano,
amores, ceremonias, imperios.
Es antes de cualquier bendición o plaga,
del plato servido, del agua que refleja,
del hombre que escupe en el suelo
de un andén vacío,
del primer esbozo, de la primera idea,
del esbozo en el dorso
de un papel usado por nadie del otro lado.

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abril 13, 2013

Ana María Rodríguez Francia




Balance y perspectiva 
de la poesía argentina de fin de siglo*


Ana María Rodríguez Francia
Universidad Nacional De Córdoba

Introducción

Si con Tamara Kamenzain compartimos la afirmación acerca de que los poetas argentinos nacimos huérfanos, porque no tuvimos un padre literario que dejara en nosotros una huella ineludible ("El escudo", 115), podemos también convenir en que en la Literatura Argentina del siglo XX, todo sucede antes y después de 1976, fecha en que se inicia - como signo desolador de una fatídica "paternidad" nefasta - la dimensión del Proceso militar que finaliza en 1983, hecho singular que marca el fin del siglo.

Hasta ese momento, y a través de las generaciones, se atraviesa  por  experiencias  poéticas  pasibles de ser suscriptas, a grandes rasgos, bajo diversas denominaciones tales como: posmodernismo, Florida, Boedo, neorromanticismo, poesía experimental, poesía social y poesía metafísica o del cuestionamiento de la palabra.

A partir de la escalada de violencia que ya se perfila en 1973, acontece la desestructuración del ámbito poético ("Poesía argentina", 36). Ya instalado el Proceso, se puede bosquejar un despliegue poético  abarcativo  -  según  Leo Pollman -, de los siguientes ítems: a) Línea experimental. b) Poesía de doble registro y rigor en el lenguaje. c) Poesía del desgarramiento. d) Poesía sencilla.  ("Posiciones", 12 -14).  En  estos  ítems  se  inscriben  nombres  de  poetas  y revistas merecedores de profundos análisis que, es obvio, no se pueden desplegar en este espacio.

Párrafos especiales merece el tratamiento del poema en prosa que, en este fin de siglo, se acrecienta paulatinamente con marcado rigor. Algunos otros fenómenos como la poética de las distintas regiones del país, así como el de los talleres literarios, merecen algunas consideraciones. Pasemos,  entonces,  a la exposición de lo que llevamos diseñado.

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Ivonne Sánchez Barea





Ivonne Sánchez Barea


Poemas


De: Todo (2006)


T
i
e
m
p
o


Tiempo, cuanto  deseamos para completar los instantes.

Fracción, proporción de un momento inquieto.

Cruzaste el eje,  partiendo, crujiendo el centro;

Tiempo. Oquedad sonora, que

empuja... escuchamos su

concierto.

Tiempo;

 aliado, amigo

y compañero, amante

de la vida  en la que vives,

tiempo. Tiempo, aún  quedas dentro

hasta el último exhalo de aliento. Ven despacio, lento…

muy lento…tiempo, estimado, a congraciarnos en la simpleza

de escucharte, tiempo.        No corras tiempo….   danos algo más

         tiempo…       Tiempo…     TIEMPO…    TIEMPO…  TIEMPO… TIEMPO…


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