Daniel Montoly

El Metal del Ombligo
y Otros Poemas




EL METAL DEL OMBLIGO


Se escucha el percutir
de máquinas
saliendo
por esos ojos
de obsidiana
encendida
como el llanto
de madera
triste
como voces
de pieles maduras
entregadas
al fruto del viento.
Y abrazo
el dedo índice
que he mordido
para verte
dentro
de ese espejo
lleno, oscuro
y silente,
como
masa grávida
que sostiene
los huesos
poliándricos
de tu boca
de mimbre rojo.
Con el sonido
industrial
en el ombligo
levantas
la velocidad
dinámica
de tus labios
echados al vuelo
del crujir
crujiendo.
Pisas, y grito
de cámaras
decapitan
la música
con la cual camino
por tus ineludibles úteros
con lengua
y aire de forastero.





Jaime Gil de Biedma
Diez Poemas




ARTE POÉTICA
A Vicente Aleixandre


La nostalgia del sol en los terrados,
en el muro color paloma de cemento
-sin embargo tan vívido- y el frío
repentino que casi sobrecoge.
La dulzura, el calor de los labios a solas
en medio de la calle familiar
igual que un gran salón, donde acudieran
multitudes lejanas como seres queridos.
Y sobre todo el vértigo del tiempo,
el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma
mientras arriba sobrenadan promesas
que desmayan, lo mismo que si espumas.
Es sin duda el momento de pensar
que el hecho de estar vivo exige algo,
acaso heroicidades -o basta, simplemente,
alguna humilde cosa común
cuya corteza de materia terrestre
tratar entre los dedos, con un poco de fe?
Palabras, por ejemplo.
Palabras de familia gastadas tibiamente.



© Jordi Socias

Enrique Vila-Matas

El Paseo Repentino 
(Cáceres, 1956) 1




Quizá por la extrema suavidad de sus voces, aún me impresionó más ese súbito permiso que me otorgaron mis padres. Porque desde ayer poseo un flamante permiso para salir de noche. Ha llegado bastante tarde, pero bienvenido sea. Me lo han dado no porque yo tenga una edad ya más que respetable sino porque posiblemente les angustiaba ver que no duermo nada y estudio tanto. No eligieron, de todos modos, la hora más oportuna para darme ese permiso, pues se avecinaba una tormenta que todos presentíamos violenta. Pero les agradecí el gesto. Les sonreí y di las gracias por el detalle, aunque no tardé, tras el estallido de un fuerte trueno, en bajar de nuevo la vista a mis apuntes y continuar estudiando. Mi madre entonces, tras enviarme una mirada de comprensión, prosiguió ese dulce trabajo de costura que la llevaba a levantar, tras cada puntada, la aguja sobre la tela. Y mi padre se sumió en la lectura, como siempre exhaustiva, del periódico. Compartíamos los tres la misma mesa camilla y yo, para no molestarles, tenía tan sólo mis apuntes sobre la mesa, los libros de texto sobre dos sillas. Era tan profunda y familiar la calma de anoche -sólo rota por los repentinos truenos- que habría sido la cosa más rara del mundo la presencia de una persona extraña en medio de aquel hermético y delicado grupo familiar.
   
¿Yo sabía? Era un secreto a voces aunque no venía en el periódico de mi padre- que por la mañana en Madrid se había celebrado el Día del Estudiante Caído, y los rumores hablaban de disturbios y de un falangista herido. Yo había oído algo de todo eso, y me decía a mí mismo que si había en el mundo alguien a punto de convertirse en un estudiante caído ese alguien era yo, que me estaba cayendo de sueño tras aquellos días de estudio tan continuado. A causa de ese gran esfuerzo yo no andaba anoche demasiado alto de moral, pues si bien me sentía muy orgulloso de pertenecer a la raza de los estudiantes que nunca duermen y siempre velan y no piensan ceder al sueño hasta el día en que terminen todos sus estudios, era también consciente de que si no atajaba seriamente aquellos embates del sueño podía en cualquier momento dejar de pertenecer a esa raza tan heroica y convertirme en el estudiante caído por excelencia, lo cual para una persona como yo tienes que estudiar para ser alguien el día de mañana, ha estado repitiéndome mi padre a lo largo de estos últimos años equivalía al más estrepitoso y rotundo de los fracasos.
   


Leopoldo María Panero
Obra Poética
[Selección]




De: Así se fundó Carnaby Street [1970]


BLANCANIEVES SE DESPIDE DE LOS SIETE ENANOS


Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que
palidecen, rostros que caen sin peso
sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la
casa del bosque crujen, de noche,
las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a
través de las grietas. Los espejos silenciosos,
ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor
a cerrado, ahora, qué grotescos.
Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el
horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos,
uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los
cerezos.


20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO

Como un hilo o aguja que casi no se siente
como un débil cristal herido por el fuego
como un lago en que ahora es dulce sumergirse
oh esta paz que de pronto cruza mis dientes
este abrazo de las profundidades
luz lejana que me llega a través de la inmensa lonja de
      la catedral desierta
quién pudiera quebrar estos barrotes como espigas
dejad me descansar en este silencioso rostro que nada
      exige
dejadme esperar el iceberg que cruza callado el mar sin
      luna
dejad que mi beso resbale sobre su cuerpo helado
cuando alcance la orilla en que sólo la espera es posible
oh dejadme besar este humo que se deshace
este mundo que me acoge sin preguntarme nada este
mundo de titíes disecados
morir en brazos de la niebla
morir sí, aquí, donde todo es nieve o silencio
que mi pecho ardiente expire tras de un beso a lo que
      es sólo aire
más allá el viento es una guitarra poderosa pero él no
      nos llama
dejadme entonces besar este astro apagado traspasar el
      espejo y llegar así adonde ni siquiera el suspiro es
      posible
donde sólo unos labios inmóviles
                                       ya no dicen o sueñan
y recorrer así este inmenso Museo de Cera deteniéndome
      por ejemplo en las plumas recién nacidas
o en el instante en que la luz deslumbra a la crisálida
y algo más tarde la luna y los susurros
y examinar después los labios que fulgen
cuando dos cuerpos se unen formando una estrella
y cerrar por fin los ojos cuando la mariposa próxima a
      caer sobre la
tierra sorda quiere en vano volver sus alas hacia lo verde
que ahora la desconoce




José Garés Crespo
Laberinto
[Trece textos poéticos]
Valencia, 2013





Texto I

Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir, Saint-
Pol Roux hacía colocar en la puerta de su mansión en Camaret, un cartel en
el que se leía: EL POETA TRABAJA.



Durante aquellos años, las pasiones nos llegaron con tanta
intensidad y frecuencia que apenas tuvimos tiempo de organizar los
sentimientos. Cuando saltaron al aire la luz y la armonía de las galaxias
terrenales, del tiempo y de la vida de aquella ciudad que tantos delitos y
amores oculta, derrocha, silencia y envidia, con su reflejo en la brisa de tu
sombra poseída por tus futuros días e inmersa en el devenir de tus encantos,
fue porque estábamos sin más apoyo que el eje del peldaño. Hace siglos que el
péndulo se lanzó hacia el norte y no regresa. Nos llevó tiempo conciliar
nuestras conciencias. Necesitábamos luces que provocaran sombras y salir de
la luminosa oscuridad que nos envolvía, abandonados en aquel inmenso erial
cuya única frontera era tu réplica en el vacío. Todo terminó con el orgasmo
previsto que nos desbordó por el deseo de permanecer escondidos frente al
mundo, huyendo quién sabe de quién o de qué, y un inesperado beso asediado
por el olvido. Nada es lo que parece y nada tuvo que ver con el a priori de
Leibniz. Nos olvidamos de las pocas creencias que todavía sobrevivían y
organizamos las ideas que resultaron de tantas vigilias en las que, más allá de
la palabra, fueron tus manos y tu mirada las depositarias de la buena nueva.
Iconoclastas, vanidosos y temerarios, ganamos la paz y perdimos la guerra, o
puede que fuese al contrario, qué más da. Ahora, a caballo de la plasticidad
indefinida de las necesidades humanas, también titubean el hambre de pan, la
cadencia del golpe y se ha fundido el horizonte. El nuestro quedó delimitado
por un mar calmo y verde, un cielo rojo agobiante, unas tierras ocres de ricas
montañas grises y desnudas, apenas algunas ráfagas de azul en los amaneceres
y de verde agazapado. Sucedía en Agosto. Voces, muchas voces de cariño,
esperanzas para no morir y gritos de alarma frente a los graznidos. Y hambre
del vigía. El tiempo y el necesario odio nos hicieron vendaval, también
lagartos. Temprano aprendimos el guiño de la muerte. Alguna canción, unos
versos centenarios fruto de cuando mi pueblo cantaba y con unas niñas
sobrantes del deseo de los elegantes, forjaba el contrapunto. Algunos viejos, el
hambre de libertad y Marx hicieron el resto. También mis viejos querían un
gobierno barato de mantener. Tuve tiempo de observar la mar, por donde
muchos salvaron la vida, del cormorán y la gamba, y desde mi sembrado
domestiqué al mirlo y al ruiseñor, también di cuenta del halcón y del cuervo.
Eran de los míos. Fueron tiempos de pretender la conquista, de aliñar besos y
otras urgencias, de abrir las tapias de la historia. Los dioses ausentes, el rey en
Babia. Ahora, con la luz que me queda, vivo despierto, en alianza con el
viento otoñal y me pierdo en el largo, silencioso y desordenado laberinto de
los recuerdos, abatiendo muros y tomando serenas posiciones, levantando acta.
Todavía hay temores y alegrías, pero sigue abierto el camino. Hasta la muerte,
estoy en alianza con el futuro y juntos no podemos perder. Sobre mi pecho nos
hicimos singulares. Hicimos espectáculo de la entrega sin caer en la cuenta de
la conveniencia de disolvernos, como si nuestro encuentro y sus consecuencias
hubieran sido tan solo un vuelo de apareamiento y desconocidos nos
estrecháramos a tientas. Aunque, ahora que tengo todavía el tiempo por aliado,
confieso que siempre deseé, no tus nalgas, pero sí lo que sugieren. Algún día
notarás sobre tu piel, debajo de una de esas robustas e intensas moreras que
rodean tus sueños, el reverberar del beso concupiscente, el delirio telúrico que
penetra en los más extraños desatinos y nos hace universales, a pesar de la
banalidad con que, a veces, nos amamos. ¿O acaso la sucesión de tiempo que
organizamos como una vida es algo más que saltar de encuentro en encuentro
hasta caer en el vacío? En fin, voy a olvidarte pero para reconstruirte. Qué más
da de dónde vienes ni si aún me esperas. O si en las noches más impetuosas
crujes como el agua en mitad de la hoguera. Quién sabe mañana qué recuerdo
de este momento tendré y el mundo de nosotros. Tampoco me importa mucho,
pero sí la luz de tus ojos que son como el rayo quebrado en el dorado bosque
en los momentos en que alcanzas la cima y suena tu voz como un quejido
rasgado en la noche, agónico y asustadizo ante el alegre saludo del gallo entre
albas, éxtasis muertos de frió y despojos de amores traicionados. Sucedió
aquella tarde lo de siempre, deseos cautivos del perfil de tus mejillas, surtidor
de pasiones, temblorosas campanas o voces, viejos retablos dormidos o rizos y
enredados una verbena de besos, rosas y geranios sobre tu cuerpo en fiesta.
Porque cuando se pulsa el acelerador, pudiera parecer que una lágrima a
destiempo, seguida de una sonrisa que se pierde en la multicolor miel de tus
ojos, diese señal de un sentimiento de plenitud, y cuando te pierdes lo haces
siempre al bies, igual que se nos pierde el recuerdo en el lejano horizonte
temporal i furtivo, como tantos de nosotros, y por supuesto, nada que ver con
el perfil terso y distante de tu muslo, canela leve cuando vuelves, envuelta en
el indefinido color del silencio y tan cerca de la eternidad. Podríamos decir
que, como daga que vomita luces que deliran sobre la piel, se me clava y
deviene pasión nómada que persigue el relente de tus lágrimas que un día
fueron prisioneras. Como todos nosotros, fugitivos del gulag y residentes en el
gran panóptico de la patria, pretendiendo tan solo descifrar en el espesor de lo
sucedido las condiciones de la historia misma. O puede que solo estés sujeta
del mástil que te anuncia vida y te sugiere aire. Mortal, pero aire. Sí, también
yo necesito que vivas para conocer del paso del tiempo y por eso, algunas
noches te creo y otras te destruyo. Ambos fingimos y actuamos como si
fuéramos los últimos amantes, impasibles ante el persistente y sádico devenir
del tiempo con el que nunca quisimos pactar. Lo sabíamos. Pero ¿qué
podíamos hacer, jóvenes como éramos, el horizonte tan lejos y tantas iglesias
cerca, sino tratar de comportarnos como los mejores comediantes, envueltos y
definidos por el agua y los susurros de una historia apenas intuida? ¿Conocían
los ojos el reposo y el orden de una pequeña vecindad sin ni siquiera bandera?


Adolfo Luis Pérez Zelaschi
Las Señales



Estaba por fin ahí, como el rostro de un destino antes descifrable y ahora revelado: un hombre de piedra (el sombrero sobre los ojos, casi palpable la pesada pistola), pero atentísimo a las próximas señales del estrago.

Ese hombre ahí significaba que todos los plazos se habían cumplido; que él, Manolo, pronto sería el cadáver de Manuel Cerdeiro, llorado por su mujer, recordado durante un tiempo por alguno de sus paisanos y por sus parroquianos sólo hasta que otro (desde luego gallego, recio, petiso, velloso y cejudo) lo sustituyera en el mostrador del bar La Nueva Armonía.

Ahora, frente a esta muerte enchambergada, comprendía con claridad por qué los vecinos lo miraban con piedad y por qué sus palabras tenían dejos de lástima constante:

—¿Qué tal, Manolo? —la conversación solía comenzar así.

—Trabajando, ya lo ve.

—Es la vida del pobre. Y… ¿más sereno ya?

—Sí… pero hablemos de otra cosa.

Pero ellos nunca querían hablar de otra cosa, sino de aquella por la cual el barrio —la pequeña esquina desteñida de Floresta al sur, calle Mariano Acosta al mil y tantos fue transportada súbitamente tres meses atrás a los titulares de los periódicos amarillos.

Primero eran los consejos:

—Le convendría cambiar de barrio…

—Es difícil vender el bar.

Y luego volvían al tema obsesionante:
—Nunca se sabe… Con esa gente no se puede jugar. ¡Y la policía que no lo protege a uno! El agente ya no está más, ¿verdad?

—Ve usted que no. Hasta luego… Lo pasado pisado.

Se iba, huía, pero aun así sabía que lo miraban alejarse como al portador de una segura enfermedad mortal.

Había otros diálogos, sin embargo, aunque en el fondo eran lo mismo.

—¡Lo felicito, hombre! ¡Qué coraje tuvo!

—Me defendí, nada más. Pero no quiero hablar. Lo pasado pisado.

—Para usted, sí. Pero ellos eran tres. Cayó uno y quedaron dos.

—No quise matarlo; me defendí nada más.

—Para un valiente como usted, lo mismo es uno que diez. Que vayan saliendo, no más, ¿eh? ¡Qué higados: enfrentar a Lungo Riquelme!

—Usted perdonará, pero debo atender a los clientes. No me gusta recordar.



Irma Verolín 
El Camino de los Viajeros
[Fragmentos]*




Viajábamos con voracidad, como si la tierra estuviera a punto de  acabarse  y  hubiera  que  recorrerla toda,  de  un  extremo  al otro, sin darle tiempo siquiera a que continuara girando. Viajábamos sin medida, descontroladamente, para no llegar a ninguna parte, para no quedarnos ni aquí ni allá. Y eso era bueno porque viajando no había ni aquí ni allá, el espacio se convertía en tiempo, las cosas no estaban quietas, por lo tanto no nos aburrían con su fijeza, además no había que esperar que terminara la noche o comenzara el día para que el paisaje cambiara. 

Ese vértigo de arrastrar el cuerpo a ras del mundo era lo único que parecía justificarnos. Él me decía:

—Mirá bien el paisaje. Ya vas a ver que cuando estemos en Egipto será muy diferente.
   
Su  tono  irónico  no  apagaba  el  colorido  tropical  de  tanto monte desparramado sobre las serranías. Su tono, en realidad, no apagaba nada, sino que era su voz la que se iba apagando dijera lo que dijese, como si un viento lo agobiara o el paisaje la aspirara desde todos los ángulos. Su voz siempre perdía intensidad aún cuando hablaba de los viajes. Su voz no era dulce, ni tampoco firme. Era una de esas voces que dan la impresión de que les falta temple o consistencia, una voz un poco desmantelada o sin esa especie de médula que la sostenga por dentro para que sea capaz de atravesar una parte del mundo sin sucumbir. De cualquier modo su voz o sus palabras poco importaban. Quizá únicamente importaba el hecho de viajar o, en tal caso, la idea de viajar. El resto, los asuntos de cada día se acomodaban o giraban en torno a nuestros viajes con demasiada sencillez. Éramos simplemente dos personas que viajaban y viajaban y viajaban. A lo mejor sólo necesitábamos que algo cambiara por los alrededores. Por ejemplo aquel paisaje: altas  araucarias,  monte  y  unos cuantos  rostros  oscuros  con sus miradas duras. Supongo que viajábamos para salir de allí, siempre queríamos salir de allí. Y allí estábamos nosotros dos, sólo nosotros dos. Viajábamos pero todos los lugares eran allí. Lo cierto es que no hacíamos más que extender los límites del allí, ese sitio abrumador, privado de privacidad. El número dos nos sofocaba, salíamos a buscar cualquier cosa diferente, sin adivinar que arrastrábamos un espejo que nos multiplicaba y llenaba el mundo con la sombra de nuestras imágenes.

Sí, viajábamos con desesperación, aturdidamente.


Jesús Aparicio González 
Poemas Éditos 
e Inéditos




POEMAS ÉDITOS

EN EL CENTRO DEL AGUA

En el centro del agua
está el germen del fuego,
la palabra que bebe
en lo oscuro su sueño.

En el vientre del mar
el silencio se mueve
y en su fondo va abriendo
la palabra que crece.

La palabra madura
bajo tierra en la noche
mientras su luz espera
al gallo que la nombre.

Ya se eleva su forma
cual ciprés entre nieblas,
llama al cielo esa lanza,
toca un punto una estrella.

Allí encuentra sentido
y alguien se hace su dueño,
clara y breve la vive
sin dejar de ser sueño.

(Del libro “Con distinta agua”)


NO CABE LA ESPERANZA EN UN SEPULCRO

No cabe la esperanza en un sepulcro:
la piedra cede, estalla con los sueños
en pascua de relámpago y silencio.
El sepulcro es la casa de la nada,
no habita en su vacío tu futuro.
Y saliste al jardín con tu otra piel,
la que no es envoltura, barro, abrigo,
ese blancor desnudo de la Luz
que no extraña al Amor ni a la Vida
pues es tan sólo Amor, tan sólo Vida,
piel de estrella y mar resucitada.

(Del libro “Con distinta agua”)




Poesía: 
La Palabra y Más Allá

Beatriz Villacañas
Universidad Complutense de Madrid



Poesía, la eterna rebelada

Mucho se ha escrito y hablado sobre la relación entre la poesía y la palabra y casi con unanimidad se afirma últimamente que la poesía se hace con palabras, que la palabra es esencial para que la poesía exista y que el poeta es quien la crea a cada verso, a cada poema. Pero quedarnos en esto sería ver sólo una parte del asunto, porque cualquier indagación seria al respecto nos lleva, nos ha de llevar, siempre más allá. Y esto es así porque la poesía es más que un género literario. Todo gran poeta lo sabe y, si bien el poeta necesita de la palabra para escribir poesía, la poesía existe por sí misma, con poeta o sin él. Recordemos los versos de un grande de la poesía española, Gustavo Adolfo Bécquer, que no por popular y, digámoslo así, “fácil”, deja de ser sobresaliente:

 No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta enmudeció la lira,
podrá no haber poetas, pero siempre
habrá poesía.

Medítese bien esto: estamos ante la humildad de un poeta que sabe y gusta de la palabra, que la ama, que la escribe y con ella revela el esplendor del poema. Y, sin embargo, es ésta la humildad del poeta ante algo más grande que él, lo que da grandeza a sus versos y, paradójicamente, los eleva. Ya en el siglo veinte, otro grande, Juan Antonio Villacañas, escribe frente a la mayoría que:

La palabra fluctúa,
la Poesía, cuando puede, actúa. 1

Para Villacañas creer que la poesía está toda contenida en el poema es falacia pretenciosa. No son las palabras las que hacen la poesía, es la poesía la que penetra la palabra. De ahí que no creyera que el gran problema para el poeta sea su lucha con la palabra rebelde (sin que esto deje de ser problemático), y de ahí que no creyera que el gran problema para el poeta es que se le rebele la forma: el problema esencial para el poeta es que se le rebele la poesía misma, cosa que hace constantemente porque: “lo peor es que la Poesía es la eterna rebelada”2. La Poesía, que Juan Antonio Villacañas solía escribir con mayúsculas cuando se refería a su realidad inabarcable, es más que un género literario. 

¿Por qué nos metemos en estas consideraciones? Sencillamente, porque es necesario, sobre todo ante cualquier tema importante, hacer planteamientos radicales, es decir, intentar ir a la raíz de las cosas. Sólo así, si no nos es posible llegar a ella del todo, podemos al menos aproximarnos a la verdad.




Alberto Laiseca

El Checoslovaco1





Ella estaba cada vez más gorda, decaída y vieja. El, por el contrario, parecía con ello cobrar nuevos bríos. Podía tomárselo en cualquier jornada; ésta invariablemente lo hallaba más fuerte, saludable y coloradote que la precedente. 

El era checoslovaco. Hacía casi veinte años que había emigrado al país que lo aceptó. Trabajaba como ingeniero en una fábrica y era bastante competente. Se hizo amiguísimo del dueño; aprovechó esto para tratar de seducir a la hija, que no carecía de atractivos. Curiosamente, no logró enganchar a la homenajeada pero sí a su amiga, muchacha un poco gordita y no fea del todo, a quien él jamás miró ni intentó conquistar. Como de estúpido no tenía nada, comprendió que con la otra perdía su tiempo y no insistió más; cambió de ruta en un segundo, enfilando sus cañones sobre la menos guarnecida plaza, quien se le rindió con armas y bagajes sin intentar no ya diré una defensa a ultranza, sino ni siquiera un simulacro diversivo vía diplomática. 

Se casaron tres meses después; de esto, hacía diecisiete años. 

Comentaremos como curiosidad que a él le decían «el ingeniero del tornillo filoso». Vaya uno a saber la razón. Cierta vez el ingeniero del filoso tornillo fue al cine, a ver una película de terror. Quedó encantado. Siempre citaba ante sus escasos conocidos una frase de la cinta, que él atribuía al conde Drácula: «Mi querido amigo: las mujeres no son un vicio, son una necesidad.» 

El checoslovaco hablaba mal el idioma, pero no pésimo como a veces hacía creer. Cuando decidió matar a su esposa exclusivamente con armas secretas, en su arsenal contaba con el lenguaje; como si éste fuera la más letal e importante de sus ojivas nucleares de cabezas múltiples. 

Se proponía el crimen perfecto; según él, por razones de estética. Así le llevase tres décadas, ella debía morirse mucho antes que él por acción de su deliberada voluntad, y el crimen, anto y ontológico, bello e impune, permitirle adueñarse de todo. «Las mujeres de piernas gordas no deberían de existir», alegaba él ante sí mismo; «ofenden a la naturaleza. Deben ser eliminadas por razones éticas, estéticas, místicas y eróticas.» Diremos de paso que, curiosamente, si bien él hacía ya largo tiempo que manifestaba indiferencia sexual por su mujer, no bien se le ocurrió asesinarla con armas sutiles, sintió que sus apetencias dormidas despertaban feroces. Era como volver a estar enamorado. 



Roberto Fontanarrosa

Tío Eugenio





Esa vez que Gardel vino a Rosario fuimos a verlo con mi amigo el Flaco Octavio, mamá y el tío Eugenio. Al tío hubo que insistirle bastante para convencerlo. Él decía que le gustaba mucho la música, pero siempre había que rogarle para cualquier cosa. Era una de esas personas que se complacían en que le insistieran. Había logrado forjarse, en la familia, una cierta fama de hombre misterioso, retraído, que de tanto en tanto nos concedía la gracia de su presencia. Venía, eso sí, para Navidad y Año Nuevo, y, en esas ocasiones, permanecía callado, escuchando condescendiente las conversaciones de todos nosotros. A veces sonreía, con comprensión, ante los problemas mundanos, otras veces su mirada se perdía en el vacío y nos daba a entender que se hallaba sumergido en cavilaciones profundas, muy alejadas de las nimiedades que se hablaban en la mesa.

Había ocasiones en que papá, a quien le reventaban bastante esas poses que adoptaba Eugenio, le preguntaba su opinión sobre el tema en discusión. Eugenio, entonces, solía acentuar un poco más la sonrisa bajo el bigote fino, cerraba los ojos e, inclinando la cabeza, hacía un gesto como diciendo "Está bien, puede ser. Dejémoslo ahí. No tiene importancia". Esto lo ponía en llamas a mi viejo quien, a veces, optaba por no insistirle o bien le decía: "¿Qué es eso de. . .?" y le imitaba a Eugenio el gesto con la cabeza que éste había hecho. "Decí, carajo. ¿Qué te parece?". Eugenio, entonces, hacía todo un prolegómeno antes de hablar. Se acomodaba bien en su silla, barría con la mano algunas migas del mantel, carraspeaba, decía "Bueno. . . bueno. . .", tratando de conseguir que se hiciese un silencio general, que nadie dejase de prestarle atención. Incluso llegaba a dirigirles una mirada reprobatoria a los chicos que hacían ruido, o gritaban, mientras jugaban, porque cuando terminaban de comer se les permitía levantarse de la mesa e ir a jugar. Y yo me doy cuenta de que todos entrábamos en el circo. Siempre había alguna tía que, allí, se hacía cómplice y chistaba a los chicos o les decía "Cállense chicos" y hasta mi vieja llegó a decirles alguna vez "Cállense chicos, que va a hablar el tío Eugenio", como si se tratase de Yrigoyen. Y por ahí el tema que se estaba tratando era si a los sifones de soda convenía meterlos en el fuentón con barras de hielo o no. Pero para Eugenio la ceremonia era la misma. Y cuando, por ejemplo, mi vieja decía eso de "Chicos, cállense que va a hablar el tío Eugenio", él tocaba el cielo con las manos. A mí me hinchaba las pelotas cuando mi vieja hacía eso. Entonces Eugenio largaba con el discurso y, ya te digo, aunque el tema fuera cómo hacer el chimichurri, él, a los dos minutos, ya estaba hablando de los griegos, de la condición humana, del descubrimiento del pararrayos. Un infierno. Un plomo total. Era un tipo trascendente. No podía decir cosas sin importancia. No podía decir, por ejemplo, "Alcanzame la sal". No, él tenía que hablar del Todo y la Nada. De la Vida y la Muerte, de los grandes misterios de la Existencia. Y la joda del caso es que todos sabíamos que era un rata. No te digo un croto, un tirado. Pero era un tipo de clase media clase media como todos nosotros, que vivía con lo justo. Pero andaba siempre muy elegante, muy cuidadoso de su presencia, muy dandy. Y claro, como su palabra era un producto escaso, se cotizaba alto. Como todas las cosas escasas. Como el caviar, los diamantes. Eso él lo sabía, y administraba avaramente sus opiniones.


Mario Levrero 
Noveno Piso *





A Pilar González
1972


UNO

—Noveno piso —digo al pequeño ascensorista. Tengo la mano derecha metida en el bolsillo del saco. Con la izquierda me aliso innecesariamente la solapa. “Le apuesto que no llega”. ¿Dijo realmente: “le apuesto que no Ilega”? Lo miro a los ojos. Enarco las cejas.

—Ya verá —dice, realmente, en voz alta. La sonrisa enigmática del muchacho (¿o es un enano?), me pone nervioso. El sabe algo que yo ignoro. Yo, en cambio, debo saber seguramente muchas cosas que él ignora.

—Por ejemplo... —le digo, pero hemos llegado. Las puertas se abren automáticamente. Miro el indicador: la aguja señala, recién, el primer piso. Sube una mujer gorda, vestida de negro. Huele mal. Se ha echado perfume y detecto una cantidad enorme de componentes, el perfume me resulta muy desagradable y hay algunos de esos componentes que me provocan asociaciones de ideas que no logro asir. Después entran otras personas, a las que no presto atención: sólo un alfiler de corbata, sobre una corbata con mucho amarillo. El alfiler tiene engarzada una piedra anaranjada opaca, y es esta piedra lo que observo mientras sigo percibiendo el perfume asqueroso y trato de ubicar las imágenes exactas correspondientes a las asociaciones de ideas que desata en mi mente. Me esfuerzo en vano.

El chico ascensorista, o enano payasesco con ropas de ascensorista que son demasiado grandes pare él, ha quedado oculto. Sospecho sin embargo que conserva su sonrisa enigmática, y pienso otra vez en aquellas palabras que creí escuchar. El sabe algo que yo ignoro, algo que me es vital.

Subimos. Después de mucho rato (qué lento es este ascensor, Dios mío, qué calor sofocante) llegamos al segundo piso. Las puertas se abren, entra más gente. Soy apretado contra el fondo del ascensor, ya definitivamente separado del enano. Luego seguimos subiendo. Cierro los ojos y me dejo estar en el efecto nauseabundo de la mezcla de sensaciones. No hay nada grato en este ascensor. Quizás debiera haber subido por la escalera. Nueve pisos, es cierto; pero en cambio... Tercer piso. Entran más. La subida se hace más lenta, más lenta.. El aparato tiembla ligeramente y el piso cruje. Temo que el piso cede, no debería cargar tanto este muchacho. Quisiera gritarle, al enano, que detenga este viaje de locos. Que quiero llegar al noveno piso, como sea; que así, como él bien había dicho antes, nunca llegaré, nunca llegaremos, nunca nadie llegará a ninguna parte. Imagino la sonrisa.