Fotografía: Daniel Mordzinski



Poemas éditos e inéditos
Seleccionados y organizados por Luis Alberto Vittor y revisados por Jonio González



De: El oro de la república (1982)


NACHT UND NEBEL

I

pura bestia
se desangra
a fuerza de golpes
que le han dado
duros palos
cierta noche
por ayeres
pregunta no obstante
se responde
difícil lugar para vivir
y sin embargo


II

la araña recuerda
lo que en distracción
perdió de vista
calcula el lugar
en que destellará
su tela
no abre las manos
no reposa
recorre el árbol
de rama a rama
atravesando el aire
conoce el rostro
del que se echa a morir
entre sus hilos


ERDOSAIN

hiere a dios
con el filo
de su propia
moneda



EPIGRAMAS

I

de tus palabras no nació la libertad
amor mío
de la contemplación de tu cuerpo
no extraje pepitas de oro
ni violencia de perros que se muerden
a la sombra de los ministerios
me obligaron a amarte
a la luz de las conspiraciones
y de los decretos


II

me animaría a mirar tus ojos
de aquí hasta roma
a aprenderme de memoria tus cartas
y la música de tu silencio
me animaría a pecar por vos
y cargar bolsas de sal
hasta lo alto de los barcos
como mi padre al finalizar la guerra
puerto de barcelona
año mil novecientos treinta y nueve



Tres Poemas




Una mujer me tiene maniatada
mientras otra salpica su sangre en mis vasijas.
La una es una perra de hortelano,
la otra una puta de juzgados.

A ninguna la conozco frente a frente
pero han sabido exasperar a los demonios
que pululan en las sombras de la mente.

Las dos
amasijo de execrables decisiones,
estampida de satanes,
pariendo un hijo bastardo cada día.

Ambas
dos piedras en el monte oscuro,
dos flechas incrustadas en la carne,
dos brujas con grilletes
bailando en aquelarre.




La zarpa habilidosa del destino 
Me llevó a un lugar extraviado en el olvido.
                             Jamás imaginé que esto pasara,
                                                           mas pasó,
                                                               y sé,
                                                       no hay vueltas,
                                         mucho menos retornos prometidos.
Estuve en medio de lo que otra hora fue vorágine,
                                       sombras, dolor y mortecino miedo,
                                      evocación de recuerdos, y las voces
                                      saliendo de  rendijas y oquedades.
                                        Miedo atroz y rayo estremecido.
Más todo pasa,
como pasan las corrientes
                          de ríos y de mares,
   como siguen los años y los siglos.
Todo pasa…,
               pero queda el alarido
oculto entre los pliegues de la falda
o rozando el cabello cualquier tarde.
Queda ahí
Cual monstruo que acecha entre las sombras,
cual sombra que acecha entre los monstruos.




Doce niñas jugaban a la ronda,
el sol de aquel verano
resplandecía caluroso entre la fronda.
Unas cuantas eran primas,
                            hermanas varias de ellas,
                            las demás amigas.
Unas eran morenas, rubias, pelirrojas,
delgadas, gordezuelas,
de rizado pelo
                   o lacia cabellera.
Todas reían y cantaban una estrofa
(con manos enlazadas
(serpenteando en vueltas)

En su canto todas eran
mariposas,
                ninfas,
                          reinas.
Hadas,
          princesas
                       y deidades.

Felices, daban vueltas en la ronda
sin saber que el futuro
-como en suerte de ruleta-
cambiaría advenedizo.
 
 Para esas pequeñas
el destino les tenía deparado
                                        sombra y tristeza,
                                 amargo trago de desdicha,
                              insomnes tinieblas de tragedia.

                           Y el monstruo perpetuo
                                   que es el tiempo
                en voraz remolino y en furioso viento
                              se tragó sus historias
                                  y sus sueños.

Ninguna de ellas jamás recordó ese canto,
                                                ese día,
                                    mucho menos esa hora.

                 Y aquella ronda
–como las simples cosas de la vida-
         fue olvidada para siempre.





ELSY  SANTILLAN  FLOR, poeta, narradora , dramaturga y abogada nacida en Quito, Ecuador, en 1957.  Es Doctora en Jurisprudencia y Abogado de los Tribunales del Ecuador. Ha escrito obras en narrativa, poesía, narrativa infantil y teatro. En 2014 fue invitada al XXVII Encuentro Iberoamericano de Poesía en Salamanca, España y en ese marco se presentó también en:   Aula Magna de la Universidad de Salamanca, Palacio De los Serrano, en Ávila y Casa de América en Madrid, con recitales poéticos. Ha sido incluida en diversas antologías del país y extranjeras de cuento y poesía. Traducida parcialmente al Húngaro, Francés y Yugoslavo.


OBRA PUBLICADA

Narrativa 

- De mariposas, espejos y sueños  Cuentos.  
- De espantos y minucias.  Cuentos.  
- Furtivas vibraciones olvidadas.  Cuentos.  
- Gotas de cera en la ceniza.  Cuentos.  
- Los miedos Juntos.   Cuentos.
- Las ficciones de la soledad, Cuentos, 
- Algaradas.  Cuentos

Narrativa Infantil
- Las doce habitaciones de la magia.  Narrativa infantil
- Maravilloso Agustín.  Narrativa infantil.
- Tiniebla 13 Cuentos fantásticos.

Teatro

- Danza imperfecta
- Cena para estúpidos

Poesía

- En las cuevas ajenas de la noche 
- Aristas en el tiempo nuevo
- Proscritas Nimiedades

En colectivo es coautora de los libros:

- Deseabuios 1.  Quito, Ecuador
- Desabuios  2.   Ibiza, España, 
- La certeza de los presagios.  Cinco narradoras  ecuatorianas.


Premios

-Premio Nacional “Jorge Luis Borges”.  1995
-Premio Nacional “Pablo Palacio”.  1998
-Mención de Honor del Premio “Joaquín Gallegos Lara” a la mejor obra publicada en Teatro. Consejo Metropolitano de Quito, 2011
-Premio en colectivo de La Casa Internacional de Escritores y poetas de Bretaña, París, 2012 - 2013






Poemas Escogidos
1975-1999



ESTE AMOR, EL OTRO (1975)

Cuando tú me tocas, por ejemplo
no veo constelaciones,
y en mis sueños, cuando tus manos
buscan mi espalda y mis cabellos,
es imposible saber si sueñas con un ratón
o con Alicia en el país de las maravillas.
Tú me repites frases que me abochornarían
a luz del día, nunca me has escrito
cartas a las cuatro de la madrugada
desde aeropuertos extraños
o la plataforma de un tranvía.
Cuando hacemos el amor, fingimos
que la emoción es justa.
Hoy he estado regando tus plantas
mientras estás en la playa.
Utilizo el líquido para las cucarachas,
abro las ventanas y no se me ocurre
mirar tu correspondencia o leer
tus nuevos poemas.

Mientras sigo las instrucciones:
"Los geranios y begonias deben ser
regados dos veces por semana",
peso mis dos amores en la balanza.
Sé que riego las plantas porque
me gusta ver correr el agua entre mis dedos
y porque no quiero ver morir las flores
en esta estancia; también porque me he sentido
sentimental, tarareando un aria familiar
toda esta mañana.

Alma que has de vivir*





TRAJEADOS, LOS AMIGOS 


Anoche visité amigos muertos:
descansan (quién diría)
todo su no-tiempo
en jardines cuyos ramos cobijan poemas y
citrus de ignota acidez.

Estaban trajeados y alegres, tanto que me hallé
confesando: —No hubiera jamás creído
Edgar, Francisco, Antonio,
jamás pensé
Gianni, Joaquín, Enrique, Alberto,
Horacio, Celia,
hallarlos tan contentos
como si fuese un suspirito vuestro
transcurrir.

Conversamos sobre bares y dragones, y
amores frutecidos en remotos hoteles y
parques con nudillos de niebla. Mateando,
sonreídos, me despidieron con un fulgor
que no olvidaré.

Se escondía en sus miradas el color de una
verdad. Y había en sus labios
una revelación.


(A Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Antonio Aliberti, Gianni Siccardi, Joaquín Giannuzzi, Enrique Puccia, Enrique Molina, Alberto Vanasco, Horacio Castillo, Celia Gourinski)






ESPÍA DE SÍ


Aquella lumbre por lienzos opacada,
de un evanescente resplandor rubí
—por favor, compréndanlo, les hablo
no de alegre ventana, y sí de otra
enfrentada a mi espionaje vergonzante,
donde ya mismo tal vez algún enfermo
sin un átomo de fuerzas, ejecute
la agonía que ni alcanzó a ensayar—

en esa roja luminaria o dormitorio
tan irreal como el apenumbrado
declinar de alguna turbia frente

¿no seré yo acaso el desolado huésped
que allí muere y la agüita se escapa de sus
ojos en tanto aquí, no lejos, con lógico estupor,
desde mi balcón yo lo espío y me espío
y me aferro a mi silla con pálidos nudillos
y me siento tan sano en esta blanca noche?






CÓMO HAVELOCK ELLIS CONOCIÓ EL AMOR

(Al gran sexólogo que, según propia confesión, aprendió a amar en su alta edad).


Sólo un niño de Surrey, acunado en el oscuro pánico
de la reina Victoria, robando huracanes
en la proa del velero Empress.
Ése era el Havelock de celestes lagunas,
es decir: ojos iguanas que alumbraban sus
bífidas lenguas, sus ominosas
poluciones nocturnas,
tan nocturnas como el sol del puerto
delirado por el velero de su padre y por
raros fantasmas
sudamericanos.

Pero cuando Havelock adolesció y se adultó
sin jamás jamás
adulterar la lluvia de sus ojos,
danzó platónicos amoríos llamados
agnes
olive
may
Mirábanse bellos y desnudos, como aves
incapaces de volar.

Y así Havelock se casó sin casi saber del sexo
más que el niñito del velero Empress
y conoció a Hilda Doolittle quien era
un gran pájaro blanco al borde
de un acantilado.

Y cuando Havelock fue ya un viejo y
lo amaban todas las mujeres del mundo
Françoise Delisle le reveló un mundo jadeante
entre sus piernas.
Y Havelock Ellis escribió los más bellos tratados sobre el amor
con el estremecido júbilo sombrío del
hombre que, a punto de morir,
desde su ventana descubre, llorando,
la última estrella del universo.






L’AUTRE

Quien lo observara galantear, y quien
el merengue danzar (bien recto el torso,
a su fémina ornando dulce alcurnia),
quien por forniques lo juzgara un sátiro
—algo venido a menos, reconócelo—
o lo acompañe en tragos verdiazules
donde amistad escarcha sus blasones
no diría —ese quien— que él está pronto
a declararse sátiro en derrota,
mal abrigado en fingidor pellejo,

deshaciéndose en gajos a ojos vista
alistado a morir por vez primera.






ASÍ TU PERRO CORAZÓN


Igual que trote sin
potro, que huerto sin tierra, así tu
perro corazón desbocado acorazona
su endemientras (palabra ésta
brava,
palabra gaucha, lenta)

así tu alma nunca al
servicio de causa propia, siempre
causa ajena, así tu ser
anhelando ser

y nadiecito, ¿ves?
se dará cuenta.






LO INVISIBLE


El espacio entre vos y
yo está
preñado de diminutos
seres bulliciosos
parecidos al aire o a algo
que quizás
quiera
existir

seres que
intentan desunirme
de vos
y
se burlan y
seguirán burlándose
nos hacen cuernitos

en vano pretenden
calumniarte detallarme
crímenes seriales
triángulos varios y
otras minucias
perpetradas

(mi inexistente y única
mi amorada sin mácula)

por vos.





AMORES


Como de acero o turbadora seda
o imaginario jardín oriental,
así es nuestro amor. Son testigos
el Sur, la noche cóncava, aquel bar
de vino y de miradas que desvisten,
tu alma abierta a la interrogación.
¿Qué hizo posible, inquieres, este amor
al que Tiempo no mella? Te respondo:
vos y yo amamos, en ambos, además,
a los diversos que abrazan nuestro abrazo.
Ellas y ellos, los amados muy antes,
son los garantes de esta caricia eterna,

de este amor que créase a sí mismo,
nutrido, noche a noche, de sus varios.





* Los poemas publicados fueron seleccionados por el propio autor para acompañar la entrevista que en diciembre de 2015 le realizara el poeta Rolando Revagliatti para Palabra Viva, la sección de entrevistas de Analecta Literaria que puede leerse AQUÍ


Veinticinco poemas de una vida
(2008-2016)




De: Poemas de Esquina Paradise (2008)


1

Bofetada de luciérnaga para la sed del trino
ciñe tus pasos árbol sin lechuza
piedra Prometeo en los ramales
de tu sombra
donde gorrión profundo pisa laberintos.

Un naufragio quijote en el gozne
te ofreciera Ulises
un naufragio sin nave si bien
timbre del crepúsculo

clava pájaro inverso
a un mismo entrepatio de la noche.


2


Delfín alargándose 
en el cielo del muro
lleva Knosos pintado en la mente
del otro que interpreta
la danza

       el mismo 
que olvida los palacios sin ventanas
al sauce de la esquina Paradise

Allí 
donde la luna encuentra
breve latido de pincel
naufragando en la orilla.


3

Las palabras no vuelven al poema,
el poema regresa a ser incendio.
Y una sed que me inunda tenuemente
como lluvia verbal que ha de partir
lleva sombra de nube en los zapatos
de la aurora fugaz que sueña ríos.

Las palabras respiran mis pulmones
y dan aire al no-ser que me suplanta.
Extranjero del gesto de mi boca,
me descubro en el gesto del lenguaje
y me extraña sentirme cual gorrión
en la jaula atrapado por el canto.

Mas no-ser es el árbol que yo ansío.
Ser la ausencia ilumina el pensamiento:
respirar en el aire de las cosas
es ser yo con la forma y las raíces
de ese árbol sagaz que es horizonte,
de ese árbol mental que me descubre.

Las palabras que engañan al poema,
como al ojo el final del laberinto,
son palabras que llueven de la asfixia
y que apagan la llama que transforma
la mirada en un acto de la mente,
la mirada en el canto que me habita.



Poemas Éditos e Inéditos
(1993-2016)





NOCHE ESTIVAL

Por la ventana abierta de mi cuarto
entra el viento encendido que viene del oeste,
entra el perfume de las flores del patio,
entran la luna y las estrellas,
y en medio del bochorno de la noche
entra también una mágica luciérnaga,
un minúsculo universo que se basta a sí mismo
y deja en la penumbra sus improntas de luz
para desvelo de la mente absorta.


De: Continuidad de la noche (1993)



EL TIEMPO IRREPARABLE

Quién iba, entonces, a pensarlo.
Lo cierto es que mi padre está muerto
como si nunca hubiese estado vivo.
Un día se le helaron las manos y los pies,
y la casa se llenó de parientes,
y mi madre lloró, de rodillas, junto al lecho.
Todavía lo recuerdo.

Mi padre está muerto o ya no está,
y no es suficiente ahora saber que fue feliz.
En este callado amanecer de otoño,
mientras el agua burbujea en la pava,
y la radio reporta las últimas catástrofes,
y yo cumplo con el rito habitual de afeitarme,
sólo una cosa es real: su ausencia, que no cesa.

De: Continuidad de la noche (1993)



Giannuzzi o la discrepancia
Elisa Molina


       
“El infinito, recuerdo, era asunto y promesa de mi mente pero ahora, su causa y la mía no coinciden…”
       
      
El naufragio en la poesía de Joaquín Giannuzzi aparece, a partir de Señales de una causa personal (1977), como una escena que se desarrolla ante la mirada del poeta. En ocasiones es mentado de manera directa: 
      
                       “El mundo puede concluir también
                       en el sutil desvanecimiento de un aleteo
                       sobre la superficie musical de agua.
                       Y hasta sería posible
                       un decorado frío y sintético
                       que acentúe la retórica del naufragio…”1
       
Es precisamente esta “retórica” la que me interesa indagar, pues constituye una modulación peculiar de una metáfora con historia2. De la vida como navegación, de todos sus posibles desarrollos, se nos ubica en ese instante en que se cumple el drama  de la precipitación de lo que existe en una “noche oscura”, sin redención posible. 

En efecto, la poesía de Giannuzzi se construye en torno a una experiencia de carácter visual, en la cual el poeta es testigo. Lo visual impone aquí una distancia en relación con el panorama de “la historia” que se muestra en casos particulares. La distancia es la requerida para el ejercicio de una reflexión, para la manifestación de un juicio, y lo que resulta examinado es la escena que aparece a través de diversas vidrieras: la del departamento, la del café, la del tren, la del espejo. “(…) los hechos fueron considerados a través del vidrio de la ventana…”, dice en “Historia personal3”, no sin un dejo de ironía, pues la representación que hace de sí en este libro es la de alguien que se ha retraído frente a ese mundo (“Ahora he abierto la ventana pero uso anteojos”). 

No obstante esta parcial autocrítica y el cambio de posición que se advierte en relación con sus primeras obras en las que el poeta se representa a sí mismo en la calle, la opción de Giannuzzi es por el registro de lo que sucede en este mundo, o al menos en una parte de él: el tráfago de la vida cotidiana de nuestras ciudades. “Este mundo, muchachos, ¿no lo oyen? / reclama otra especie de poesía / (…) El mundo / reclama dura claridad conjunta…”4 expresaba  tempranamente, manifestando esa intención de búsqueda de un lenguaje poético que pudiera albergar la contingencia vívida de alguien situado activamente en su tiempo y en este país de América.

A partir de Señales de una causa personal y a lo largo de su obra posterior, Giannuzzi, que ha reparado en el carácter dramático de la realidad, que la ha figurado en términos teatrales, construye una escena paradigmática que lo incluye como espectador de desastres inconmensurables que ocurren tras el límite físico que imponen las ventanas. Pero, ¿cómo es el cristal a través del cual se mira? El adjetivo “personal” que califica la “causa” indica que la poesía dará testimonio. La nunca absoluta, pero presente confianza en la acción y en la acción colectiva propia de varios de sus primeros poemas5, se redefine ahora como acción testimonial. La palabra da cuenta de la realidad, pero desde una perspectiva que pone de manifiesto la escisión entre este individuo que mira y lo que resulta observado. El mundo se ha vuelto extraño y la materia poética se organizará a partir de aquí en torno a los opuestos ejes de adentro-afuera y, coherentemente con una posición inicialmente asumida, que Giannuzzi sólo paulatinamente abandona, con lo privado y lo público, en donde el reiterado adjetivo “impolítico” tiene un peso sustancial a la hora de evaluar un cambio de actitud. 

La calle se transforma en contexto ineludible: su ritmo enloquecido, el sordo anonimato de quienes se accidentan, de quienes matan o se suicidan, de quienes atraviesan la vida sin ser notados más que por la brusca evidencia final de una muerte violenta que el río de la historia vuelve intrascendente, contrastan con ese sujeto que observa, y constituyen tanto temas concretos de la poesía como también el marco de referencia de una reflexión que evalúa la propia existencia. En efecto, frente a ese fondo, ¿qué importancia tienen los temores o las expectativas personales, en síntesis, la propia vida? He allí los hechos como evidencia, los hechos de los hombres, el mundo creado, la cultura resultante, enfocados frontalmente, en una imagen directa, con un lenguaje directo, casi brutal en su materialidad, en su manera de delinear con precisión los contornos de las cosas, tal como si formaran parte de una naturaleza muerta. La evidencia de su carácter luctuoso inmoviliza a ese sujeto que aparece representado como “yo” en la poesía de Giannuzzi. De allí que la contemplación de lo particular se convierte en la visión residual de un metafórico “naufragio” general. 
      

Noción de la extrañeza
Antología (1988-2016) 





Ruiseñor comí de tu carne y me hice adicto
al insomnio que ella contagia, por el cual
yo ya tenía una afición extraña
Oigo venir tu canto mudo aún
anudando la noche y el deseo de verte
Y no duermo jamás, sólo las horas
que muerdo el pan de preso y bebo el agua
de su Leteo en el tazón de fierro
Quieren que sobreviva a esta locura
y responda a tu canto con mi grito
por eso duermo poco y muero mucho
ruiseñor, escuchándote
"ave parlera la que fue niña muda".
Me parece la celda
no más la emanación de un lindo insomnio
y me parece frivolo compararlas con otras
de tantas. Es la noche sin ti con el regusto
de tu carne que produce el insomnio, Filomela
y una adicción al canto con que ese pajarillo
virtuoso de mi oído, me desvela
— oh maravilla — y maravilla
porque es su canto mudo el que estoy escuchando
a la niña no al ave, ensangrentada en pájaro.

Enrique Lihn




SIEMPRE SERÁ LA NOCHE.




Siempre será la noche,
el silencio, cómplice conmigo;
exacta realidad al contacto de mis manos.
La sustancia resquebrajada de mi carne
descalza en las tormentas del silencio.

Estoy lleno del intenso maullido de la historia,
del sentido harapiento que emana;
hiriendo con sus vagones retorcidos
la luz informe del alma
que ya avanzada en su noche,
traga el humo espeso de la vida.

¡Ah, los sangrientos sudores de la vida,
lanzando ráfagas de bocas disfrazadas y enigmáticos insomnios!

Parece que la vida
 ―en su desenvoltura incesante―
sólo produce insoportablemente
cortinas negras
como esas que cuelgan
de las calaveras del infierno absoluto
y del paroxismo dramático de la muerte
que conduce a ese túnel sangrante de la tierra.

Sólo queda, entonces,
―entre la vida cotidiana
de dolientes cenizas―
el silencio y la incertidumbre,
el minuto que adivina, enciende y apaga las esquirlas,
los intensos borbollones de la sangre
y los cirios de múltiples campanadas interiores.



MORIR ENTRE LAS PUPILAS DEL SUEÑO




Morir entre las pupilas del sueño.
Morir de súbito en la memoria
o si se quiere
(como suele decirse)
en cuerpo y alma.
Morir y el hastío de la carne en vilo
como un reposo mudo de manteles
junto a la obstinada
uniformidad del llanto;
rodeado de flores y moscardones trasnochados,
que, ―entre las horas
sórdidas de la noche―
de pudrirán silenciosamente
igual que la carroña de la carne
y los pensamientos.

Morir sin dejar conversaciones,
apenas palabras sin huéspedes, vacías,
inmóviles quizá, definitivamente.
Morir en los huesos de la angustia,
en las aceras nefastas de las estaciones
frente a papeles de eternas pestañas,
en la tierra funeral del extravío
en el sagrado abismo de la epidermis.

Morir en el silencio completo de los vientos
sin que nadie sepa
el hacia dónde finalmente.

Morir en el espejo vacío
de los fusilamientos, en el campo minado, en el bombardeo
sin que nadie sangre los océanos
y la dura cicatriz de los dormidos.

Morir en los hirientes brazos de la guerra
olvidando la íntima esencia:
las brasas del rescoldo humano
como surtidores del enigma humano.
Y el húmedo sueño del orgasmo en las sienes.
1989




El culpable*


1
    
Yo trabajo en más de un colegio secundario. Cuando concluyo mis actividades matutinas, encuentro que no me alcanza el tiempo para hacer una escala en casa. A la vez, es demasiado temprano para presentarme en el colegio de la tarde, sin embargo, esto es lo que hago siempre.

Llego, entonces, a una hora anómala, en que ya se han retirado los profesores de la mañana y en que aún no han llegado los de la tarde. Esta situación me concede una pausa agradable: la aprovecho para leer el diario, todavía intacto, que llevo en el cartapacio desde primera hora. Los sillones de la sala de profesores son cómodos, el piso está alfombrado, la luz es buena pero no cegadora, los ruidos de la calle se atenúan en un rumor afelpado e indefinido… Por momentos, ya no leo el diario, sino que el cansancio me vence, y duermo intermitentes fracciones de segundo: tengo sueños menudos y bastante lógicos, donde persiste la sala en que me hallo.

Pero aquel martes me encontraba bien despierto, dedicado a hojear el diario. El hombre que estaba en el otro extremo de la sala no podía no llamarme la atención. Era el ser más alto y más obeso que había visto en toda mi vida: un gigante adiposo, rosado, con formas esféricas en cada rasgo del rostro, con ojos claros, con rizos rubios. Acentuaba su enormidad un traje clarísimo, de color té con leche, que se extendía un metro hacia lo ancho y dos hacia las alturas.

Ahora bien, yo no observaba todos estos detalles con disimulo: abstraído por el asombro, recorría con mi vista —inconsciente, impertinentemente— aquella figura ilimitada de la manera más franca y abierta, como si en vez de encontrarme ante un hombre que pudiera molestarse por tan grosero escrutinio, me hallara observando un hipopótamo o una estatua. 

De pronto noté que el hombre había advertido —¿cómo no iba a advertirla?— mi torpe contemplación, y que se dirigía rectamente hacia mi persona. Un poco azorado, bajé la mirada y fingí continuar con la lectura del diario.
    
Cuando lo supe frente a mí, alcé los ojos y esperé. No soy de físico pequeño pero pensé que, de agredirnos, el gigante podría triturarme a golpes, sin que mis puños —como alfileres— lograran nada contra aquella temblorosa mole de grasa.

Sin embargo, mi aprensión resultó exagerada y, sobre todo, injusta, al atribuir a ese hombre intenciones tan salvajes. Pues todo lo que él dijo fue:

—Soy nuevo aquí. ¿Me podrías decir, por favor, dónde queda el tualé de caballeros?

Quedé hipnotizado todavía un poco más: por el rostro rojizo y mantecoso, por los seis u ocho pliegues de su papada, por la piel tersa y traslúcida como la de un bebé, por las desmedidas manos de dedos voluminosos, por el tono algo afeminado de su voz, por el hecho de que llamara “tualé de caballeros” al baño de hombres.

Al fin, reaccioné y pude contestar:

—Salga por esa puerta, atraviese el vestíbulo grande y doble por el pasillito de la izquierda.

Entonces las montañas y los valles redondos de ese rostro esférico se encendieron en una llamarada de indignación:

—Yo te traté de vos —dijo, abriendo la boca muy poquito—, como un acto amistoso, y vos me contestaste de usted, como para poner distancia…

—Disculpame —lo interrumpí—. No fue para poner distancia: fue porque no me di cuenta…

—¡Claro! —exclamó, triunfal—. Y no te diste cuenta porque, en lugar de prestar atención a mis palabras, estabas observándome como a un bicho raro —empezó a levantar la voz más y más: eché una mirada recelosa a nuestro alrededor—, y estabas pensando que yo era un gordo monstruoso y horrible, un engendro digno de exhibirse en el circo, para que todos se rían de él…

Sin duda, yo estaba poseído por el espíritu de la perversión de que habla Poe: mientras el hombre me sepultaba bajo un alud de reproches por haberlo observado con malsana curiosidad, yo seguía observándolo con malsana curiosidad. Sí, era la fascinación de lo monstruoso la que me gobernaba, y veía ahora que el gordo era, en verdad, muy joven, acaso de unos veinticinco, veintiséis años… 

Y esos ojos celestes fueron enrojeciendo y llenándose de lágrimas, y, por fin, el personaje estalló en un llanto estentóreo y espectacular, que culminó con estas palabras, proferidas a gritos y entre sollozos:

—¡Sos igual que todos! ¡Todos están cortados por la misma tijera! ¡Adiós, adiós para siempre…!

Y partió ruidosamente, pisando con fuerza y sacudiendo el corpachón.

Yo no sabía dónde meterme: de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Es que, mientras tanto, se había reunido allí un buen número de profesores y —¡ay de mí!— de profesoras, algunas bastante bonitas: ¿qué idea equívoca se forjarían ahora esas damas, qué relación imaginarían entre el gordo y yo?

Me pareció mejor salir a caminar por los pasillos. Durante el resto del día, y aun durante otros días, volví a pensar en el hombre obeso e histérico, y en el pequeño escándalo, y juré que nunca más observaría con impertinencia a nadie.

El martes siguiente llegué al colegio con un plan: me sentaría en el sillón de siempre y, apenas apareciera el gordo, fingiría no verlo y me iría a sentar en un banco de madera que hay en el vestíbulo del primer piso. De esta manera evitaría cualquier escena desagradable.

Pero, por fortuna, el gordo no apareció: no apareció ese martes, no apareció nunca más.

Después me venció la curiosidad y, con circunloquios de falsa indiferencia, averigüé en la secretaría que un profesor nuevo, así y así, algo gordito, llamado —supe— Edgardo Carlos Piaro, había dado clases —de psicología y de lógica— el lunes de la semana anterior, y luego, sin aviso ninguno, había hecho “abandono de tareas” —éste fue el preciso término empleado— y ya había sido reemplazado por otro docente.
Poemas 1996-2016




De: La Ruta Sagrada


¡CUÁNTA SORDERA!

Cuánta sordera.
Cuánto cable anudado.
Cuánto ojo ciego
y cuánto mirar a ninguna parte.
Cuánta ANESTESIA.
¿Estallará el polvorín de emociones
que nos haga ver CUÁNTO?
¿Estallará en pechos, bocas, vientres,
ojos y conductos?
No. Simplemente se romperá
el espejo donde nos miramos
para ver
nuestros rostros verdaderos.


De: Verbo Ungido


MUJER EN BLANCO Y NEGRO1

Me sorprende tu silueta recortada
Entre las otras figuras que te enmarcan
Un ondulante grito de Munch me recordaras..
...mujer en blanco y negro.

Tu rostro inmaculado y blanco asoma
De entre el negro de tu pelo y de tus telas
Hasta los pies vestida,
 cual novicia,
quizás Sor Anhelante te llamara.

De tu pálida tez solo destacan 
Dos iris de azabache,
Misteriosa mirada que desvela
Cuán en blanco y negro está tu alma.

Y tan solo de tu ropa oscura
El filo de tu suéter blanco asoma
Alzacuellos místico que me habla
De la pureza de tu adentro
Y de tu disfraz de sombra
En esa dualidad que te acompaña.

¿Sombra o luz?
¿Timidez o audacia?
En esa juventud que rompe
Para expresar la singularidad de tu persona.

Ni un solo color adorna el rostro
Ni un solo color el lienzo que te abraza...
....tan solo... MUJER EN BLANCO Y NEGRO.....2


SERES DE LUZ

Y surgirán seres de luz
De sus propias matrices bautizadas.

Y sufrirán la hibernación
En las cuevas del alma
Donde, impotentes,
Creerán ser destruidas
Por embrujos que pasan por su lado
 Amenazantes.

Allí recibirán mensajes
Que embriagarán sus pensamientos
Pero que le harán saber lo necesario.

Y esos seres de luz
Irán dejando estelas contagiosas
Que harán cambiar el rumbo a nuestra nave
Provocando algo parecido a una tormenta.

......Y cuando creamos naufragar
habremos dado
el próximo giro en espiral 
de la evolución humana



Poemas Seleccionados*




ANTORCHAS A LA SELVA



La inteligencia se nos vuelve garra y llega a borbotar
ácido digestivo utilizado en pruebas externas
Laminados, aprendemos a sobrevolar el panorama
y lanzarnos sobre cualquier presa a la vista como halcones tenaces
golosos, hasta despedazarla en nombre del arte
y después
sus harapos al sol
De tal aprendizaje se trata nuestro presente hambre
Temas obras personajes un hecho cualquiera ofrecible
una escena cualquiera ofrendable
Y otros escapan revelandosé bajo nuestro pico para satisfacción plena
de la furia anidada en la peña matinal adonde la bruma desfila
Y lo demás importa menos se convierta en hierba lejana o polvo expeditivo
Haremos nueva desproporción nueva caza nueva rapiña desde lo alto
desde lejos. Nos perfeccionaremos nos afilaremos
Nuestro corazón funcionará al compás de los desgarrones en la piel abajo
Interiorizada. Fotografiada. Y si el ensañamiento se dispara se exacerba
las garras se dispararán tras él las alas multiplicarán su ritmo

El paisaje se tiñe de rojo dos veces al día y nos halaga
Gotea sangre de nuestros bolsillos interiores
¿Por qué pensar en las flores nos da asco?
¿Por qué nos da asco pensar en caricias?
¿Por qué nos subleva esta fragilidad?
¿Por qué tomamos por cobardía los gestos o la falta de gestos?
No importa y no espanta. El otro lado es la salud
Adelante. Es lo que significa
Tanta desatención

                                                                     
De: Indignación de noviembre




Poemas Escogidos
Selecciòn de textos de Luis Alberto Vittor




De: Poemas para un niño que murió en noviembre (1958)


                     [IV]

Mi infancia —que noviembre configura—
tuvo el juguete roto de mi risa,
un barro cotidiano en la camisa
y flotando en los ojos la amargura.

mi infancia fue el país de la sonrisa,
con trompos en la tarde dulce y pura,
y una cometa verde que en la altura
era un sueño feliz lleno de prisa.

Tuvo un niño perdido y encontrado,
y un noviembre lentísimo y mojado,
que de todos los meses fue el más triste.

un niño como yo llamado Arturo...
—¡oh, niño del recuerdo, que te fuiste
entre juegos y nubes al futuro!—.



                      [V]

Hoy te vengo a llorar, niño que he sido
y que ya no seré. Traigo la pena
más profunda del Hombre: la serena
tristeza de vivir hacia un olvido.

Está la vida en flor. Cuanto he vivido
el mar se lo llevó como la arena.
Fuimos sólo eslabón de una cadena,
que dios por un instante ha interrumpido.

Tu tumba no está aquí, sobre la Tierra.
¡está en mi corazón! en él se encierra
tu cadáver de niño tan hermoso.

Y a través de mi vida puedo verte,
dentro de mí —incorrupto y silencioso—
con el sereno amor que da la muerte.


A TUS MANOS 


Tu mano es una nave de promesa,
donde la nieve pura se deshoja,
con un caer lentísimo de hoja
del árbol de tu cuerpo, porque pesa.

Tiene tu mano sonreír de fresa
si por el aire va, cuando se aloja
en los pliegues aéreos, si se moja
sabe tu mano a mar que llora y cesa.

Suspendida al amor que se avecina
tu tenue blanca mano descamina
todo lo que en el viento se te enreda.

Y más que mano tuya, es ave en vuelo
erguida y suplicante cuando queda
tu mano pentapétala hacia el cielo.