José María Pallaoro 
Selección de Poemas y Textos





De: Son los que danzan, 1999-2003 (segunda edición aumentada, 2012; primera edición 2005)


1. Serie: Interior con pájaros


¿DENTRO O FUERA DE LA CASA?

Abro las cortinas
El amanecer
en el ventanal desnudo

Más allá
hojas que se abandonan
nutren

la descarnada alfombra
que picotean los pájaros


OTRA CASA

De un cielo gris
con destellos
anaranjadamente
oscuros

los pájaros de la tarde
caen

vacíos
sin peso

como hojas
que sopla

la muerte

Quizás queriendo
otra casa


OTRA OSCURIDAD

Como un viajero
a su sombra
la sigo

No hay hambre
Sólo deseo

Cuando me pierdo
o ella se deshace
de mí

el pensamiento
deja de aventurar
conjeturas

y quedo solo
en mi otra oscuridad




Héctor Viel Temperley
Poemas con caballos
[1955]





DE VIENTO


De Dios desde las crines a la cola,
viento con espinazo los caballos.
Y su espinazo rayo que me cruza
el espinazo en cruz y se dispara
a su origen. Caballos y jinete
que convergen para entregar su médula
de pampa, más allá del horizonte.

Su espinazo es costilla despedida
por el pecho de Dios, rayo tendido
desde las crines a las colas, hueso
con tuétano de campo.
      Porque el potro
es agua que pialada se desploma
sobre sus vasos, y agua es el jinete,
Dios nos hundió en los lomos su costilla.

Costilla más allá del horizonte,
y espinazo en la pampa, que osifica
la horizontal del agua y me rayea
la espalda hacia adelante. Con quitarle
el freno de su punta y el relámpago
vertebral de la plata, vuelve el hueso
a ser rayo imanado por su origen.

El rayo despedido, separado
de la argolla de músculos y plata
que lo redujo a viento entre rodillas,
todavía es caballo hasta su médula
cruzada con la mía. Y es la médula
de pampa desbocada al horizonte,
en la cruz del caballo y su jinete.

El horizonte piala los caballos
para que el agua ruede, el rayo siga.
Con vertebral envión el espinazo
se dispara del lomo y, todavía,
es rosillo, azulejo, doradillo;
caballo medular que Dios imana
y no se entrega al invisible lazo.

Para entregarse a Dios, cruza el caballo
su horizonte, y estira a través mío
la punta hacia su origen. Por su punta
precipita la médula de pampa,
más allá de la pampa.
      Y siempre en pampa,
porque lo imana dios galopa el rayo,
y rueda sólo en Dios con su jinete.





Juan Pablo Mañueco Martínez
Guadalajara, te doy mi palabra
[2014]





a Arriaca (Guadalajara) y María (mi mujer).


ARRIACA Y VICTORIA, AMO Y AMARÍA.


Está, esté, estuve, estaré y estaría.
Si partiese de Arriaca, volvería,
porque mi amada eres tú y mi porfía
y mi anhelo y la calma que quería.

Amo, ame, amaba, amaré y amaría
a María, la amada que, entre todas,
vence muy por encima de las modas
sin cuya Victoria mi alma ancla fría.

A ellas, mi luz, mi bien, mi amor, mi vida…
desposo como esposas de mis bodas,
sin las cuales mi ser perecería.

Musas que me inspiraron estas odas.
Seguro al punto las aceptaría
a las dos, por esposas y por brida.

Tales son, para mí, Arriaca y María.





Ricardo Jaimes Freyre
Castalia Bárbara





A Moisés Santiváñez



EL CAMINO DE LOS CISNES

I

Crespas olas adheridas a las crines
de los ásperos corceles de los vientos;
alumbradas por rojizos resplandores
cuando en yunque de montañas su martillo bate el trueno.

Crespas olas que las nubes oscurecen
con sus cuerpos desgarrados y sangrientos,
que se esfuman lentamente en los crepúsculos.
Turbios ojos de la noche, circundados de misterio.

Crespas olas que cobijan los amores
de los monstruos espantables en su seno,
cuando entona la gran voz de las borrascas
su salvaje epitalamio como un himno gigantesco.

Crespas olas que se arrojan a las playas
coronadas por enormes ventisqueros,
donde turban con sollozos convulsivos
el silencio indiferente de la noche de los hielos.

Crespas olas que la quilla despedaza
bajo el rayo de los ojos del guerrero,
que ilumina las entrañas palpitantes
del Camino de los Cisnes para el Rey del Mar abierto.





César Vallejo
Cartas a Pablo Abril de Vivero
[Selección]




París, jueves 31 (de Enero de 1924)

Mi querido Pablo:

Me hallo sin un céntimo, completamente pobre. Le ruego que, si le es posible, me proporcione algo mañana viernes 1° Febrero, lo más temprano que usted pueda. Algo siquiera, Pablo. Puede usted enviármelo en un neumático* al «hotel des Ecoles», a nuestro amigo Fernando Ibáñez que vive ahí. Que diga en el sobre «Para Vallejo». Rue Delambre. arr. 14. Número del hotel 15. Usted lo conoce.

Perdone, Pablo. Usted con su gentileza de siempre, disculpe lo moleste.

Suyo con todo cariño

César

(manuscrito, * Pneumático)





María Pía López
Miss Once
[Fragmentos] *




DE CASA AL TRABAJO: Liviano viento que acarrea las eses silabeadas ssssssss del ande que la escritora provinciana descubre deslumbrada -ella que la aspira hasta volcarla en jota se deja arrullar en esos sonidos precisos, demorados en el liviano viento que demuestra que Once es silencioso. Algunas de sus calles barruntan el secreto, los autos amortiguan su sonido y se escucha el trajín del carro o las zorras saltimbanquis de veredas, ruedas que se traban en baldosas. En esas jornadas sin bocinas y frenadas, las gentes hablan bajo, mercadeo sin gritada algarabía, señoras que ojean las vidrieras y un pudor flota en el ambiente, el silencio es un modo agradecido de la devoción del día. Dos pibes corretean tras la férrea carretilla, viseras opacan una zona de sus caras y los igualan las bermudas negras. Van callados y de apuro, la jornada laboriosa no se detiene, no hay freno para sus insaciables exigencias. Once silencioso es sorprendente cuando tantas veces fue rasgado por sirenas: las de una noche a fin de año en la que ardió un boliche y los cuerpos jovencísimos ardieron o inhalaron el humo espeso sin poder ganar la calle. Las sirenas no dejaron de sonar durante horas, la tragedia se esparcía como hollín en viento raudo y se inscribía en las huellas de la mutual asesinada a la vez que cruenta profecía pareció de un tren chocado a pocos metros. Once tiene muchos lutos y pocas casas fúnebres, sus muertos están, casi siempre, de tránsito, llegan a la estación de otros barrios a comprar a divertirse rezar o accidentarse. Cuando lo veo tristón pienso que es su saber callado de la muerte, que no olvida los trenes estrellados ni la quemazón de mediasombra ni tantos descuidados de la suerte que mendigan un trabajo ni los racimos de nostalgia migratoria o ese rostro de la chica que espera tras la máquina de churros algún cliente. Ella piensa en cualquier cosa: el boliche sabatino, el novio que demora el mensaje de texto matinal, el sobrino que le hace monerías. Aguarda y frente suyo hay churros comunes y rellenos, otros se han bañado en chocolate y miran pasar la gente mientras la soledad chorrea su mirada.


Mariana Miranda
Aparecidas 
y otros cuentos 


1. APARECIDAS


A Carlos Fuentes

«… siempre tendrás el gesto de ese momento aterrador
 en que te diste cuenta, amigo mío, de que la silla presidencial,
 la Silla del Águila,  es nada más y nada menos que un asiento 
en la montaña rusa que llamamos la República Mexicana…»
Carlos Fuentes, “La silla del Águila”, 2002.-
    

Las manos del General aparecieron un día de éstos, alrededor de las 15 hs. caminando por la Avenida de Mayo. Como es de suponer, caminaban con sus propios dedos. En los extremos superiores (o inferiores, según como se miren) estaban cubiertas de sangre seca. Era por la amputación, ¿Viste? Aunque dicen que los cadáveres ya no sangran pero éste parece que sí, porque el General era muy porfiado, siempre hacía lo que quería, incluso después de muerto. Los primeros transeúntes que se dieron cuenta se desmayaron del susto. Los medios de información dijeron que, como era previsible, enfilaban, ambas, hacia la Casa Rosada. Se les frunció el ukelele a todos los funcionarios del Poder Ejecutivo Nacional. El General, como era su costumbre, venía a retomar el mando. Aunque fuera, nada más que con las manos, ¿qué más necesitaba? Siempre sobró su espíritu, diseminado y creciendo por estas pampas. Y el cerebro, ¡buéh!, eso no era muy indispensable, sobre todo para el General. Muchos trataron de capturarlas para impedirles el paso. No pudieron. Eran manos mágicas… Llegaron en perfecto estado de salud. Abrieron la puerta del Despacho. Se instalaron, como siempre, en el Sillón Presidencial…




Miguel Brascó
Ahora usted, americano del sur*




Luego caminaré por las calles solas de Calacoto
Iré subiendo por obrajes por la Florida los callejones estrechos
La ciudad antigua de La Paz la cruel meseta de Bolivia
Cruzaré el mercado de los indios las factorías de la coca
El pesado olor de las frituras las degluciones las monedas
El Ministerio de las Tierras con sus portales mustios en la tarde
Iré subiendo desafiando el soroche las esquinas centenarias
Hasta que todo el paisaje sus techos sus medidas
Descanse silencioso y frugal allá abajo en mi memoria.

Este mundo y cada una de sus gentes
Trepa también por el corazón rudo de América
Por el aire tan viejo de la altiplanicie
Por el destino de sus minerales en el húmedo sol de Cochabamba
Cada mañana su soledad su esperanza es diferente
Estas barriadas de piel oscura
Fueron libres pisadas por la rebelión mordidas
Por un ejército del pueblo
Un filo rápido de metal una consigna impenetrable
Estos hombres y cada uno de sus rostros
Cada pierna de barracán cada cabeza con miradas
Avanzó y gritó y expuso el huso al exterminio.
Simón Patiño desde la eternidad
Los gerentes sajones de Aramayo
Fuman con desconfianza en pipas caras (de cereza)
Y firman largos cheques minuciosos
Para cerrar con precisiones monetarias
Los orificios pálidos trazados
Por el acero azul de las milicias.



Carlos Mastronardi 

Luz de Provincia 
y Otros Poemas





De: Tierra Amanecida (1926)

ALABANDO LOS BUENOS CIELOS

Mi destino que es ávido como boca en pasión
los cielos saborea. Goloso de horas soy.
Posesión he tomado de esta lenta mañana.
Le enciendo mi silencio cual una luminaria.
Es nueva risa de ángeles su luz jugosa y blanda
que me perfuma y limpia como una devoción.
Se calienta de pájaros el ambiente, y de sol.
De todas partes vino mi ser a este milagro.
Las formas son conciencias de eternidad, aclamo.
Un pecho tengo, y labios para elogiar andanzas.
La dicha exprimo como se exprime una naranja.
Por los tréboles busco la luna ya caída...
Aire tibio y elástico tal un cuerpo de china...
Aurora, yegua joven. La vida toda blanca.
Sagrada y plena como las ubres de una vaca.


PARA SEPULTAR UN OLVIDO


Yo y este paso alegre haciendo muerte…
Camino con el tiempo que es mi sombra
superando jornadas y memorias,
oscuro pordiosero de mis horas.

¿Quién era la que ayer entro en mi día?
Pienso que la efusión fue puerto vano.
Solo viajó con mi olvidar postrero;
crece como un afecto el cruel espacio.

Fui anudando minutos a su espíritu,
y enjoyada se fue con mi pasado.
Confesión de pobreza es el recuerdo,
y hiere otra presencia mi costado

Tal vez no soy aquel que contemplaba
el apasionamiento de un ocaso,
mientras el tiempo que madura adioses
nos iba despidiendo, despojando.

La andanza me buscaba como el sueño.
Un haz de anocheceres ciudadanos
traigo de los momentos que vaciara,
y un viento envejecido y desgajado.

Y en este silenciar que con Dios linda,
me desnudo de noches y de días.




Orlando Florencio Calgaro
Poemas 1968-1979



De: Punto de Partida [1968]


POESIA

La poesía no sobrepasa al hombre,
lo prueba”                  
René Menard

Se trata del asentimiento
de la tentativa desesperada
lúcida
por comprometerse
a favor de la más grande presencia
en la tierra:
la del hombre frente a su verdad.
La renuncia a conducir el mundo
comienza a inquietarse
cuando las sustituciones
no consuelan de nada. Entonces
nuestra tarea
(por la amistad de los poetas
sin misterios impenetrables
y con todas las pruebas rechazadas)
es este estado emparentado con la palabra
alimentándonos de su fermento
como la libertad del aire
o esas regiones del hombre
que aún le pertenecen
pese a las ópticas del hambre y tanto frío
como un amanecer que ya nos ilumina.




© Fotografía 1988 Ricardo Sánchez


Daniel Moyano
Anclao en París




Cursé todo el secundario en Buenos Aires sin tener un solo amigo. Por diversas razones no podía aceptar lo bueno y lo malo de las personas. Yo quería que fuesen de una sola pieza. Que fueran como yo las imaginaba. Para colmo me equivoqué de carrera. Tendría que haber estudiado psicología en lugar de otorrinolaringología. En los años de bachillerato lo que más me impedía acercarme a las personas era la maldita manía que tenía de asociarlas a los animales. Para mis visiones interiores, mis compañeros de curso constituían un zoológico. El gringo Paladino era evidentemente un sapo; el turco Nemer, una especie de cuervo. Y así todos los demás. Las mujeres eran para mí variaciones de un solo animal mitológico, hermoso y aterrador. Cuando hablaba con alguna de ellas tartamudeaba, y eso que tengo dicción perfecta. Mi viejo no me llevaba el apunte por considerarme un caso perdido. Admiraba en cambio a Horacio, el mayor, que estaba en el Colegio Militar y seguía así los pasos del viejo, general con mucho prestigio en el arma, ex ministro varias veces, hombre de consulta en cualquier revuelta militar. Casi un presidente, de acuerdo a las constantes históricas de mi país. Y yo para él era un opa. Muchas veces mamá le exigía que hablaran de mí, que solucionaran mis múltiples problemas. Pero el viejo estaba siempre en el Ministerio o en el Estado Mayor Conjunto. Finalmente aceptó la tesis de mamá, de sacarme "«de esta ciudad hostil»" para que siguiera una carrera universitaria en otra provincia. Entonces me mandaron a Córdoba, con las recomendaciones de que me hiciera socio del Jockey, de que frecuentara a las buenas familias, etc. Allá se me agravó el problema porque de entrada le tuve miedo a los cordobeses. No a algunas personas, como me sucedía en Buenos Aires, sino a todos. Me atemorizaban sus caras de gente del interior, sus apellidos, su pedantería. Para colmo entre las buenas familias que mamá me había sugerido conocer, estaba uno de los doctores Orgaz, que un día me dijo a quemarropa "«los hombres son como los átomos, por más que se acercan no consiguen tocarse jamás»".

En esa politizada ciudad se me dio por el canto, malgre lui. Llegué a cantar en el Coro Universitario y gracias a él pude conseguir mi primer viaje a Europa porque además de ser tímido desconocía cualquier idioma que no fuese el mío. Cuando mamá supo de mi inclinación artística me dijo en una carta que "«yo veo con buenos ojos que dediques parte de tu tiempo a la música, porque ello contribuye a formar una cultura que hay que tener, pero a tu padre no le gustó nada»". Seguramente porque papá, siguiendo sus obsesiones castrenses, me veía militar como a mi hermano aunque yo me hubiese inclinado por la otorrinolaringología. Y sin duda le resultaba ligeramente molesto ver a un oficial cantando en un coro o, disfrazado en un escenario, un aria de La Traviatta. Eso era algo de la plebe, como dijo siempre refiriéndose a gente que no era como nosotros, expresión que sustituyó por el pueblo cuando le tocó decir su primer discurso en su primer ministerio. Yo también evitaba a la plebe, pero por otras razones: mi visión zoológica durante el bachillerato, el asunto del doctor Orgaz durante los años universitarios. Pero no porque lo despreciara. Al contrario, me hubiera gustado incluso ser uno de ellos, poder hablar con naturalidad con todos, reír con mis compañeros y poder acercarme a las mujeres, que tanto me gustaban. ¿Pero cómo?



Delfín Prats
7 Poemas




De: Antología Poética [2012]


HUMANIDAD

Hay un lugar llamado humanidad
un bosque húmedo después de la tormenta
donde abandona el sol los ruidosos colores del
combate
una fuente un arroyo una mañana abierta desde el
pueblo
que va al campo montada en un borrico
hay un amor distinto un rostro que nos mira de
cerca
pregunta por la época nueva de la siembra
e inventa una estación distinta para el canto
una necesidad de hacer todas las cosas nuevamente
hasta las más sencillas
lavarse en las mañanas mecer al niño cuando llora
o clavetear la caja del abuelo
sonreír cuando alguien nos pregunta
el porqué de la pobreza del verano y sin hablar
marchar al bosque por leña para avivar el fuego
hay un lugar sereno un recobrado y dulce lugar
 llamado humanidad